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lunes, 24 de junio de 2013

100 MITOS DE LA HISTORIA DE MÉXICO 1 Francisco Martín Moreno parte2



UNA HISTORIA DE CRÍMENES:
EL ASESINATO DE INDÍGENAS
La violencia inquisitorial se mostró muy poco tiempo después de que Hernán Cortés se apoderó de Tenochtitlán: en 1521 los franciscanos hicieron valer la bula Alias Felices, se asumieron como inquisidores y llevaron a juicio a un indígena de nombre Marcos de Alcoahuacán, quien fue acusado y condenado por el delito de bigamia. Digámoslo claramente: a pesar de lo que afirme la historia oficial, la primera víctima del Santo Oficio en nuestro país fue un indígena. Pero los sacerdotes no quedaron satisfechos con la contienda de Marcos de Alcoahuacán: cuando fray Juan de Zumárraga ocupó el cargo de inquisidor no dudó en emprenderla en contra de los naturales y juzgó a 183 de ellos por no creer en el ‘'dios verdadero”. Curiosamente, la mayor parte de los condenados eran antiguos nobles que poseían importantes propiedades, lo cual da lugar a cierta suspicacia, pues según el derecho de Indias el inquisidor tenía la facultad de apropiarse de los bienes de los ajusticiados; así, podemos comprender por qué el Santo Oficio en España quemó, antes que a nadie, a los judíos ricos...Uno de los asesinatos más notables que cometió Zumárraga fue el de Carlos Chichimecatecuhtli, el tlatoani de Texcoco, a quien acusó de adorar a los ídolos; el indígena murió en la hoguera en noviembre de 1539, en un auto de fe que fue presenciado por el virrey, el obispo y otros dignatarios. Los cargos en contra del tlatoani eran falsos: él no practicaba la religión de sus antepasados ni realizaba sacrificios humanos, sólo buscaba unir a los indígenas contra los españoles. La Inquisición en este y muchos otros casos no fue la guardiana de la fe, sino la protectora del imperio que sojuzgaba y asesinaba a los Indígenas... con la gracia de dios. Claro que, como lo muestro en otro capítulo de esta edición, en el que analizo el papel que la iglesia ha jugado en la educación de los mexicanos, la Inquisición no sólo enfrentó a sus enemigos y a los de la corona con la tortura y la muerte: gracias al Índex, es decir la lista de las publicaciones que la iglesia católica calificaba como perniciosas para la fe, también prohibió la llegada de los libros que contuvieran la más mínima muestra de inteligencia: las obras científicas, los textos políticos, la filosofía de la Ilustración y otros temas estaban prohibidos. ¿La razón?: la iglesia católica, desde siempre, ha buscado mantener en la ignorancia a sus fieles para poder controlarlos y explotarlos a su antojo.
UNA HISTORIA DE CRÍMENES:
EL ASESINATO DE JUDÍOS
La tolerancia hacia el judaísmo que sostiene Salvador Borrego es falsa: no olvidemos que la Inquisición española nació en 1478 con la finalidad de combatirlo y que, a diferencia de la Inquisición medieval, dependía de la corona, que la utilizaba como instrumento de poder: el Santo Oficio era un organismo policiaco que actuaba en todo el territorio del reino para asesinar a los opositores, a cambio de la riqueza de sus víctimas, con el sobado pretexto de la falta de fe. Por si esto no bastara para afirmar que la Inquisición perseguía a los judíos, también hubo muchos casos en los que juzgó y asesinó a los practicantes de la religión judaica: el más sonado de esos crímenes fue el que se perpetró en contra de Luis de Carvajal y sus familiares, quienes en 1590 fueron condenados por ser criptojudíos: siete perecieron en la hoguera, uno murió por garrote vil y don Luis falleció en la cárcel mientras esperaba ser llevado a España. En este caso también surge la suspicacia cuando recordamos que Luis de Carvajal negoció con Felipe II la conquista del Nuevo Reino de León, que abarcaba desde el puerto de Tampico hasta los límites de la Nueva Galicia, un territorio que lo convirtió en uno de los grandes terratenientes de la época y en poseedor de una fortuna que avivó algunas de las más cristianas virtudes de la Inquisición: la envidia y la codicia. Así, aunque no puede negarse que don Luis era judío, también es cierto que era un terrateniente cuyas propiedades podían ser reclamadas por la iglesia después del juicio. Imaginemos las inmensas propiedades que por estos métodos sangrientos adquirió la iglesia... y luego multipliquemos por miles de veces el patrimonio de los Carvajal: no olvidemos que los curas eran hombres de negocios, o banqueros, o terratenientes, o usureros, o todo eso junto. La Inquisición no sólo era el brazo armado de la corona, que descargaba su fuerza sobre los enemigos del reino, era además un espléndido negocio para la iglesia, pues todas las propiedades de los condenados pasaban a sus manos sin desembolsar un solo real. La riqueza de la iglesia está manchada de sangre. Resulta espeluznante que sus miembros hayan disimulado a través de las enseñanzas de Jesús tantos crímenes... ellos aprovecharon su autoridad espiritual para enriquecerse, una práctica que perdura hasta nuestros días.
UNA HISTORIA DE CRÍMENES:
EL ASESINATO DE LA CONCIENCIA
A pesar de que la Inquisición juzgó, torturó, condenó y asesinó a indígenas, judíos, mestizos, opositores a la corona y algunos herejes, sus crímenes no se reducen a estos agravios: ella es responsable del asesinato de la conciencia de los novohispanos y de la herencia de embrutecimiento que nos ha marcado desde el siglo XVI. El Santo Oficio fue el gran perseguidor de las ideas, pues debido a su intervención los novohispanos no podían importar libros que estuvieran Incluidos en el Índex. La ciencia y la filosofía, al igual que las reflexiones políticas y religiosas ajenas al catolicismo, eran inaccesibles para los novohispanos, quienes tenían que conformarse con leer literatura edificante: vidas de santos, misales y obras acordes con las ideas de sus supuestos guías espirituales, Y para rematar este rosario de horrores es necesario señalar que, gracias al confesionario, al pulpito y al temor al auto de fe, los mexicanos fueron castrados en cuanto a su valor, a su talento y a la posibilidad de pensar por sí mismos: las llamas de este mundo y el fuego eterno del más allá nos causaron un daño irreparable.
Los mexicanos siempre hemos sido talentosos, pero la Inquisición nos negó los nutrientes para nuestro intelecto, y por ello la iglesia católica es responsable de nuestro rezago científico y tecnológico, de nuestra incapacidad para subirnos al tren de la modernidad y, sobre todo, de mantenernos en el oscurantismo de la edad media. La iglesia es el principal lastre de los mexicanos, el peor enemigo del desarrollo y de las instituciones nacionales. Cuando Agustín de Iturbide llegó al poder, 98% de los mexicanos no sabían leer ni escribir, siendo que la iglesia era la encargada de educar a la colonia... Los protestantes deben leer la Biblia para salvarse: he ahí el camino de la religión para educarse. En cambio, el clero mexicano quiere brutos y ricos a sus feligreses para lucrar con su estupidez. ¿Educar para que después puedan descubrir sus mentiras? ¡Vamos, hombre!
