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lunes, 24 de junio de 2013

100 MITOS DE LA HISTORIA DE MÉXICO 1 Francisco Martín Moreno parte7



RELIGIOSOS SANGUINARIOS
Pese a que los defensores de los cristeros han tratado  de restar importancia a la participación en la guerra de sacerdotes armados, abundan los testimonios al respeto, documentado, por ejemplo, que muchos religiosos intervinieron activamente en la rebelión cristera induciendo a sus fieles a rebelarse contra el gobierno y auxiliando los combatientes en tareas de organización, aprovisionamiento y propaganda. Algunos sacerdotes fueron capellanes castrenses en las tropas cristeras: celebraban misa, bendecían sus armas y “rogaban” a la “Virgen de Guadalupe” por el triunfo, “presidían los juramentos de los combatientes por defender los derechos de su Iglesia aun a costa de perder la vida”.34 Con éstas era legitimado el levantamiento armado del “ejército liberador”. Otros de ellos empuñaron las armas y capitanearon a miles de campesinos que, enardecidos y estimulados por las encíclicas del papa Pío XI, por las cartas pastorales de los obispos mexicanos y por los sermones incendiarios, no dudaron en perseguir y asesinar a los que identificaban como enemigos de su fe. El más célebre de esos sacerdotes armados fue José Reyes Vega, a quien se apodaba “el Pancho Villa de sotana”, por su carácter exaltado e impulsivo, “por sus amoríos y por la facilidad con que fusilaba a los prisioneros federales”,33 además de ser capaz de matar a cualquiera de su tropa por desobedecerlo”.36Antiguo cura de Arandas, Jalisco, y luego general de los cristeros,37 Reyes Vega participó, en compañía de Miguel Gómez Loza y otros sacerdotes, en el sanguinario asalto al tren de La Barca, cerca de Guadalajara, el 19 de abril de
1927. En ese atentado muchos de los pasajeros fueron muertos a tiros o pasados a cuchillo por los atacantes, quienes incendiaron los vagones donde soldados y pasajeros que habían quedado heridos murieron carbonizados.38Reyes Vega asesinó a personas inocentes (mujeres y niños), algunas de las cuales fueron quemadas vivas. Testigos de ese suceso refieren que “con una mano daba la absolución in articulo mortis a los heridos, y con la otra y su propia pistola, les asestaba el tiro de gracia a quien se le enfrentaba.39 Reyes Vega murió durante la batalla de Tepatitlán, Jalisco, entre cristeros y federales, que tuvo lugar el 17 de marzo de 1929. En ese enfrentamiento recibió un balazo en la cabeza que le disparó un francotirador cuando el cura soldado dio un paso, pistola en mano, fuera de la esquina de una casa de adobe donde se había guarecido. El joven cristero Heriberto Navarrete, quien también sería jefe del estado mayor del general Enrique Gorostieta, y que al terminar la guerra se convertiría en sacerdote jesuita, relató que a pesar de tener la cabeza perforada, Reyes Vega conservó la lucidez el tiempo suficiente para hacer una confesión general durante media hora, con el señor Cura de la parroquia. Siempre he creído que [...] algún valor debieron tener delante de Dios ciertos hechos en la vida de Vega, que no se pueden explicar sino concediéndole la posesión de un gran espíritu de fe y subido amor de Dios.40 Además del cura José Reyes Vega, en el asalto al tren de La Barca participaron los sacerdotes Aristeo Pedroza y Jesús Angulo.41Aristeo Pedroza fue general de brigada cristero. Con su pistola al cinto organizó a la gente de su parroquia, llegando a tener a su disposición 5000 combatientes.42 Intervino en el ataque que efectuó conjuntamente con Lauro Rocha el 5 de abril de 1929, en las inmediaciones de lo que hoy es la colonia Cuauhtémoc. El general Enrique Gorostieta lo nombró jefe de operaciones militares de la región de los Altos de Jalisco. Entre los testimonios acerca de cómo se comportaba Pedroza, destaca el de un descendiente de una de sus víctimas:
Mi abuelo paterno fue asesinado por órdenes del padre Aristeo Pedroza, tan sólo porque se negó a financiar parte del movimiento, lo acusó de hereje y lo colgaron en un mezquite del patio trasero de su propia casa, frente a todos mis tíos que eran niños; tan sólo por decirle que Dios decía: No matarás.43Aristeo Pedroza fue responsable también de la ejecución de uno de sus más populares correligionarios, el guerrillero Victoriano Ramírez, “el Catorce”, a quien el cura y general cristero mandó ejecutar para introducir entre la tropa una “absoluta seriedad y disciplina”, que eran rotas por las actitudes rebeldes de dicho personaje.44 Pedroza murió el 3 de julio de 1929.Jesús Angulo, sacerdote de San Francisco de Asís, en Los Altos, se dedicó a visitar las rancherías para motivar a la gente a levantarse en armas contra el gobierno. Celebró una misa el 9 de enero de 1927, donde dijo las siguientes palabras: “El que tenga calzones y no enaguas, que se lance a tomar Atotonilco. Aquí se quedan las mujeres y los que tengan miedo”.45Angulo fue uno de los sacerdotes que participó en el sanguinario asalto al tren.46 Al término de la guerra cristera permaneció oculto en distintos pueblos y cambió de identidad. Fue trasladado en secreto, por orden de sus superiores, a la ciudad de México y posteriormente a Villahermosa, Tabasco, donde bajo el seudónimo de “José del Valle” se le consagró obispo.47 En su diócesis siguió luchando contra el Estado laico. Al sacerdote Miguel Pérez Aldape, quien fue capellán en los regimientos cristeros de San Julián, “le gustaba defender la ‘santa causa7, acompañado de sus carrilleras cruzadas al pecho, su crucifijo, su rifle 3030 y una alforja donde portaba su estola’.48 Este sacerdote Pérez Aldape “tenía vicio para echar balas, para matar, y le entró al pulque .Enrique Ochoa, canónigo de Colima, se enroló con su grey armada, “con su buena arma al cinto y su cruz al pecho”.50 El cura Leopoldo Gálvez se unió a los cristeros de San José de Gracia (Michoacán) y combatió con ellos.51 El sacerdote Francisco Carranza, párroco de Tlachichila, se levantó en armas al frente de ocho soldados. En una de sus primeras acciones apresaron a un telegrafista militar, que fue ejecutado, pero no sin antes ser confesado por el propio religioso.52 J. Jesús Anguiano, quien tomó parte en muchas acciones de armas, fue rector del Seminario de Texcoco en el Estado de México.53
