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lunes, 24 de junio de 2013

100 MITOS DE LA HISTORIA DE MÉXICO 1 Francisco Martín Moreno parte4



MIGUEL HIDALGO, EL PADRE DE LA PATRIA
A ti y a mí, querido lector, nos engañaron en la escuela: el verdadero padre de nuestra patria no es Miguel Hidalgo y Costilla..., ese honor le pertenece a Matías Monteagudo, un hombre que casi nunca aparece en los libros de historia. Hidalgo, a pesar de que inició su guerra al amparo del estandarte de la virgen de Guadalupe, fue fusilado el 30 de julio de 1811, apenas unos meses después de comenzada la rebelión, la cual estalló porque Fernando VII había sido depuesto del trono por Napoleón Bonaparte. Inclusive, Miguel Hidalgo, a diferencia de José María Morelos y Pavón, en los primeros momentos de la lucha no demandaba el rompimiento con la España monárquica: él se levantó en armas proclamando: “Viva la Religión. Viva nuestra Madre Santísima de Guadalupe. Viva Fernando VII. Viva América y muera el mal gobierno”. En realidad fue Agustín de Iturbide quien consumó la independencia de México gracias al patrocinio político, económico y militar de Monteagudo y por ende, de la  iglesia católica—, un hecho que ocurrió cuando hidalgo ya tenía diez años de muerto. Matías Monteagudo es el padre de la patria... Él y un grupo de sacerdotes pertenecientes al altísimo clero fueron los que finalmente rompieron con España y lograron la independencia, y para ello contaron con el apoyo de latifundistas, magnates del comercio, militares de alto rango, distinguidos integrantes de la magistratura, criollos destacados, funcionarios y burócratas sobresalientes, todos ellos deseosos de conservar su patrimonio y sus privilegios políticos. Al pueblo se le concedería el crédito de haber promovido y logrado la independencia... aunque la verdad es que ésta se pactó en el interior de las sacristías, en particular en el templo de La Profesa, en una serie de reuniones celebradas en 1820...En aquellas juntas, presididas por el doctor y canónigo Matías Monteagudo —conocido por su lealtad a la corona y por sus deslumbrantes títulos de rector de la Real Universidad Pontificia, director de la Casa de Ejercicios de La Profesa y consultor de la Inquisición cuando se sentenció a muerte a Morelos en 1815, se reunían el regente de la Real Audiencia Miguel Bataller, el ex inquisidor José Tirado y otras personalidades, quienes contaban con el apoyo velado del virrey Juan Ruiz de Apodaca. El objetivo de las juntas era preciso: crear una confabulación armada en contra de la España liberal, que sería llevada a cabo por el grupo más reaccionario de la sociedad, un conjunto de personajes fanáticamente adictos a la monarquía absoluta y a la iglesia católica.
Para Monteagudo —al igual que para la alta jerarquía eclesiástica de la Nueva España las disposiciones liberales de la Constitución de Cádiz eran inadmisibles, y por eso habían escandalizado tanto a la iglesia católica de la península como a la de sus colonias. Para ellos era inaceptable que desapareciera, la Inquisición, que se aboliera el fuero eclesiástico, que se redujera el valor de los diezmos, que se subastaran los bienes del clero y que se permitiera la libertad de imprenta j de prensa mucho menos la libertad de conciencia. La iglesia católica nunca aceptaría una disminución de sus ingresos y tampoco se resignaría a la pérdida de su influencia y del poder político y militar que había disfrutado durante los trescientos años de dominación española. Sin embargo, la preocupación de Monteagudo por conservar los bienes y el poder de la iglesia no era infundada: el 7 de marzo de 1820 Fernando VII había sido obligado a jurar la Constitución de Cádiz y el liberalismo amenazaba con convertirse en una realidad. En la Nueva España se consideraba que la Constitución de Cádiz, en la parte relativa a la iglesia católica, había sido redactada por Satanás, encarnado en diputado constituyente, y por lo tanto, ante la insistencia de la metrópoli de imponer en sus colonias semejantes leyes, tenía que organizarse la oposición echando mano de la violencia, o incluso promoviendo la independencia, para que ningún mandamiento de la península afectara la paz y la concordia reinantes... Si tuviera que estallar un movimiento de rebeldía, éste habría de surgir como una respuesta del clero ante la posibilidad de perder sus privilegios y su sagrado patrimonio. Monteagudo, como puede suponerse, se oponía a cualquier germen de democracia, a la representación popular, porque —según él— el poder dimanaba de dios y recaía en un soberano, al que la iglesia coronaba para someterlo a sus designios. Por ello, antes de las reuniones celebradas a puerta cerrada, Monteagudo le propuso al virrey la anulación de la Constitución de Cádiz, pero Apodaca ya había decidido publicarla y ponerla en vigor. La situación poli tica del virrey no podía estar