UNA REFLEXIÓN FINAL
Los inquisidores fueron unos criminales, y gracias a ello la iglesia acumuló inmensas riquezas y un poder inigualable. ¿Acaso no valdría la pena que la jerarquía eclesiástica reconociera sus crímenes?, ¿no sería deseable que los sacerdotes aceptaran su responsabilidad por la falta de luces de sus fieles? Y, mejor aún, ¿no sería bueno que los mexicanos dejaran de creer en unos hombres que, en su mayoría, han asesinado, robado y castrado las conciencias? Lo ideal sería que impulsaran una verdadera revolución espiritual y un nuevo decálogo que—entre otros mandamientos— estableciera que todo aquel que muera en la miseria se condenará en el infierno por toda la eternidad... que quien tenga más hijos de los que pueda mantener vivirá al lado de Satanás... que quien golpee a su mujer arderá en las llamas eternas... que quien no sepa leer ni escribir quedará condenado por los siglos de los siglos... Estoy convencido de que este proyecto de decálogo es mucho mejor que embrutecernos para que la iglesia siga conservando su riqueza y sus prebendas.
MADERO NUNCA GOBERNÓ POR LOS ESPÍRITUS
A mediados de 1854 la vida de Hippolyte León Denizard Rivail cambió por completo. El descubrimiento de los espíritus y de las mesas que giraban por la acción de los fantasmas lo hicieron abandonar sus tres antiguas profesiones: a sus cincuenta años ya no sería más un pedagogo, sus estudios lingüísticos irían a parar al cesto de lo inservible y la medicina perdería totalmente su sentido. Hippolyte tenía nuevos objetivos: explorar el más allá y descubrir sus vidas pasadas. Durante tres años se adentró en el mundo de los espíritus y así pudo saber que en una vida anterior se había llamado Allan Kardec. Pronto comenzó a publicar sus hallazgos y el 18 de abril de 1857 las librerías mostraron en sus vitrinas El libro de los espíritus, una obra que no firmó con su verdadero nombre, sino con el de Allan Kardec. El mito había nacido, y junto con él, el espiritismo reclamó un espacio en la mente de algunos occidentales. Posteriormente la “nueva ciencia” conquistó miles de adeptos, por lo que su fundador se vio obligado a definirla con precisión en su manual ¿Qué es el espiritismo? Según Kardec, sus ideas tenían una doble vertiente, por una parte eran la “ciencia que trata la naturaleza, origen y destino de los espíritus, así como sus relaciones con el mundo corporal”, y por la otra eran la filosofía que “comprende todas las consecuencias morales que dimanan de estas mismas relaciones”. Gracias a esta dualidad el espiritismo de Kardec asumió una serie de principios que se consideraban como ciertos y fundamentales:
              Dios existe y es único.
              Los espíritus existen y cada hombre posee uno.
              La reencarnación es inobjetable.
              Es posible comunicarse con los espíritus.
              La ética se basa en la “ley de causa y efecto”, según la cual nuestra condición actual es el resultado de nuestros actos pasados.
              La Tierra no es el único planeta del universo que posee vida.
A pesar de los dictados del sentido común, el espiritismo —según se afirma en La curación por el espíritu, de Stefan Zweig— ganó millones de adeptos en el Viejo Mundo y Allan Kardec, incluso tras su muerte ocurrida en 1869, se convirtió en una suerte de gran profeta y de guía para establecer relaciones con el más allá. Los círculos espiritistas alcanzaron una gran popularidad y por lo mismo no resulta extraño que un joven mexicano se acercara a ellos para hacer “el descubrimiento que más había hecho por la trascendencia de [su] vida”. Ese joven era precisamente Francisco I. Madero. En 1886  Madero inició una larga estadía en Francia con el fin de llevar a cabo los estudios universitarios que requería pura administrar la cuantiosísima fortuna de su familia: primero se inscribió en el Liceo de Versalles y luego en la Escuela de Altos Estudios Comerciales. También se asomó a la Exposición Universal de París para admirar los adelantos de la civilización en todo el mundo. La inauguración en esas fechas de la torre Eiffel, sin duda alguna, constituyó un evento inolvidable. Él, cuando menos en apariencia, sólo se estaba formando como hombre de negocios, pero un día cayó en sus manos la Revue Spirite e inició su carrera espiritista gracias a las obras de Kardec. “No leí esos libros afirma Madero en sus brevísimas Memorias los devoré, pues sus doctrinas tan racionales, tan bellas, tan nuevas, me sedujeron, y desde entonces me convertí en espíritu”. La lectura y el contacto con los grupos espiritistas pronto hicieron efecto en el joven Madero: luego de algunos esfuerzos descubrió que era un médium escribiente, pues una vez en trance podía escribir lo que le dictaban desde el más allá. Francisco I. Madero escuchaba voces, y ellas lo cambiaron por completo; no en vano llegó a afirmar que “la transformación moral que he sufrido la debo a la mediumnimidad”. Uno de los mexicanos con los que trabó una fortísima amistad en París, Juan Sánchez Azcona, observó estos cambios en su escala de valores y nos legó una imagen del futuro presidente en su libro Pensamiento y acción de Francisco I. Madero’. Aparte de la historia, le preocupaba la teosofía. Sufren un gran error los que, por ligereza o por espíritu de crítica y burla, han considerado a Francisco I. Madero como un espiritista de tres al cuarto, de los que sólo se dedicaban a consultar el trípode. Madero exploraba los misterios del Karma y era muy erudito en filosofía hindú. Conmigo poco hablaba de esas cosas.... Madero me llamaba “materialista”. Sánchez Azcona, que unos años más tarde se incorporaría al gabinete de Madero, tenía razón: don Francisco no era un espiritista improvisado, sino un verdadero estudioso de esa disciplina.
EL REGRESO DEL ESPIRITISTA
Madero regresó a nuestro país y continuó con sus creencias espiritistas, gracias a las cuales logró comunicarse con Raúl, su hermano muerto. Raúl se convirtió en su guía y Francisco comenzó a cambiar sus hábitos: dejó de fumar y de comer carne y se sometió a una suerte de ascetismo. En una de las sesiones espiritistas de aquella época, Raúl le dijo a Madero cuando menos esto es lo que sostiene la versión oficial de los hechos— que él tenía una misión en la vida: socorrer a los necesitados.