“DIGNIDADES ECLESIÁSTICAS"
En el contexto de la asonada cristera hubo otros sacerdotes que, teniendo una activa participación en la lucha armada, a la postre ocuparían dignidades eclesiásticas dentro de su iglesia. En el caso del asalto al tren como lo señala Moisés González Navarro—, habría participado también el futuro arzobispo de México, Miguel Darío Miranda, “con el grado de general cristero”.54 La autoría intelectual de este atentado fue atribuida al arzobispo de Guadalajara, Francisco Orozco y Jiménez.55
El general Cristóbal Rodríguez, quien combatió a los cristeros en Aguascalientes, infiere que “algunos de aquellos famosos cabecillas cristeros eclesiásticos escalaron altas dignidades, como [Miguel Darío] Miranda y Gómez y el padre Angulo, que es obispo de una Diócesis”. 56 Otro caso emblemático es el de José Garibi Rivera a quien llamaban “Pepe Dinamita’,57 y quien sería el primer cardenal mexicano, relacionado también con el asalto al tren y con el movimiento cristero.58 “Mariano Reyes” era el seudónimo que en las sociedades secretas ultra conservadoras usaba Garibi cuando era secretario particular de Orozco y Jiménez durante el conflicto religioso.59 El general Cristóbal Rodríguez relata que Muchos personajes de la curia [...] se cambiaron también los nombres, para no comprometerse, si se descubrían sus actividades cristero subversivas. Algunos le entraron de lleno a la bola, ostentando en sus sombreros charros, téjanos o gorras vascas, barras, estrellas o águilas, hermanadas sacrílegamente con imágenes de santos. Se dieron grados de coroneles y generales de la Guardia Nacional Cristera a los de mayor arrastre o preponderancia. [Miguel] Darío Miranda y Gómez [...] como ayudante de confianza del Arzobispo Orozco y Jiménez, al igual que el flamante Cardenal Garibi, ostentaron el generalato de Cristo Rey y tomaron personal participación en acciones de armas, entre otras en el asalto al tren de Guadalajara. ¿Serían en premio de esas acciones meritorias por las que escalaron esas dignidades eclesiásticas? 60
SEMINARISTAS, DINAMITEROS Y CÓMPLICES
Dionisio Eduardo Ochoa era general cristero, y fue también seminarista y hermano del sacerdote Enrique Ochoa, capellán de esas fuerzas. Murió el 11 de noviembre de 1927, en su campamento, cuando se dedicaba, luego de asistir a misa y comulgar, a U fabricación de bombas de mano para exterminar a los “enemigos de Dios”. Edelmiro Traslosheros, dirigente de los Caballeros de Colón, quienes participaban en el bando cristero, dijo acerca de Ocho a que “puso al servicio de la causa católica todo su entusiasmo y energías, levantado en armas ganó buen número de combates. Al estar fabricando bombas de dinamita explotó una de ellas y lo hirió de muerte. A consecuencia de esto falleció, entregando su alma valiente y grande a Dios”.61Sin ser tan arrojados, otros religiosos, como el presbítero José Aurelio Jiménez Palacios, tomaban parte en la guerra apoyando acciones criminales, como el asesinato del general Álvaro Obregón por parte del joven católico José de León Toral, cuya pistola bendijo ese religioso.62Además de Jiménez, la religiosa Concepción Acevedo de la Llata, la “madre Conchita”, participaría en la preparación del asesinato de Obregón. Asimismo, el sacerdote Miguel Agustín Pro y su hermano Humberto —quien utilizaba el seudónimo de “Daniel García”—,63 desarrollaron actividades de apoyo a los cristeros, al grado de verse involucrados en un atentado dinamitero contra el general Obregón el 13 de noviembre de 1927.Humberto Pro militaba en la Asociación Católica de la Juventud Mexicana, donde se justificaba el uso de la violencia, incluyendo el asesinato, para defender los intereses clericales. Cabe recordar que Humberto Pro y José de León Toral pertenecieron al mismo círculo (Daniel O’Conell) dentro de esa organización, donde se pregonaba el asesinato de Calles y de Obregón.64Otros religiosos de diferentes jerarquías auspiciaban la masacre, ya fuera bendiciendo la guerra, haciendo labor política en contra del gobierno o recaudando fondos para encender la rebelión. Uno de ellos fue el obispo José de Jesús Manríquez y Zarate, de Huejutla, Hidalgo, quien hacía colectas para comprar armas destinadas a los cristeros. Acerca de esas actividades, el 5 de septiembre de 1928, según registró Alfonso Taracena: “el obispo Manríquez y Zárate sigue de frente con las colectas de dinero para comprar ‘juguetes, como llama a los proyectiles destinados a matar al prójimo...”.65En el caso de las “Brigadas de Juana de Arco” —mujeres que apoyaron la lucha cristera sus labores no fueron solamente de propaganda, sino que se constituyeron en los agentes más activos del servicio de espionaje y contraespionaje, de aprovisionamiento, de proveeduría y hasta llegaron algunas de ellas a participar en la contienda con las armas en la mano.66
CONCLUSIÓN
La guerra cristera no sólo le costaría a México un total de 70 000 vidas (de ambos bandos), sino que sobrevendría una caída fulminante de la producción agrícola (38% entre 1926 y 1932), y la emigración de 200 000 personas. Fue, en palabras del historiador Luis González: “Una guerra sangrienta como pocas, el mayor sacrificio humano colectivo en toda la historia de México”.67El 22 de julio de 1929, tras los famosos arreglos con el gobierno de Portes Gil, la jerarquía católica reanudó los oficios religiosos y algún tiempo después cesó la rebelión de los cristeros. Cerca de 14 000 sediciosos católicos se entregaron a las autoridades.68 Ante esta vergonzosa página de nuestra historia, es claro que ningún religioso de la época queda exento de responsabilidad en ese aciago episodio. El papel que jugó la jerarquía en esta lucha armada, al permitir que se ensangrentara el país y se enconara el odio entre los mexicanos, en defensa no de la libertad religiosa sino de sus intereses políticos y económicos, es una amarga experiencia que no debe volver a repetirse.