Francisco lo obedeció casi de inmediato y comenzó a curar a sus peones por medio de los saberes espiritas: un poco de mesmerismo, algunas sesiones de sonambulismo y unos cuantos chochos homeopáticos podían salvarlos de casi todos sus males. Madero hacía el bien a diestra y siniestra, pero Raúl aún no estaba totalmente satisfecho: quitarle las fiebres cuartanas o las dolencias a uno de los peones no bastaba para que su hermano lograra los altos fines a los que estatal destinado. Por ello, varios meses más  tarde el hermano muerto le indica el rumbo que debía dar a su vida, un hecho que Madero anotó con gran cuidado en sus documentos espiritas: “Aspira a hacer [el] bien a tus conciudadanos, haciendo tal o cual obra útil, trabajando por un ideal elevado que venga a elevar el nivel moral de la sociedad, que venga a sacarla de la opresión, de la esclavitud y el fanatismo”. El mensaje de Raúl era más o menos claro, y Francisco casi con seguridad dedicó varios días a analizarlo con el fin de descubrir su significado preciso, pues no podía equivocarse en su interpretación. La respuesta no tardó en llegar: la única manera en que lograría elevar “el nivel moral de la sociedad” y “sacarla de la opresión, de la esclavitud y el fanatismo” era adentrándose en la política. Francisco no dudó en seguir esta indicación de su hermano muerto. Esta decisión no era tan extraña, pues el 5 de junio de 1902 —según sostiene José Natividad Rosales en su libro Madero y el espiritismo el espíritu de Raúl les había dicho a los miembros del grupo: Ustedes que siempre han luchado por la causa de la libertad, por la justicia, ustedes deben ahora comprender una lucha más grandiosa, contra la ignorancia [...] ustedes deben profundizar en el estudio del espiritismo a fin de que se familiaricen con él y puedan revelar estas sublimes verdades a los materialistas que no tienen ningún freno y a los fanáticos religiosos que tienen un freno tan fuerte que no los deja pensar ni elevarse [... ] sí, amigos, ustedes deben ilustrarse a fin de que puedan ilustrar a los demás. Así, desde los primeros años del siglo XX Madero comenzó a realizar distintas actividades políticas bajo la guía de los espíritus, pero esta nueva actividad, que no contó con el beneplácito de su familia, no lo alejó de sus trabajos con el más allá: Francisco asistía a mítines y reuniones, apoyaba a candidatos o se postulaba para ocupar cargos públicos, y además continuaba con sus lecturas, devoraba las páginas de la revista La aurora espirita, mantenía una nutrida correspondencia con sus correligionarios y en más de una ocasión escribió artículos para La grey astral los cuales firmaba con el pseudónimo de “Arjuna”, el protagonista del Bhagavad gita.


LA REVOLUCIÓN ESPÍRITA
En 1907 Francisco contactó a otro guía espiritual: “José”, quien al parecer no tenía ideas muy distintas de las de su hermano muerto, aunque quizás era un poco más insistente. A pesar de las derrotas electorales, José y Raúl animaban a Madero para que no se rindiera, e incluso comenzaron a orientarlo para que mejorara su formación política: “lee historia de México [...] a fin de que principies tu trabajo”, le dictó uno de ellos, mientras que el otro le hizo una revelación: “1908 será [...] la base de tu carrera política”. Madero, como era de esperarse, siguió sus órdenes sin chistar: leyó a los historiadores, dejó el alcohol, abandonó la plácida costumbre de la siesta y decidió comer poco, y luego de algunas semanas de preparación espiritual se lanzó a redactar su gran obra: La sucesión presidencial en 1910.Durante los siguientes tres meses Francisco trabajó brutalmente en la redacción del libro que estaría destinado a cambiar el futuro de México; los incesantes dolores de cabeza y los “ataques oftálmicos” no lograron detenerlo. Incluso, como parte de la purificación que requería para escribirlo, renunció a sus “instintos” durante aquellos tres meses. La sucesión presidencial en 1910 no se escribió como una obra cualquiera: fue concebida como un acto de fe y, aunque no hay pruebas de ello, es posible que muchas de sus páginas se escribieran gracias a la “mediumnimidad” de su autor, pues durante la redacción de su obra Madero observó, hasta las últimas consecuencias, las reglas de vida del espiritismo y siguió el plan de estudios que, en cierto sentido, le revelaron los espíritus José y Raúl. Francisco I. Madero, no hay duda, fue un demócrata, pero su pensamiento no tuvo sólo un origen político: sus ideas también fueron animadas por los espíritus que lo impulsaron a hacer el bien a sus conciudadanos y a adentrarse en el estudio de la historia. Madero el demócrata también es Madero el espiritista. No en vano él anotó lo siguiente en uno de sus documentos personales: “pienso escribir un libro sobre estos asuntos del espiritismo]. Quizá al terminarse la campaña de 1910 o un poco más tarde, a menos que los azares de la lucha me lleven a un calabozo, en donde podré dedicarme con toda calma a escribir mi libro”.
CORTÉS CONQUISTO A LOS AZTECAS
Las afirmaciones de mi maestra resultaban contradictorias: según ella los aztecas eran valerosos, invencibles y grandes estrategas, gracias a lo cual conquistaron casi toda Mesoamérica; los caballeros tigre y los caballeros águila, guerreros sin par educados con la debida severidad castrense en el Calmécac, eran motivo de orgullo... Sin embargo, ella también nos dijo que “los aztecas fueron derrotados por un puñado de españoles perfectamente armados”. Las cifras que nos mostraba, en términos generales, coincidían con las de la historia oficial: el ejército de Hernán Cortés, al momento de desembarcar en Veracruz, constaba de 518 infantes, 16 jinetes, 13 arcabuceros, 32 ballesteros y 110 marineros, que llevaban 32 caballos (16 dedicados a las labores de carga), 10 cañones de bronce y 4 falconetes. Creámosle a mi maestra y a los historiadores oficiales por un momento: Cortés sólo contaba con 689 hombres, mientras que según los cálculos más conservadores— la gran Tenochtitlán tenía aproximadamente 230 000 habitantes, por lo que era mucho más grande que Constantinopla, París o Venecia. Otros historiadores llevan aún más lejos este dato: Eduardo Noguera calculó 300 000 habitantes, y Jacques Soustelle estimó su población en 700000 individuos al incluir a Tlatelolco y las otras ciudades del lago de Texcoco. Estas cifras obligan a la duda: ¿cómo fue posible que 689 hombres derrotaran a casi 60000 varones adultos en condiciones de defender su ciudad, suponiendo que poco menos de 25% de sus habitantes participaran en los combates? Según mi maestra y los historiadores que han servido al régimen, la respuesta es sencilla: los españoles estaban mejor armados y adiestrados que los aztecas, pues la pólvora, el acero, el caballo, la escuela militar europea y su natural talento para la estrategia, además de las supersticiones precolombinas que hablaban de la inminente llegada de un dios blanco y barbado, bastaban para que uno solo de ellos venciera, sin grandes problemas, a poco más de 87 indígenas. Si le creía a mi profesora, estaba obligado a aceptar que los 689 españoles derrotaron a 60 000 aztecas... un hecho inverosímil, pues los habitantes de Tenochtitlán los vencieron en la llamada “noche triste” y en la batalla de Otumba con tan sólo una parte de sus fuerzas. Las razones de mi maestra no explicaban la derrota. Imaginemos a uno de los gallardos soldados de Cortés armado con un arcabús y una espada de acero. Ahora enfrentémoslo a 87 aztecas pertrechados con piedras (que conste que no les concedo la posibilidad de tener arcos, lanzas, escudos, espadas de obsidiana, garrotes ni cualquier tipo de arma que les dé ventaja): al primer disparo, el español elimina a uno de sus enemigos, quedan 86, y en el combate cuerpo a cuerpo logra matar o herir gravemente a una decena (¡vaya que es un gran espadachín!): solo le restan 76 enemigos, los cuales, supongo, lo podrían derribar y matar sin grandes problemas. Las cifras no cuadran, aunque también habría que considerar el papel que jugaron los tlaxcaltecas y los otros aliados indígenas de Cortés, un hecho que apuntalaría mi idea: a los aztecas no los derrotaron los españoles.
LA OTRA HISTORIA
Según mi maestra, en contra de lo que dicta el sentido común, un puñado de hombres venció a una multitud de indios que —no obstante sus elogiosas palabras sobre los aztecas no tenían los tamaños suficientes para derrotar a los invasores. Pero lo más grave era que si los hombres de Cortés habían vencido a los aztecas gracias a su tecnología bélica, esto mismo podría aplicarse a la invasión estadounidense, a la intervención francesa y a cualquier otro conflicto. La lección de mi profesora, aparentemente, era Inobjetable: los mexicanos puesto que somos un pueblo atrasado, bárbaro y lleno de indios— estamos condenados a sufrir derrota tras derrota. Pero esto es falso: las armas, el acero, los palos de trueno y la estrategia no derrotaron a los aztecas. El pueblo del sol fue vencido por dos razones: por la unión de varios grupos indígenas con las tropas de Cortés y, sobre todo, por la guerra bacteriológica que los recién llegados emprendieron en contra de nuestros antepasados aun sin haberlo pensado. En 1521, durante el sitio de la gran Tenochtitlán se desató una epidemia de viruela el mal que llegó junto con los españoles gracias a uno de los esclavos negros que venían con Pánfilo de Narváez a someter a Cortés por órdenes del gobernador de Cuba, la cual diezmó a las fuerzas defensoras e hizo posible que el imperio cayera en manos de los españoles. La falta de defensas biológicas provocó una mortandad sin precedentes en el Nuevo Mundo, aunque no faltan algunos despistados que niegan la existencia de la viruela. La viruela fue contagiada a los aztecas por los españoles y por los tlaxcaltecas que se infectaron en el verano de 1521, cuando los conquistadores intentaron tomar por primera vez Tenochtitlán. Desde ese momento la epidemia no tuvo freno, y por ello cuando Cortés entró en la ciudad en agosto de aquel año, encontró que casi la mitad de sus habitantes habían muerto por la enfermedad y no por sus armas. Pero la guerra bacteriológica, para desgracia de nuestros antepasados, no se detuvo: en seis meses prácticamente no quedó un solo pueblo sin ser infectado en las regiones invadidas por los españoles y sus aliados. El desastre demográfico fue absoluto: casi la mitad de la población indígena del Valle de México falleció en la primera epidemia. Una segunda epidemia provocó un nuevo etnocidio en 1531, y tras los rebrotes de 1545, 1564y 1576 la población indígena de Nueva España pasó de 25 millones de habitantes a menos de 2 millones a comienzos del siglo XVII. En números redondos, la viruela mató a más de 90% de los indígenas. ¿Cómo no iba a caer así la gran Tenochtitlán, si los indígenas estaban indefensos ante enfermedades que nunca habían padecido? La conquista no se logró porque los españoles fueran hombres fuertes y bien armados que derrotaron a los débiles, torpes e indefensos indígenas. Esa es una versión que nos acompleja y nos disminuye, al igual que en la guerra contra los Estados Unidos. No nos vencieron las armas ni la superioridad militar, sino las bacterias... Si se hubiera dicho la verdad desde un principio no habríamos crecido con ese complejo de minusvalía, semejante al hecho de que los españoles nos cambiaban cuentas de vidrio por oro. Pero los indígenas creían que los conquistadores tenían palos de trueno, dioses encerrados en sus mosquetes. la intensa religiosidad de los aztecas fue su enemiga. Todo lo veían a la luz de la religión: los hombres a caballo eran dioses de una sola pieza, habría que tolerarlos a pesar de que mataban, violaban y robaban... menudos dioses. La concepción religiosa fue funesta. Antes nos salió cara la religión, y ahora también nos cuesta...Pero la guerra bacteriológica no se limitó a la viruela: la sífilis también provocó una gran mortandad, pues esta enfermedad, según Francisco Xavier Clavijero y otros estudiosos de la conquista, tampoco era endémica del Nuevo Mundo. Un ejemplo de los estragos que causó este mal se encuentra en el diario de las exploraciones que José Longinos realizó en Baja California, en el que se afirma que “el virus gálico hace más estragos en los naturales, porque ellos, en la gentilidad, no conocían esta enfermedad”. El mito resulta claro: los aztecas no fueron derrotados por los españoles, la viruela y la sífilis pudieron más que el acero y la pólvora o que los aliados indígenas. El desánimo, como es de suponerse, también hizo su parte: no en vano se ha hablado de un “suicidio colectivo” a la voz de “déjennos ya morir, pues ya nuestros dioses han muerto”.
CARDENAS EXPROPIO EL PETRÓLEO
Era ya de noche cuando el presidente Lázaro Cárdenas llegó a su despacho de Palacio Nacional, donde lo esperaban los técnicos de las estaciones de radio y los reporteros de la prensa nacional e internacional. Era el 18 de marzo de 1938 y el primer mandatario luego de condenar al exilio a Plutarco Elías Calles, de poner fin al maximato y de convertirse en el primer exponente del presidencialismo pronunciaría uno de los discursos más importantes del siglo pasado. Después de un largo conflicto laboral con las compañías petroleras, que habían hecho caso omiso de los laudos emitidos por los tribunales, Cárdenas tomó una decisión que daría un giro a la historia de México: la expropiación de los activos de las empresas extranjeras que se dedicaban a la explotación del oro negro. Así, flanqueado por sus hombres de confianza, y luego de algunos ruidos provocados por el micrófono, Cárdenas leyó a los mexicanos un largo discurso, en cuya parte medular afirmaba lo siguiente: La actitud [de] las compañías petroleras [...] impone; el ejecutivo de la Unión el deber de buscar en los recursos de nuestra legislación un medio eficaz que evite definitivamente [...] que los fallos de la justicia se nulifiquen [...] mediante uní simple declaratoria de insolvencia [...].Se trata de un caso [...] que obliga al gobierno a aplicar la Ley de expropiación [...] no sólo para someter a las empresas pe troleras a la obediencia y a la sumisión, sino porque habiendo quedado rotos los contratos de trabajo entre las compañías y sus trabajadores, [...] de no ocupar el gobierno las instalaciones de las compañías, vendría la paralización inmediata de la industria petrolera, ocasionando esto males incalculables [a] la industria y a la economía [...].En tal virtud se ha expedido el decreto que corresponde y se ha mandado ejecutar [...] dando cuenta en este manifiesto al pueblo de mi país, de las razones que se han tenido para proceder así y demandar de la nación entera el apoyo moral y material necesarios para afrontar las consecuencias de una determinación que no hubiéramos deseado ni buscado por nuestro propio criterio. La actitud de Cárdenas no era casual ni caprichosa. Su decisión respondía a un movimiento perfectamente calculado: la guerra inminente en Europa daba un gran valor estratégico al petróleo mexicano; Cárdenas gracias a su ruptura con Calles ya había construido los mecanismos que ataban a la sociedad con el presidente y manejaba los hilos del poder como parte de su estilo personal de gobernar muy diferente, por cierto, del de Obregón y de Calles, manchados de sangre—; los caudillos y la iglesia, a pesar de que intentarían oponerse a su decisión, ya no tenían la fuerza necesaria para enfrentarse al flamante poder del presidencialismo. La expropiación, para bien o pura nial, sería irreversible... en aquellos momentos nadie Imaginaba que Pemex, una empresa petrolera monopólica, quebraría (único caso en el mundo entero), y que tendríamos que importar gas y gasolinas debido a nuestra evidente incapacidad para extraer y refinar petróleo. Así, ese 18 de marzo, sin que se tuvieran claras las consecuencias de lo irreversible, se llevó a cabo según se lee en el decreto que dio validez jurídica a las palabras de Cárdenas la expropiación de “la maquinaria, instalaciones, edificios, oleoductos, refinerías, tanques de almacenamiento, vías de comunicación, carros tanque, estaciones de distribución, embarcaciones y todos los demás bienes muebles e inmuebles” de las empresas petroleras que operaban en nuestro país. Y en aquellos momentos también nacieron los mitos sobre la expropiación y sobre la futura riqueza que México disfrutaría tras el decreto firmado por el presidente Cárdenas.