EL SINDICALISMO Y LA REVOLUCIÓN AYUDARON A LOS TRABAJADORES
La mayoría de los historiadores y de los políticos le han atribuido un profundo sentido obrero a la revolución mexicana. Por ello parece imposible negar que la revolución tuvo sus orígenes en las huelgas protagonizadas por los mineros de Cananea y los tejedores de Río Blanco; también resulta muy difícil cuestionar que el artículo 123 de la Constitución de 1917 fue un notable esfuerzo en favor de la justicia social, y lo mismo ocurre cuando vemos algunas de las instituciones creadas por el régimen de la revolución como el IMSS, el FONACOT y el INFONAVIT o cuando evaluamos el papel que algunas centrales obreras y ciertos sindicatos han tenido en la vida política de nuestro país, tal como ocurrió (y ocurre) con la CTM, el sindicato de Pemex y el SNTE. A primera vista, el carácter obrerista de la revolución parece un hecho indiscutible. Sin embargo, dicho carácter es un mito y las supuestas conquistas sindicales han sido, en el mejor de los casos, un mecanismo que los caudillos y los políticos han utilizado para mantenerse en el poder, sin importar las consecuencias que sus acciones tuvieran para el país y para los trabajadores.
LA REVOLUCIÓN Y LOS TRABAJADORES:
UNA HISTORIA NEGRA
Durante los primeros años de la revolución las relaciones entre los alzados y los obreros no fueron buenas, y en más de una ocasión terminaron en graves enfrentamientos, como lo señala Ramón Eduardo Ruiz en su libro La revolución mexicana y el movimiento obrero: la democracia maderista temía a los líderes obreros y a veces los mandaba al exilio; su órgano periodístico Nueva Era tildó a la Casa del Obrero Mundial de ser “un nido de anarquistas” que difundían “propaganda perniciosa” y conspiraban para derrocar al gobierno [por esta razón] Madero ordenó su clausura, la suspensión de su periódico, el arresto de los líderes mexicanos y el exilio de sus portavoces extranjeros. Al contrario de lo que pudiera pensarse, el choque del gobierno maderista contra los obreros era casi predecible: los trabajadores de aquellos tiempos se negaron a participar en política y a dar su apoyo a cualquier régimen. La suya era una ruta independiente que no aceptaba transar con los poderosos. Pero cuando la revolución inició una nueva etapa en 1913, uno de los caudillos descubrió que era fundamental pactar con los obreros para garantizar su apoyo y su sometimiento: ese hombre fue Álvaro Obregón. Así, aunque Venustiano Carranza no estaba del todo convencido, el caudillo sonorense suscribió una Alianza con la Casa del Obrero Mundial, por medio de la cual se crearon los Batallones Rojos y se estableció el compromiso de que los revolucionarios impulsarían ciertas medidas que permitieran el “mejoramiento de la clase obrera”. En términos militares, este pacto tuvo una importancia marginal: las fuerzas obreras que participaron en el ejército constitucionalista fueron mínimas, pero Obregón logró la Alianza con un grupo social numeroso y dispuesto a apoyarlo en sus futuras acciones. De esta manera, no debe extrañarnos que en 1919, cuando Obregón lanzó su primera campaña para conquistar la presidencia de la República, haya robustecido sus nexos con la clase obrera gracias a un pacto secreto con Luis Napoleón Morones, padre del sindicalismo mexicano y líder fundador de la Confederación Regional Obrera Mexicana (CROM), mejor conocido como el “Marrano de la Revolución”. Mediante ese pacto según lo señala Marjorie Ruth Clark en su libro La organización obrera en México se compraba el apoyo de los trabajadores a cambio de una serie de prebendas para sus líderes, como la creación de una Secretaría del Trabajo, que quedaría a cargo de uno de los dirigentes de la CROM, y la aprobación de una ley del trabajo que legitimara la cláusula de exclusión y la obtención de “todos los medios necesarios” para que esta central hiciera la “propaganda y la organización obrera de todo el país”. La revolución dejaba pudrirse en una cloaca norteamericana a Ricardo Flores Magón, el padre del obrerismo incorruptible, precisamente cuando se encumbraba a los Marranos...El pacto secreto era una maravilla para Obregón y los líderes de la CROM: mientras el caudillo afianzaría su fuerza política, los dirigentes obreros formarían parte del gabinete, tendrían una ley que los facultaba, para despedir del trabajo a quienes se les opusieran —gracias a la cláusula de exclusión y, sobre todo, tendrían acceso a los recursos del erario para realizar sus labores sin tener que ser auditados, lo cual les permitiría engordarse los bolsillos gracias a los recursos públicos y a las cuotas de sus agremiados. Adicionalmente, los líderes obreros conformarían organismos encargados de ajusticiar, con absoluta impunidad, a sus enemigos, y a los enemigos del gobierno, organismos tales como el famoso Grupo Acción, responsable de ajusticiar al senador Francisco Field Jurado, entre muchos otros... incluido lo que son las cosas el propio O bregón. Ese tipo de acciones y no otras fueron las que los volvieron intocables. Había nacido el uso político de los trabajadores, y los líderes de las centrales obreras se convirtieron en políticos dispuestos a vender a sus agremiados al mejor postor. Fue este un proceso que, sin duda alguna, llegó a su clímax durante el cardenismo, tal como lo señala Clara Guadalupe García en su biografía de Fidel Velázquez: El corporativismo, es decir, la afiliación colectiva a un partido político [...] se inició en ese tiempo, [ya que] desde los primeros años de existencia de la CTM, se fueron armando los mecanismos que permitirían a los dirigentes [...] intervenir y decidir en la conducción de las relaciones laborales y políticas de sus agremiados [...], todas las decisiones importantes tenían que ser autorizadas por el Comité Nacional, en particular por el secretario general. Las centrales obreras y los sindicatos más poderosos se convirtieron en órganos al servicio de los caudillos y de los presidentes, quienes pagaron generosamente por su apoyo sin restricciones: los líderes obreros se enriquecieron escandalosamente (como sucedió con los dirigentes del sindicato petrolero o el de electricistas o el de maestros, entre otros tantos más...) o se incorporaron al gobierno como funcionarios, como legisladores o como gobernadores; mientras que los obreros dependiendo de su valor político— accedieron a “conquistas sindicales” que terminaron por quebrar a las empresas y a las instituciones en las que trabajaban: no olvidemos que una buena parte de las crisis económicas de PEMEX y del IMSS se deben a las demenciales prestaciones que tienen sus trabajadores, o que se vinculan con la capacidad de sus sindicatos para entorpecer o vetar las decisiones que pueden convertirlas en rentables. La revolución, no hay duda, fue “obrerista”, pero su compromiso con los trabajadores fue, en realidad, un contrato de compraventa suscrito por sus líderes a cambio de dinero y de poder. Es cierto, el movimiento obrero fue vendido a los políticos como una prostituta cuyos favores se pagaron con la riqueza del país, y al cabo del tiempo sus costos sólo lesionaron a los trabajadores y a la nación. El mito del obrerismo, sobre todo el oficial, es una de las causas del atraso, del despilfarro y de la corrupción que tanto han dañado a nuestra patria.
MALINCHE, LA GRAN TRAIDORA
La Malinche es el centro de uno de nuestros más grandes odios. Ella representa todo lo que no debe hacerse, lo que nunca debió ocurrir: oficialmente ella nos traicionó, se entregó al conquistador y colaboró en la destrucción de un pasado idílico que aún llena de orgullo a los corazones más patrioteros. La Malinche es el mal absoluto, el objeto predilecto de nuestra vergüenza y resentimiento. En El laberinto de la soledad, Octavio Paz nos legó una fascinante interpretación de este personaje:
Si la Chingada es una representación de la madre violada, no me parece forzado asociarla a la Conquista, que fue también una violación, no solamente en el sentido histórico, sino en la carne misma de las indias. El símbolo de la entrega es doña Malinche, la amante de Cortés. Es verdad que ella se da voluntariamente al conquistador, pero éste, apenas deja de serle útil, la olvida. Doña Marina se ha convertido en una figura que representa a las indias, fascinadas, violadas o seducidas por los españoles. Y del mismo modo que un niño no perdona a su  madre que lo abandone para ir en busca de mi padre, el pueblo mexicano no perdona su traición a la Malinche. Ella encarna lo abierto, lo chingado, frente a nuestros indios estoicos, impasibles y cerrados. Cuauhtémoc y doña Marina son así dos símbolos antagónicos y complementarios. Y si no es sorprendente el culto que todos profesamos al joven emperador [...], tampoco es extraña la maldición que pesa contra la Malinche. De ahí el adjetivo despectivo “malinchista”, recientemente puesto en circulación por los periódicos para denunciar a todos los contagiados por tendencias extranjerizantes. La interpretación de Octavio Paz es precisa, certera: la Malinche es el mito que representa la entrega, la violación y la traición. Sin embargo, y a pesar de esta brillante descripción, es necesario cuestionarnos acerca de la trascendencia del mito: ¿en verdad doña Marina nos traicionó y, por una suerte de maldad o de amor mal entendido, contribuyó a la derrota de los indígenas? Adentrémonos en la historia y descubramos la verdad que se oculta tras el mito.
LA VERDADERA HISTORIA DE LA MALINCHE
Aunque los imaginarios han otorgado una singular importancia a Malinche y en más de una ocasión la han convertido en protagonista de historias maravillosas o escandalosas, es bien poco lo que se sabe de ella antes de la mañana del 15 de marzo de 1519, cuando Hernán Cortés quien era llamado “Malinche” por los indígenas, luego de derrotar a los indígenas en los linderos del río Tabasco, recibió a los enviados del cacique de Potochtlán. Los naturales se rindieron y como prueba ello le entregaron algunas riquezas al recién llegado: alhajas, textiles y una veintena de jóvenes mujeres que el conquistador repartió entre sus capitanes. El botín de guerra, como todos sabernos, inexorablemente incluía a las mujeres que se entregaban para placer de la soldadesca. La mayoría de los cronistas de la conquista sostienen que las jóvenes no fueron “usadas por los soldados” de inmediato: éstos como buenos católicos esperaron a que Juan de Díaz, el sacerdote que los acompañaba, las bautizara antes de penetrarlas, pues no era correcto que ellos copularan con una infiel. Una de estas mujeres era la Malinche, que aquel día fue regalada a Alonso Hernández de Portocarrero, uno de los hombres más cercanos a Cortés. Según la Historia verdadera de la conquista de Nueva España* de Bernal Díaz del Castillo, la Malinche nació en Painalla, una población cercana a Coatzacoalcos. Ella era de buena cuna, pues “desde pequeña fue gran señora y cacica de pueblos y vasallos”, pero su buena suerte no duró mucho: su padre fue capturado por los aztecas por negarse a pagar tributo, y al parecer fue ejecutado en Tenochtitlán. Esto explica el origen de su terrible resentimiento contra los aztecas, contra quienes luchó por medio de Cortés y de los