LOS MITOS DE LA EXPROPIACIÓN: ¿ALGUIEN DIJO RIQUEZA?
Desde 1938 los mitos y la politización del petróleo han marcado dolorosamente la vida de nuestra patria. En la escuela se nos enseñó que Cárdenas “expropió el petróleo”, lo cual es una mentira de cabo a rabo; asimismo, los historiadores oficiales se empeñan en señalar que gracias al decreto de 1938 se incrementó sustancialmente el patrimonio de los mexicanos, una afirmación a todas luces ingrávida si vemos que en la actualidad subsisten 40 millones de mexicanos en la pobreza, y de ellos, 15 millones viven en la miseria extrema. ¿De qué les sirvió la expropiación petrolera a los indios tzotziles, a los tarahumaras, a los lacandones, entre muchos otros? Por si lo anterior no Fuera suficiente, los políticos, los partidos y el sindicato de Pemex crearon el mito del nacionalismo petrolero para que el Estado, un pésimo administrador, fuera el único operador de nuestros manantiales y de la industria petroquímica, hoy también en ruinas, y de esa suerte otorgar al gobierno el privilegio de lucrar a mansalva con el patrimonio de todos los mexicanos. Las consecuencias se presentaron de inmediato: se impidió la modernización y se erosionó la eficiencia de la principal empresa de nuestro país, hoy controlada por su sindicato después de haber sido botín de los diferentes directores de Pemex... A la fecha tenemos que importar miles de millones de dólares de gasolinas, porque México, un país petrolero, carece de la capacidad de abastecer el mercado nacional.
LOS MITOS DE LA EXPROPIACIÓN:
¿DE QUIÉN ES EL PETRÓLEO?
Como resultado del mito que propagan los libros de texto, no resulta extraño que la mayoría de los mexicanos afirmen que Lázaro Cárdenas “decretó la expropiación del petróleo”, pero la verdad es otra: desde 1917 los hidrocarburos ya eran propiedad de los mexicanos, según lo establece el artículo 27 de la Constitución que se promulgó ese año; ahí se afirma que el suelo y el subsuelo son propiedad de la nación. La expropiación permítaseme recalcarlo— sólo nos hizo dueños de los bienes muebles e inmuebles de las empresas extranjeras: nos adueñamos de los “fierros”, porque los hidrocarburos ya eran “propiedad de la nación’ de buen tiempo atrás. Por ello el decreto de 1938 no incrementó sustancialmente el patrimonio petrolero de los mexicanos: los yacimientos que se explotaban, los que se descubrieron tras la nacionalización y los que las existen ya eran, desde 1917, propiedad de todos nosotros. La única riqueza que nos entregó Cárdenas fueron las instalaciones, que según algunos historiadores, como Lorenzo Meyer estaban muy cerca del deterioro, pues las empresas extranjeras habían minimizado las labores de mantenimiento desde la publicación de la Carta Magna de 1917, en la medida en que el artículo 27 ponía en riesgo las inversiones. Asimismo como lo analizaré con detalle en otro capítulo, resulta inexacto que la expropiación prohibiera la inversión privada en materia petrolera: la idea de entregar la explotación y la refinación de los hidrocarburos a un monopolio estatal que sólo obedece las órdenes del presidente en turno y que satisface las ansias de poder y riqueza de uno de los sindicatos más corruptos de nuestro país, nunca fue pergeñada por Cárdenas ni por el Constituyente de Querétaro: nació cuando Adolfo Ruiz Cortines ordenó la modificación de la ley reglamentaria del 27 Constitucional para cancelar la participación privada. Efectivamente, el artículo 27 de la versión original de la Constitución de 1917 y el decreto de expropiación de 1938 no generaron un monopolio, pues la Carta Magna consideraba la posibilidad de que el petróleo fuera objeto de concesiones a particulares mexicanos. Por su parte, Cárdenas estaba de acuerdo en permitir el regreso del capital extranjero en la industria petrolera siempre y cuando respetara la soberanía y la jurisdicción de los poderes federales. Resulta claro que antes, como ahora, no se contaba ni con la tecnología ni con los capitales para explotar nuestro gigantesco patrimonio que, como dijera el poeta, nos lo escrituró el diablo. La cancelación de la participación privada que decretó Ruiz Cortines provocó la petrolización de la economía y de las finanzas públicas, al extremo de que hoy en día el presupuesto de egresos de la Federación depende en un 40% de las exportaciones de crudo. Esta última verdad me obliga a retomar una interrogante que debe ser resuelta: ¿en verdad el petróleo nos hizo ricos a los mexicanos?
¿A QUIÉN HIZO RICO EL PETRÓLEO?