conquistadores. Siguiendo aquello de que “los enemigos de mis enemigos son mis amigos”, ella utilizó todas sus capacidades para derrotar a los aztecas y vengar el ultraje de los suyos y la muerte de su padre. Para colmo de sus desgracias, su madre casó de nueva cuenta y tuvo un hijo varón que la desplazó de la heredad del cacicazgo de su pueblo. Malinche sólo era un estorbo, y por ello sus padres la regalaron a unos mercaderes de Xicalango, quienes la vendieron a los tabasqueños como una esclava que tenía algunas virtudes, pues ella —según Bernal Díaz— era “de buen parecer” y re nía un carácter “entremetido y desenvuelto”. Hasta aquí, la Malinche no ofrece ningún rasgo que la diferencie de las otras mujeres que fueron entregadas a los conquistadores, pero cuando las tropas de Cortés llegaron a Chalchiucueyecan, sus hombres hicieron un descubrimiento que transformó la vida de la Malinche: ella estaba platicando con otras indígenas en náhuatl. Cortés, al enterarse, la mandó llamar y comprobó que ella, además del maya, también dominaba la lengua de los aztecas. El hallazgo era digno de celebrarse: el conquistador tenía una traductora que le permitiría parlamentar con los caciques que padecían el dominio de los aztecas y con Moctezuma, el señor de Tenochtitlán. Así, gracias a la mancuerna formada por la Malinche y Jerónimo de Aguilar, el náufrago español que hablaba maya después de nueve años de vivir en el Mayab, Cortés tenía la posibilidad de entenderse con sus futuros aliados. Tras estos acontecimientos, la Malinche nos dice Ángel Gallegos— dejó “de ser una mujer más al servicio sexual de los españoles y se convierte en la inseparable compañera de Cortés, no sólo traduciendo, sino también explicando al conquistador la forma de pensar y las creencias de los antiguos mexicanos”. Ella no sólo se transformó en protagonista de la guerra, sino que también recibió la imputación de ciertos crímenes: según algunos cronistas, doña Marina aconsejó a Cortés que les amputara las manos a los indígenas en Tlaxcala, aunque otros señalan que únicamente reveló los planes en contra de los españoles y que Cortés, en solitario, fue quien dictó esas terribles medidas. En Cholula aconteció lo mismo: una anciana le hizo saber a la Malinche que los nobles planeaban asesinar a Cortés y a los suyos, por lo que el conquistador ajustició a la nobleza y a los jefes militares cholultecas. La Malinche hizo las veces de espía y delatora, pero en ningún caso sugirió los castigos, cuya brutalidad estuvo a cargo de los españoles. A primera vista podríamos pensar que ella fue una traidora; sin embargo, estoy convencido de que antes de endilgarle este calificativo es necesario comprenderla: la Malinche no fue una traidora, sólo ayudó al enemigo de sus enemigos, al hombre que podía —gracias a sus Alianzas y a la guerra bacteriológica— vencer a los aztecas que dominaban y explotaban, por medio de la guerra y del tributo, a la mayor parte de las comunidades mesoamericanas. La Malinche, al igual que Cortés, sólo tenía un enemigo: los aztecas. Ella no traicionó a los mexicanos, pues aún no existíamos, ella —en el peor de los casos sólo se enfrentó a los enemigos de su nación y eso difícilmente puede ser condenable. Claro que podría señalarse que ella no imaginó que los conquistadores convertirían en esclavos a los suyos, de la misma manera que tampoco previo que los de su raza serían privados de todos sus bienes y creencias, además de sojuzgados, subyugados y oprimidos hasta aplastar cualquier vestigio de su civilización, en condiciones que jamás se hubieran dado frente a sus históricos enemigos, los aztecas. Tras la caída de Tenochtitlán a causa de la viruela importada de España y del asedio de los españoles y sus aliados indígenas, la suerte de la Malinche volvió a cambiar: tuvo un hijo, Martín, con Hernán Cortés. Unos cuantos años más tarde en 1524 para ser precisos— el conquistador la repudió y la obligó a casarse con uno de sus hombres, Juan Jaramillo, con quien procreó una hija, a la que bautizó con el nombre de María. Malinche se separó definitivamente de Cortés después de que éste hizo traer a Catalina, su mujer, de España. Luego de estos sucesos sólo restaba que muriera, lo cual, al decir de Ángel Gallegos, ocurrió “misteriosamente en su casa de la calle de La Moneda, una madrugada del 29 de enero de 1529, quizá [...] fue asesinada para que no declarara en contra de Cortés en el juicio que se le seguía”, un hecho del cual posiblemente fueron responsables los seguidores del conquistador, ya que en aquellos momentos Cortés se encontraba en España recibiendo el título de Marqués del Valle de Oaxaca.
EL COSTO DEL MITO
La Malinche nunca nos traicionó, pero el mito de sus agravios nos ha impedido aceptar nuestro pasado, abrirnos plenamente al exterior y dotarnos de una verdadera identidad. La Malinche, la madre simbólica del primer mexicano, tiene que dejar de ser la personificación de la Chingada, para mostrarnos nuestra esencia mestiza, tal como lo señaló Octavio Paz en su ya clásico ensayo: Nuestro grito es una expresión de la voluntad mexicana de vivir cerrados al exterior, sí, pero sobre todo, cerrados frente al pasado. En ese grito condenamos nuestro origen y renegamos de nuestro hibridismo. La extraña permanencia de Cortés y la Malinche en la imaginación y en la sensibilidad de los mexicanos actuales revela que son algo más que figuras históricas: son símbolos de un conflicto secreto, que aún no hemos resuelto. Al repudiar a la Malinche [...] el mexicano rompe sus ligas con el pasado, reniega su origen y se adentra solo en la vida histórica.