Desde los tiempos de Adolfo Ruiz Cortines los recursos que el gobierno obtiene por medio de su monopolio son estratégicos, la dependencia gubernamental respecto de Pemex es casi absoluta. Por ello los presidentes y los diputados han sometido a la empresa paraestatal a un régimen fiscal que la sangra casi brutalmente debido a una extraña lógica: Pemex mantiene al gobierno, y gracias a ello, se supone, también mantiene a los mexicanos. Hemos vivido irresponsablemente del petróleo descubierto a principios de la administración de José López Portillo, quien hablaba de “administrar la abundancia”. ¿Qué hicimos con esa abundancia? ¿Cuántos cientos de miles de millones de dólares se han desperdiciado de 1980 a 2010? ¿A dónde fue a parar toda la riqueza del petróleo? ¿Por qué no construimos al menos diez refinerías e invertimos en obras faraónicas de infraestructura y equipamos a las universidades? La respuesta es obvia: algunos de los primeros beneficiados fueron los líderes del sindicato de Pemex, cuyas históricas apuestas en los casinos de Las Vegas y su ostentoso patrimonio mal habido no dejan lugar a dudas sobre la riqueza petrolera de nuestro país; otra parte ha sido devorada por los sueldos, las prestaciones y la corrupción de los funcionarios públicos, quienes nos muestran las bondades de una industria que sólo sirve a sus fines; una parte más se destina a pagar los sueldos de una burocracia ineficiente, y otro tanto termina en los bolsillos de los partidos políticos, que han convertido nuestra “democracia” en una de las más caras del mundo. ¿La inversión productiva?, bien, gracias. ¿El desarrollo de proyectos y programas sociales?, bien, gracias. No pasará mucho tiempo antes de que tengamos que importar crudo, de la misma manera en que importamos miles de millones de dólares de gasolinas. Que quede claro: Pemex y los hidrocarburos no han enriquecido a los mexicanos, los ciudadanos seguimos siendo pobres, mientras que los líderes sindicales y los políticos disfrutan de la riqueza del subsuelo, que sin duda nos pertenece a todos. Pero las desgracias no terminan con esto, pues hoy en día aún vivimos de los yacimientos que se descubrieron durante la gestión de Jorge Díaz Serrano. Nos confiamos, todo se petrolizó, y los mexicanos dejamos de pagar impuestos con el visto bueno del gobierno, porque se sabía que el ingreso petrolero financiaba el gasto público. ¡Irresponsabilidad y populismo puros! Estamos ante una desgracia que fue descrita perfectamente por Gabriel Zaid en 1992 en su ensayo “Estado y tubería”, en el que se afirma que los gobiernos mexicanos recibieron un subsidio extraordinario, pero no renovable: la inyección fácil de energía fósil, cuto despilfarro empezó el siglo pasado y terminará el siglo que entra. Esos grandes depósitos de energía barata (el carbón, el petróleo), que se acumularon durante millones de años para ser consumidos en dos siglos, han servido para que parezcan progresistas y económicas cosas que no lo son. El gigantismo y la burocracia son progresos improductivos, deficitarios, subsidiados. Zaid tiene razón y a nosotros sólo nos queda esperar a que se sequen los pozos para que el sueño de prosperidad de nuestro país se agote junto con el último barril de petróleo que los políticos y los líderes sindicales se gastaron en su beneficio... La expropiación petrolera no benefició a los mexicanos. A nosotros nos sucedió exactamente lo mismo que a una familia pobre que hereda una gran fortuna y se mete en pleitos para decidir qué hacer con ella, mientras la riqueza se diluye como papel mojado.
JUÁREZ VENDIÓ TERRITORIO NACIONAL
El 14 de diciembre de 1859 Melchor Ocampo y Robert Mc Lane suscribieron el proyecto de un tratado diplomático entre México y los Estados Unidos. A primera vista, ninguno de los artículos del tratado favorecía a nuestro país. Benito Juárez, al parecer, había permitido que, a cambio de cuatro millones de dólares dos de los cuales quedarían en las arcas estadounidenses para cubrir las injustas e interminables reclamaciones de guerra, los gringos obtuvieran los derechos de paso por el Istmo de Tehuantepec y por Sonora de Guaymas a Nogales; asimismo, el documento abría la posibilidad para ambos países de auxiliarse militarmente, según determinadas circunstancias. Así pues, todo parece indicar que el Tratado Mc Lane Ocampo entregaba la soberanía de una parte del territorio nacional a cambio de un par de millones de dólares.
¿Juárez, entonces, se comportó igual que Antonio López de Santa Anna, el mayor vende patrias de nuestra historia? Aunque la respuesta es un ¡no! rotundo, la iglesia católica y los conservadores han insistido en que Juárez traicionó a México al permitir que se suscribiera el Tratado Mc Lane Ocampo. Este mito debe ser aclarado, pues sólo así podrán comprenderse los verdaderos fines que animaron a Juárez a suscribir ese documento.
LAS MENTIRAS, LAS FALSAS IMPUTACIONES
Desde 1860 los profesores de las escuelas religiosas y los historiadores clericales han difundido la mentira de que Juárez traicionó a México con el Tratado Mc Lane Ocampo. Curiosamente, en cada una de sus palabras aún se percibe el eco del Manifiesto que Miguel Miramón publicó el 1 de enero de 1860. En la parte medular de este documento cuyo original se encuentra en el Archivo General de la Nación se lee lo siguiente: Por medio de su gobierno establecido en Veracruz, [los liberales] intentan vender la integridad, el honor y la seguridad de la patria, por un tratado infame que deja en la frente de las personas que lo firman, un sello indeleble de traición y de escándalo. [El tratado] se contrae a concesiones de territorio o de vías de tránsito para los ciudadanos y tropas de los Estados Unidos, que arruinarían nuestros puertos y nuestro comercio y que servirían a aquella república para irse extendiendo sobre nuestro país. Sin embargo, lo que el general Miramón afirmaba en su Manifiesto era sólo una cortina de humo que pretendía ocultar la verdad. Cuando estalló la guerra de Reforma a causa del violentísimo rechazo de la iglesia católica y de los conservadores a la Constitución de 1857, los ejércitos liberales y los Conservadores eclesiásticos iniciaron una lucha feroz que en enfrentó el suelo mexicano. Luego de dos años de batallas ninguno de los bandos se alzaba con la victoria. Por ello, un año antes de que se suscribiera el Tratado Mc Lane Ocampo los clericales y los archiconservadores decidieron buscar el apoyo de Francia y España para derrotar a sus enemigos y provocar el retroceso político, económico y cultural de nuestra patria. Los clérigos y los conservadores estaban dispuestos a conceder todo lo que fuera necesario, y aun más, por medio del Tratado Mon-Almonte suscrito el 26 de septiembre de 1859, es decir, tres meses antes que el de Mc Lane Ocampo, el cual les proporcionaría los recursos y apoyos necesarios para enfrentar a los liberales, después de reconocer las deudas reales y ficticias que nuestro país tenía con España y Francia.