MEXICO TUVO UNA SOLA REVOLUCIÓN
Nuestro calendario cívico es muy extraño, pues otorga actas de nacimiento y partidas de defunción con argumentos asombrosos. Según su curiosa cronología, cada uno de los grandes periodos de la historia inicia o concluye en una fecha exacta que, las más de las veces, tiene muy poco que ver con la realidad. Veamos un par de ejemplos: oficialmente, la conquista terminó el 13 de agosto de 1521, cuando Hernán Cortés y sus aliados tomaron Tenochtitlán; sin embargo, este referente es cuestionable, pues la caída de la capital azteca no implicó la rendición de todos los pueblos de Mesoamérica y Aridoamérica, ya que las guerras para someter a los indígenas se prolongarían hasta bien entrado el siglo XVIII, y en algunos casos como el de los apaches hasta el XIX. Por su parte, la independencia, según su acta de nacimiento, comenzó el 16 de septiembre de 1810 y se consumó el 27 de septiembre de 1821. De nueva cuenta, ambas fechas son cuestionables: el Grito de Dolores sólo fue uno de los muchos movimientos en favor de la independencia.

LAS DOS REVOLUCIONES, QUE QUIZÁ SON TRES
La revolución maderista, la cual se inicia en noviembre de 1910 y concluye con la renuncia de Porfirio Díaz y la instalación de un gobierno electo en las urnas, nunca tuvo como fin la transformación absoluta de nuestro país. Para Francisco I. Madero como homeópata, espiritista y empresario— era claro que el régimen de Díaz tenía contrastes: padecía el mal del caudillismo y la falta de democracia, pero también había logrado un importante desarrollo económico, como lo señala en La sucesión presidencial en 1910, donde asume que los mayores logros de la dictadura fueron “el gran desarrollo de la riqueza pública, la extensión considerable de las vías férreas, la apertura de magníficos puertos”. Lo que más preocupaba a Madero era la democratización del sistema político, por ello no debe sorprendernos que Charles C. Cumberland, en su libro Madero y la revolución mexicana, afirmara que El plan revolucionario [de Madero] no era, como documento político, impresionante, ni intentaba serlo. Tenía muy poco de filosofía política o de doctrina filosófica, pues la mayor parte de los artículos se refería a los aspectos administrativos del movimiento. El Plan de San Luis Potosí no pretendía ser un programa de reforma a poner en práctica después del triunfo de la insurrección [...] El plan era un reflejo de la persistente creencia de Madero de que la reforma política debía preceder a la reforma económica y social, de que era inútil hablar de mejorar la situación general del pueblo mexicano antes de haber producido cambios en la estructura política. La revolución maderista era, esencialmente, un movimiento democratizador que no se propuso transformar la totalidad del régimen, sino cambiar su estructura autoritaria por una democrática. Por ello, uno de sus más graves errores consistió en no desmantelar el antiguo régimen, graves decir, en permitir la existencia de un ejército amigo de la dictadura. Como todos sabemos, el gobierno maderista no llegó muy lejos: aunque el presidente logró vencer a muchos de sus adversarios políticos, el golpe de Estado fraguado por Huerta y el embajador estadounidense Henry Lane Wilson decapitó con su oprobioso asesinato las más caras esperanzas democráticas de México. En todo el siglo XX, salvo un par de excepciones, no volvimos a disfrutarla. El golpe de Estado volvió a ‘soltar al tigre” luego de que Venustiano Carranza fuera rechazado por Victoriano Huerta como ministro de Gobernación. Así, el 26 de marzo de 1913, Carranza promulgó el Plan de Guadalupe y se levantó en armas contra el gobierno. En un primer momento podría aceptarse que la revolución carrancista sólo buscaba restituir el orden constitucional en el país y terminar con un gobierno de excepción; sin embargo, conforme las distintas fuerzas sociales se fueron manifestando —pienso en los zapatistas, los villistas, los obregonistas y otros grupos la revolución fue cambiando de rostro. No en vano el Plan de Guadalupe fue reformado el 12 de diciembre de 1914 y el 5 de septiembre de 1916, y pasó de ser un documento antihuertista a un proyecto de nación. La segunda revolución —la iniciada por Venustiano Carranza en contra de Huerta, a diferencia de la maderista, no se conformó con el ideal democrático que nunca alcanzó, sino que buscó la refundación del país para convertirlo en algo distinto del régimen de Díaz, el tirano. Un ejemplo indiscutible de este hecho se muestra en la Carta Magna de 1917, la cual a pesar de la necia oposición de don Venustiano incluyó ciertos preceptos que le dieron un nuevo rostro a la nación: la reforma agraria, el sentido obrerista de su artículo 123 y el control estatal de la propiedad señalado en su artículo 27 son algunos de los hitos de una nueva realidad, además de las garantías individuales. Asimismo, durante el periodo que va del cuartelazo de Huerta a los asesinatos de Emiliano Zapata y Francisco Villa, también pudo ocurrir una tercera revolución: la que protagonizaron los ejércitos populares de Zapata y Villa contra las tropas carrancistas, a raíz de la Convención de Aguascalientes, una lucha que ganaron Carranza y los sonorenses, y cuya victoria impidió descubrir la viabilidad de los proyectos de nación de sus oponentes. La revolución de Zapata y Villa fue una revolución derrotada.De esta manera, a contrapelo de lo que señalan el calendario cívico y la historia oficial, estoy convencido de que nuestro país vivió dos revoluciones absolutamente distintas: la de Madero, que buscó la democratización del país, y la de los constitucionalistas, que terminó por crear una nueva nación. Quizá por ello deberíamos celebrar en dos ocasiones: el 20 de noviembre a Madero y el 26 de marzo a los constitucionalistas.
CÁRDENAS CREÓ RIQUEZA GRACIAS A LA REFORMA AGRARIA
En diciembre de 1934, cuando Lázaro Cárdenas llegó a la presidencia de la República, la situación del país era, como siempre, ciertamente compleja: las heridas de la guerra cristera aún no habían sanado por completo y la iglesia católica seguía siendo, también como siempre, una poderosa enemiga; el país todavía no se recuperaba del brutal impacto de la crisis económica de 1929 y la miseria campeaba sin que nadie pudiera enfrentarla con éxito. Plutarco Elías Calles era el mandamás y, como podría esperarse, pretendía prolongar el maximato es decir, su poder omnímodo en el sexenio que recién comenzaba, de la misma manera que lo había hecho con Portes Gil, Ortiz Rubio y Abelardo L. Rodríguez. Joaquín Cárdenas Noriega, en su libro Calles, Morrow y el PRI, afirma que después de las elecciones de 1934, don Lázaro sigue la costumbre de sumisión establecida Portes Gil, Ortiz Rubio, Abelardo Rodríguez y se traslada a Navolato, Sinaloa, a presentar sus respetos a quien lo puso en la presidencia, con la mala suerte que al llegar a la finca de Calles éste se encuentra engolfado en una partida de póker con otros generales, por lo que lo hace esperar hasta que termina su juego. En aquella coyuntura las bases sociales y políticas de Cárdenas eran insignificantes, no obstante ser el presidente electo, y por lo tanto resultaba temerario oponerse a la fuerza de las organizaciones callistas. Cárdenas, con gran talento político, decidió humillarse ante una autoridad superior incontestable. En esos años el descontento de campesinos y obreros ambos sepultados en la desesperanza al ser otra vez víctimas de promesas incumplidas, muy a pesar de la revolución, mientras que el enriquecimiento de la clase política seguía su marcha galopante amenazaba con desbordarse: las tomas de tierras y las huelgas estaban a la orden del día: según la Dirección General de Estadística del gobierno federal, las huelgas habían pasado de trece en 1933 a poco más de doscientas en 1934.69 En esas circunstancias, si Cárdenas deseaba desmantelar el autoritario aparato callista para marcar el inicio del presidencialismo absoluto, necesitaba conseguir precisamente el apoyo de obreros y campesinos, e inclusive, desde luego, el de ciertos militares, legisladores, jueces y magistrados, así como el de diversas organizaciones sociales y políticas. La tarea era faraónica; sin embargo como bien lo señalan Samuel León e Ignacio Marván en su libro En el cardenismo “el campesinado atravesaba por una situación similar a la de la clase obrera: su dispersión”, además de la miseria y la marginación, las cuales tenían que ser solucionadas por aquel que aspirara a controlar el país. El éxito de Cárdenas en cuanto a la organización y satisfacción de las demandas campesinas fue sorprendente. Su gestión resulta fundamental para explicar los siguientes sesenta años de dictadura priista: los hombres del campo se sumaron a las fuerzas del partido oficial e, incluso, se creó un sector específico que los representaba y garantizaba el acceso de sus dirigentes a los puestos públicos. El reparto agrario —que supuestamente sacaría a los campesinos de la miseria muestra un desarrollo sin precedentes durante el sexenio de Lázaro Cárdenas:
REPARTO AGRARIO EN MÉXICO DURANTE LOS GOBIERNOS DE OBREGÓN, CALLES Y CÁRDENAS
PRESIDENTES
CAMPESINOS BENEFICIADOS
SUPERFICIE ENTREGADA (HAS)
Álvaro Obregón
100000 aprox.
1200000
Plutarco Elías Calles
220 000 aprox.
3000000
Lázaro Cárdenas              
815138
14683 805
FUENTE: Michel Gutelman, Capitalismo y reforma agraria en México, México, Era, 1980.
Efectivamente, “en materia ejidal [nos dice Michel Gutelman] la política de Cárdenas fue todo lo contrario de la de sus antecesores”, y como resultado de ello, el caudillo michoacano simboliza el reparto agrario, y el reparto agrario simboliza su persona. Así fue como se creó la extraña asociación que degeneró en un terrible mito que aún marca a nuestra patria: Cárdenas apoyó al campesinado, le otorgó tierras con el objetivo fallido de rescatarlo de la miseria... Un catastrófico error histórico que debe ser revelado a fin de evidenciar algunas de las causas del fracaso  del campo mexicano que ha erosionado dramáticamente nuestra soberanía alimentaria, entre otras consecuencias no menos notables.
CÁRDENAS Y EL REPARTO AGRARIO: LA POLÍTICA
De 3a misma manera en que Calles sujetó en un puño a los obreros a través de la Confederación Regional Obrera Mexicana, Lázaro Cárdenas decidió controlar políticamente al campesinado con el propósito de afianzarse en el poder: los campesinos quedarían atados a él gracias a la Confederación Nacional Campesina (CNC), de acuerdo con la estructura del Partido de la Revolución Mexicana. En efecto, los hombres del campo habían sido utilizados históricamente, tanto por la iglesia católica como por los diferentes gobiernos o dictaduras, para integrar ejércitos de cualquier bando, tal como aconteció en la guerra de Reforma, en la intervención francesa y en la guerra cristera, en las cuales la mayor parte de los ejércitos la constituían campesinos incorporados a la fuerza por las amenazas de excomunión o por la leva. En aquellas circunstancias, del control del campesinado dependía, en buena medida, el futuro de Cárdenas. Así, cuando Cárdenas inició su política de reparto agrario y de organización de los campesinos tenía un objetivo preciso: desactivar la bomba que representaban estos hombres y fortalecer su gobierno, con la idea de evitar estallidos sociales provocados por aquellos que deseaban desestabilizar su administración arrebatándole el sector rural. Cárdenas se hallaba claramente influido por la revolución agraria soviética y estaba convencido de que el ejido resolvería todos los problemas agrarios de México... de acuerdo, sólo que cometió un grave error a cambio de controlar a una fuerza social que le permitiría cimentar el presidencialismo. De esta manera, Cárdenas y sus hombres más cercanos pusieron un gran empeño en lograr sus objetivos: para recibir la tierra, los campesinos debían organizarse, afiliarse al partido oficial y rendir pleitesía al gobierno que supuestamente los sacaría de su miseria a cambio de su lealtad... Por eso no debe extrañarnos el brutal crecimiento que tuvo el número de afiliados del sector campesino al partido oficial durante el cardenismo. Pero la jugada del caudillo michoacano iba aún más lejos: como la tierra a repartir pertenecía a los latifundistas incluidos la iglesia católica a través de testaferros y algunos caudillos revolucionarios—, la reforma agraria le permitió a Cárdenas destruir las fuentes de riqueza de algunos de sus enemigos más poderosos, y en consecuencia la creación de ejidos no sólo le dio el control de los campesinos, sino también y gracias a los decretos de expropiación lo dotó de un arma política que podía emplear sin ningún problema en contra de sus opositores. No olvidemos que Plutarco Elías Calles había declarado en 1930, a propósito del ejido y del agrarismo revolucionario: La felicidad de los campesinos no puede asegurársele dándoles una parcela de tierra si carecen de la preparación y de los elementos necesarios para cultivarla. Por el contrario, este camino nos llevará al desastre, porque estamos creando pretensiones y fomentando la holgazanería. ¿Por qué?; si el ejido es un fracaso, es inútil aumentarlo [...] Hasta ahora hemos estado entregando tierras a diestra y siniestra y el único resultado ha sido echar sobre los hombros de la nación una terrible carga financiera, lo que tenemos que hacer es poner un hasta aquí y no seguir adelante en nuestros fracasos...El reparto agrario respondió, en efecto, a un anhelo de justicia, pero simultáneamente ayudó a la instauración de un régimen presidencialista autoritario que en el largo plazo propició una interminable cadena de crisis políticas, sociales y económicas de consecuencias impredecibles. Lamentablemente para el país, la reforma agraria cardenista no sólo estuvo vinculada al surgimiento de un presidencialismo intolerante y corrupto, sino que demostró, una vez más el fracaso del campo mexicano, un problema que nadie ha podido resolver desde la ingeniosa creación del calpulli... Veamos por qué.