Para los liberales esta situación era mucho más que peligrosa: si Francia y España se sumaban a la iglesia y a ¡os conservadores mediante el Tratado Mon-Almonte, el futuro de la República estaba perdido. Así, a finales de 1859, Benito Juárez se vio obligado a buscar una Alianza con el gobierno estadounidense. La situación era difícil, ya que, como lo señala José Manuel Villalpando: [los] estadounidenses no darían su apoyo a cambio de nada, razón por la cual Juárez admitió, en Veracruz, las negociaciones con el enviado estadounidense, Roben: Mc Lane, a quien su gobierno dio instrucciones precisas de negociar un tratado ventajoso para ellos a cambio de la promesa de suministrar armas y dinero y, si se daba la ocasión, incluso de intervenir militarmente a favor de los liberales. Juárez y Melchor Ocampo, que en aquellos momentos era el ministro de Relaciones Exteriores, tenían claro que las pretensiones estadounidenses eran desmesuradas —desde el inicio de las negociaciones los gringos insistían en comprar la península de Baja California, pero también sabían que era fundamental detener el inminente ataque de las fuerzas clericales y conservadoras a Veracruz, donde se había refugiado el gobierno republicano, ya que Miramón —gracias al respaldo económico de la iglesia y de España contaba con un poderoso ejército y con el apoyo naval necesario para atacar a los liberales. El Benemérito sabía que no podía ceder ni un solo metro del territorio nacional pues él, a diferencia de Santa Anna, tenía sólidas convicciones patrióticas, por lo tanto, durante las negociaciones con McLane se negó a ceder la península de Baja California, aunque otorgó el libre tránsito de las mercancías estadounidenses. ¡El Tratado McLaneOcampo no establecía obligaciones para México en el sentido de entregar ni un solo metro cuadrado del suelo patrio! Por lo tanto, los conservadores y los historiadores oficiales registrados en las generosas nóminas del clero mienten al acusar a Juárez de haber vendido a los extranjeros una parte del territorio nacional. Incluso, la insistencia de Juárez de que se ratificara el tratado tenía además de las razones políticas que analizaré más adelante— un sentido estrictamente económico: el paso por el Istmo de Tehuantepec permitiría establecer polos de desarrollo marítimo, ferrocarrilero, comercial e industrial en el trayecto de Coatzacoalcos a Salina Cruz, un hecho que, sin duda, garantizaría la prosperidad de una de las regiones más pobres del país. Asimismo, con la firma del Tratado McLaneOcampo el gobierno juarista logró un acuerdo fundamental: ambas naciones quedaron comprometidas a auxiliarse militarmente. La victoria era clara: se había conseguido la ayuda estadounidense para derrotar a la iglesia y a los conservadores, y como dijo Patricia Galeana en su conferencia “Las Leyes de Reforma y el Tratado McLaneOcampo”: “este acuerdo permitió el reconocimiento de Estados Unidos al gobierno liberal de Benito Juárez y, con ello, evitó que el régimen republicano desapareciera”. Sin embargo, no debe pensarse que la habilidad diplomática de Benito Juárez y Melchor Ocampo se limitó a la obtención del reconocimiento del gobierno estadounidense a cambio del derecho de tránsito por algunas franjas del territorio mexicano. El acuerdo, para tener vigencia, debía ser ratificado por los congresos de ambas naciones, lo cual les dio a los liberales un buen tiempo para prepararse: con el país en guerra, el Congreso no podía sesionar, y cualquier acuerdo se pospondría hasta la victoria sobre la iglesia y los conservadores. Los hechos propiciaron que la ratificación de los acuerdos fuera innecesaria: el clero y los conservadores fueron derrotados y el Congreso estadounidense no ratificó el tratado, porque sus integrantes sólo vieron en él nuevas anexiones territoriales que fortalecerían a los estados esclavistas que ya se preparaban para la guerra de secesión. ¡Juárez tenía un as bajo la manga para ganar tiempo!, y ¡el tratado nunca fue ratificado!, por lo cual, en términos estrictamente jurídicos, ¡nunca existió! McLane suscribió la nada jurídica, mientras que Juárez y Ocampo les amarraron las manos a los norteamericanos, pues el tratado sólo permitía la intervención militar si se obtenía el consentimiento del gobierno liberal, el cual jamás aceptaría una moción de esa naturaleza. Juárez, a diferencia de la iglesia y de los conservadores, no fue un vende patrias, aunque a fuerza de mentiras sus eternos enemigos traten de utilizar el Tratado McLane Ocampo para acusarlo. Juárez sabía que si vendía Baja California obtendría millones de dólares y que con tales recursos podría aplastar a los reaccionarios, pero ni así estuvo dispuesto a vender el territorio. ¿Cómo acusarlo de traidor por entregar al país a los gringos a través del tratado cuando nunca vendió nada y sí se preservó la soberanía? Si hubiera sido, un traidor habría repetido las acciones de Santa Anna, de Su Alteza Serenísima, el peor enemigo en la historia patria, y habría tenido muchas oportunidades de echar mano de cualquier recurso para derrotar a los reaccionarios y hacerse del poder. ¿Acaso Juárez no habría podido tener conversaciones secretas, como las tuvo Santa Anna, con el presidente Polk para vender parte del territorio y ganar dinero en lo personal, volviéndose, además, inamovible políticamente después de barrer a sus enemigos? Juárez no era un bandido ni un traidor como Su Bajeza. Su conducta es una evidencia de honestidad. El siguiente texto, redactado por el propio zapoteco, deja constancia de ello: La idea que tienen algunos [...] de que ofrezcamos parte del territorio nacional para obtener el auxilio indicado, es no sólo antinacional sino perjudicial a nuestra causa [...] que el enemigo nos venza y nos robe, si tal es nuestro destino; pero nosotros no debemos legalizar ese atentado, entregándole voluntariamente lo que nos exige por la fuerza. Si la Francia, los Estados Unidos o cualquiera otra nación se apoderara de algún punto de nuestro territorio y por nuestra debilidad no podemos arrojarlo de él, dejemos siquiera vivo nuestro derecho para que las generaciones que nos sucedan lo recobren.
Benito Juárez, le pese a quien le pese, no fue un traidor, y el Tratado McLaneOcampo resultó una jugada política de grandes alcances que contribuyó a la derrota de la iglesia y de los archiconservadores.
LA IGLESIA CATOLICA, LA GRAN EDUCADORA
Desde hace casi medio milenio un mito recorre nuestro país: la iglesia católica ha sido la gran educadora de México. A primera vista parece difícil poner en duda la veracidad de esta afirmación, pues los eclesiásticos fundaron los planteles de la Nueva España, mantuvieron abiertas algunas de sus escuelas durante el turbulento siglo XIX, resistieron los supuestos embates de los gobiernos revolucionarios, que terminaron pactando con la jerarquía eclesiástica, y hoy —a pesar del mandato de laicidad educativa que marca la Constitución— los religiosos de distintas órdenes aún son propietarios de una gran cantidad de planteles de todos los niveles educativos, los cuales, en muchos casos, son considerados de gran calidad, aunque los escándalos por abusos psicológicos y sexuales como ocurrió con el padre Maciel— irrumpan con cierta frecuencia. Para colmo de males, el monto de las colegiaturas evidencia que la iglesia sólo se preocupa por las élites, pues rara vez se ve a sus sacerdotes profesores en la sierra o en la selva fundando una universidad, un tecnológico o una escuela rural... ahí la educación tendría que ser gratuita, y lo gratuito está prohibido para la iglesia: ¿qué hay gratuito, las bodas, las primeras comuniones...? Efectivamente, es imposible negar que durante los trescientos años de vida colonial la educación estuvo en manos de la iglesia; tampoco puede ponerse en duda que los planteles de primeras letras solían situarse al lado de los templos católicos; que en 1523 fray Pedro de Gante creó la primera escuela para indígenas —la Escuela de Artes y Oficios de San José de los Naturales, y que los sacerdotes también fundaron los colegios de la Santa Cruz de Tlatelolco, de San Ildefonso y de San Pedro y San Pablo, así como la primera escuela para mujeres de nuestro país: el Colegio de las Vizcaínas. Incluso, vale la pena mencionarlo, ellos fueron los promotores de la creación de la Real y Pontificia Universidad de México, que inició sus cursos el 25 de enero de 1553.Estos datos parecen confirmar la supuesta importancia de la iglesia como educadora; sin embargo, habría que hacernos una pregunta crucial para desenmascarar este mito: ¿en verdad los sacerdotes educaron a nuestro pueblo?; si en verdad ellos fueron “grandes pedagogos” es necesario demostrar palmariamente que cumplieron con ese cometido.
LA VERDADERA EDUCACIÓN CATÓLICA
En los planteles que los clérigos novohispanos fundaron junto a sus templos, la educación nunca tuvo el fin de llevar las luces de la inteligencia y del pensamiento a los indígenas. Los naturales del Nuevo Mundo, en la medida en que eran vistos como seres inferiores o como bestias por la mayoría de los sacerdotes, no merecían el acceso a la cultura y a la ciencia, por lo que debían conformarse con Aprender los mandamientos y las oraciones, o con leer los textos del padre Ripalda y otros escritos plenos de supersticiones y de dogmas absurdos, pues sólo de esa manera podían amputarles su inteligencia, imbuirles la noción de pecado y, gracias a ella, conducirlos a una obediencia sin cortapisas por el miedo que les provocaba el infierno. La educación fue un mecanismo de control, de sujeción de los aborígenes a la iglesia católica para garantizar la captación de los donativos destinados a llenar los cepos. Es cierto, nuestros indígenas desde hace casi quinientos años han sido embrutecidos por los sacerdotes, que sustituyeron las matemáticas por el padrenuestro; por los clérigos, que negaron la importancia de la historia y enseñaron la obediencia a dios y a sus representantes (incluidos los gobernantes), y que abandonaron la ciencia para cancelar la posibilidad del pensamiento crítico. ¿Acaso debemos agradecer a los sacerdotes este legado?, ¿podemos sentirnos orgullosos de una educación que mutiló las conciencias para garantizar que el poder y la riqueza de la iglesia permanecieran intactos? Estoy seguro de que no, pues en el caso de los indígenas la “educación” religiosa nunca los educó, sino que los castró intelectual y anímicamente, un hecho funesto que todavía se ve con toda su crudeza en la miseria económica e intelectual que caracteriza a sus comunidades. La iglesia, sin duda, es la responsable del miedo, el atraso y la pobreza de los indígenas de nuestro país, y para muestra basta un botón: en el momento en que Agustín de Iturbide tomó el poder, el 98% de los mexicanos eran analfabetos... esa fue la gran herencia educativa de la maestra iglesia, un lastre que no se pudo eliminar a lo largo del México independiente, hasta llegar a nuestros días, con 50 millones de mexicanos sepultados en la miseria. .. Esta es la mejor prueba de su ignorancia, pues si contaran con títulos académicos difícilmente estarían en esa condición. Pero las desgracias de la educación religiosa no se limitan a los daños que causó entre los indígenas: los miembros de las familias ricas también fueron afectados por sus malas enseñanzas. Efectivamente, desde los tiempos de la Nueva España hasta nuestros días, en los planteles eclesiásticos se ha tomado una ruta que marcha a contrapelo de la historia: sus alumnos según escribe Edmundo O’Gorman en México, el trauma de su historiar aprenden una forma de “vida tradicionalista, absolutista, católica y enemiga de la modernidad”, y son adoctrinados para desarrollar una “hostilidad hacia el mundo moderno, racionalista, cientificista, técnico, liberal, progresista y reformador de la naturaleza’. Digámoslo claramente: la iglesia es responsable de que en nuestro país no hayan ni siquiera llegado, ya no digamos fructificado, las ideas de la Ilustración, del enciclopedismo, de la revolución francesa, de los derechos universales del hombre y de la revolución científica; ella por estas mismas razones también es culpable de que los mexicanos no hiciéramos valer los Derechos del hombre y el ciudadano. Este, además del catastrófico atraso en todos los órdenes de la vida nacional, es el precio que hemos tenido que pagar por ser hijos de la contrarreforma religiosa, y no de la exitosa reforma luterana y calvinista que tantos efectos positivos y bienestar moral y material produjera en Europa y en los Estados Unidos...En este caso, la educación embrutecedora que impartía la iglesia católica no sólo buscaba castrar las inteligencias y promover la obediencia y el miedo, pues la jerarquía eclesiástica siempre ha visto como una excelente inversión a los Hijos de las familias acomodadas y poderosas: ellos —después de ser mutilados intelectualmente se convertirán en los personajes que ocuparán los más altos puestos en la política y la industria, y nada mejor para la iglesia que contar con estos aliados para proteger su poder y su riqueza. Por si lo anterior no bastara, la iglesia católica, la gran enemiga del pensamiento, también ha mantenido un brutal control sobre los libros desde los tiempos de la Colonia: todas las obras que se incluían en el Índex poco importa eran de literatura, ciencia o filosofía deberían ser condenadas a la hoguera, y su lectura so pena de excomunión— estaba prohibida para los creyentes y sus discípulos. Por ello, la jerarquía eclesiástica no sólo es culpable de Haber impedido que la cultura y la ciencia formaran parte de nuestra estructura mental, sino que también en la medida en que desde siempre ha prohibido los libros es la principal causante de nuestros bajísimos índices de lectura: “¿Para qué leo —dirá un católico, si las palabras de los libros sólo me llevan al infierno?”. No en vano la santa” Inquisición creó gigantescas piras hechas con libros y quemó y torturó a quienes descubría en posesión de lecturas prohibidas; para los sacerdotes, leer y pensar ion pecados mortales. No hay duda: la iglesia católica nunca ha sido la gran educadora de nuestro país, pues a ella le debemos el atraso, las supersticiones, los miedos irracionales, la catastrófica resignación y la aceptación de la miseria porque los ricos ion castigados con aquello de que “es más fácil que pase un camello por el ojo de una aguja a que entre un rico en el reino de los cielos —, el éxito económico no es premiado ni enaltece ni dignifica, y a esto debemos sumar el desprecio al saber y a las ciencias, la mejor herramienta para desmontar los dogmas. El único camino que se abre ante nosotros es no inscribir a nuestros hijos en los planteles que maneja la iglesia católica: es mejor que los niños aprendan matemáticas a que recen padrenuestros, es preferible que nuestros hijos desarrollen su inteligencia a que se conviertan en siervos, es mejor que exploten el uso de la razón a través de la ciencia y la filosofía a que se sometan a un dogma insostenible y confuso, y sobre todo es fundamental que los mexicanos dejemos de pensar como personajes de la contrarreforma y que asumamos los saberes de nuestra época.
LOS ESPAÑOLES NOS CONQUISTARON
Joseph Goebbels, el ministro de propaganda de la Alemania nazi, sostenía que si una mentira se repetía incesantemente terminaba por convertirse en una verdad a toda prueba, pues la gente acababa creyéndola, repitiéndola y aceptándola sin cortapisas. Esta manera de actuar que parece ajena a lo que sucede en nuestro país ha alimentado a la historia oficial y sus mitos: las mentiras, los encubrimientos y las interpretaciones tendenciosas del pasado, a fuerza de ser continuamente repetidos en los libros de texto, en las clases de muchos profesores y en los medios masivos de comunicación, nos han llevado a asumir que los hechos de nuestra historia fueron tal como los poderosos lo dicen, y no como realmente sucedieron. Así, esta perspectiva del pasado de México no muestra la realidad, aino los mitos que han creado la iglesia y el gobierno para mantener su poder y seguir engordándose los bolsillos a costa de nuestras conciencias. Un ejemplo de lo anterior es el mito que sostiene que la conquista de México corrió por cuenta de los españoles. Efectivamente, hoy casi todos los mexicanos afirman que los peninsulares nos conquistaron, y como prueba de ello nos hablan de la caída de Tenochtitlán a manos de las tropas de Hernán Cortés, o del nombre que tuvo nuestro país durante tres siglos: Nueva España. Sin embargo, esta idea es totalmente falsa, pues los conquistadores de estas tierras fueron los propios indígenas, quienes participaron, cuando menos, en dos grandes campañas militares.

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