CÁRDENAS Y EL REPARTO AGRARÍO:
EL DESASTRE AGRÍCOLA
Nadie puede dudar de que durante el sexenio de Lázaro Cárdenas se llevó a cabo una impresionante distribución de tierras, a través de la cual se pretendió dar al ejido una mayor consistencia como unidad fundamental de la producción, pues en su apoyo además del Banco Nacional de Crédito Agrícola se fundó el Banco de Crédito Ejidal, con la idea de que los ejidatarios, analfabetos por lo general, dispusieran del financiamiento necesario. Asimismo, durante su régimen se exhumó la “Ley federal de tierras ociosas” de 1920, con el fin de expropiar los terrenos que no se trabajaran o que pertenecieran a los enemigos políticos del ahora caudillo michoacano. A primera vista, parecería que Cárdenas hizo bien su trabajo, pues repartió la tierra y creó las instituciones financieras que permitirían hacerla productiva gracias a los créditos destinados a la siembra y a cierta mecanización rural, como ocurrió con la llegada de tractores a algunos ejidos. Si bien estas medidas buscaban la productividad, la riqueza y la soberanía alimentaria al amparo de la CNC, también se ejercería un claro control político de los trabajadores del campo, ya que sólo a través de dicha confederación podían conseguirse tierras, créditos, semillas y aperos, además de garantizarse la comercialización de la producción. El crédito, de esta manera, no se utilizó solamente con fines productivos ni únicamente en beneficio de nuestra soberanía alimentaria, sino que fue dirigido a determinadas comunidades a las que era fundamental mantener como aliadas, sin preocuparse por la viabilidad de sus siembras, y para enriquecer a unos cuantos líderes campesinos, controlados, a su vez, por caciques regionales cuya existencia estaba reñida con las aspiraciones revolucionarias. Asimismo, es necesario considerar que durante el cardenismo la unidad básica de la reforma agraria fue el ejido: una dotación de tierras que eran entregadas a un grupo de campesinos para que las aprovecharan de la manera más conveniente, sin necesidad de ajustarse a los dictados de la agronomía o del mercado, pues estos factores —cruciales para el desarrollo agropecuario fueron ignorados por los planeadores agrícolas y por los campesinos que, en su mayoría, dedicaron sus tierras a la producción de maíz, aunque el terreno no tuviera vocación maicera y a la larga erosionara el suelo. Se ignoraron irresponsablemente las ideas juaristas de los pequeños propietarios vinculados al mercado nacional, una vez conocida la experiencia agrícola estadounidense, de resultados positivos incuestionables. Pero la reforma agraria del cardenismo no sólo tuvo aquellas características, el fraccionamiento de los latifundios también contribuyó a la destrucción de la producción agrícola, pues en muchos casos como sucede, por ejemplo, con el agave, el henequén y la ganadería— son necesarias grandes extensiones de tierra para que la producción sea rentable.
De esta manera, tenemos que aceptar que el reparto agrario, si bien constituyó una estrategia de buena fe para generar riqueza (el camino al infierno está poblado de buenas intenciones), también fue una herramienta política que, con tal de lograr el control y la derrota de los enemigos políticos y económicos, a la larga dio al traste con la producción agrícola de México: el cuerno de la abundancia que simboliza nuestro territorio se fue al cuerno gracias a Cárdenas; no en vano nuestro país, en vez de exportar productos agropecuarios, exporta braceros hambrientos. Recordemos que por medio del Programa Bracero, en vigencia de 1942 a 1964, ingresaron casi 5 millones de mexicanos a los Estados Unidos, y que durante ese mismo periodo de veintidós años, ¡otros 5 millones lo hicieron de modo ilegal!, como indica el especialista Jorge Durand, quien añade que el centro de contratación de Monterrey llegó a contratar a 4000 braceros por día en 1954, año en que se reportaron 885000 aprehensiones de mexicanos en los puestos fronterizos, según señala Gustavo Verdusco, investigador de El Colegio de México. ¡Cárdenas, el gran héroe del campesinado mexicano, es el gran repartidor de miseria que provocó el fracaso de nuestra agricultura y propinó la estocada definitiva a nuestra soberanía alimentaria!

2 comentarios:

  1. Francisco Martin Moreno un escritor de novelerias,es asi como debemos de catalogarlo , ya que, en su pensamiento esta la frustracion y soledad en que vive,en sus fantasias esta la de ser historiador,jajajaja pobre diablo, como mason conspira en contra de la verdad. Anticlerical y anticatolico .

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