más comprometida: si juraba la Constitución de Cádiz, como ya lo había hecho Fernando VII, se echaría encima a la iglesia católica y al ejército, y si no lo hacía, sucumbiría ante la presión de los sectores liberales, como los masones y los comerciantes, entre otros grupos influyentes. Matías Monteagudo optó por ignorar a la máxima autoridad virreinal y recurrir a su iglesia en busca de protección. No sería la primera ocasión en que el alto clero católico se impusiera a los virreyes reacios a aceptar su divina potestad. Así, el canónigo afirmó que la única manera de salvar a Nueva España de la contaminación liberal de la metrópoli consistía en cortar todo nexo con ella, es decir, había que proclamar la independencia. Monteagudo no era ajeno a las lides políticas: ya había derrocado al virrey Iturriaga y lo había encarcelado en 1808, cuando éste exigió la independencia al producirse la invasión francesa a España, y años después había ordenado fusilar a Morelos... Sólo que esta vez el ilustre canónigo había cambiado de bando. Precisamente Monteagudo, quien había ordenado perseguir, mutilar y matar (exigiendo que fueran tratados como herejes) a aquellos que insistieran en impulsar el movimiento de independencia, ahora promovía el rompimiento definitivo con España, pero no por las razones republicanas y políticas de los heroicos insurgentes, sino para proteger a los de su clase y a la institución religiosa que él y sus interlocutores representaban por ministerio de dios. No debe perderse de vista que los ingresos de la iglesia católica eran iguales o superiores a los del Estado español. Por ello Monteagudo subrayaba algunos aspectos inadmisibles de las nuevas leyes emitidas en la España liberal, corno la expropiación de los bienes del Señor, la reducción de un convento de cada orden por cada población, la abolición de la Inquisición, la secularización de las instituciones de beneficencia y la desaparición de los fueros eclesiástico y militar. Así, Monteagudo propuso que la iglesia y los hombres más retardatarios de la colonia se unieran al ejército para evitar la imposición de la Constitución de Cádiz. Incluso, el jerarca eclesiástico planteó que se excomulgara a quienes se atrevieran a jurar la Carta Magna de 1812. La postura del verdadero padre de nuestra patria puede resumirse en una sola frase de Iturbide: “La independencia de la Nueva España se justifica sólo para proteger a la religión católica”. Para Monteagudo, la independencia auspiciada por la jerarquía eclesiástica era más que posible: la iglesia católica tenía una mejor estructura que el gobierno: diez diócesis, una más poderosa que la otra, mil parroquias y casi trescientos conventos y monasterios. Asimismo, la iglesia de Cristo, además de contar con policía secreta y con sótanos de tortura, controlaba los hospitales, las escuelas, los orfanatos y hasta las prisiones. También disponía de un ejército burocrático que administraba el Imperio de las Limosnas y un presupuesto varias veces mayor que el de la propia Nueva España. De este modo, Monteagudo, quien en ningún momento se apeó de su papel de líder del distinguido grupo de eclesiásticos, condujo la reunión con tal maestría que llevó a los asistentes al objetivo que él anhelaba: la independencia, que garantizaría la continuidad de la posesión de la riqueza, del poder y de las prebendas de la iglesia católica. Sin embargo, y a pesar de este primer acuerdo, aún quedaba un problema por resolver: ¿quién ejecutaría militarmente la independencia? Se barajaron varios nombres y diversas posibilidades, hasta que Monteagudo se sacó una carta de la manga y puso sobre la mesa el nombre del candidato para ser ungido como jefe de la independencia: [Agustín de Iturbide! A muchos de los asistentes no les convenció esta propuesta: Iturbide había sido acusado de cometer fraudes en contra del ejército, y según algunos de los presentes era un hombre corrupto y sanguinario; resultaba imposible depositar en él su confianza. Incluso, el militar había sido acusado de ordenar fusilamientos innecesarios y saqueos salvajes en las poblaciones por donde había pasado en persecución de los insurgentes. Para colmo de males, Iturbide tenía como amante a la famosa “Güera” Rodríguez, lo cual sería sólo un pecado venial si no fuera porque, además, estaba casado con doña Ana María de Duarte, con quien había procreado varios hijos. No obstante, Monteagudo volvió a la carga para mostrar los méritos de su candidato: Iturbide había derrotado a Morelos en el sitio de Valladolid; además —quizá se preguntó en voz alta: ¿quién puede guardar las formas en una guerra y evitar los fusilamientos y el salvajismo? Luego señaló que el propio virrey—quien había destituido a Iturbide por supuestos actos de corrupción no sólo lo repuso en su cargo, sino que le concedió uno de mayor jerarquía. Una vez acordado el papel de Agustín de Iturbide, la decisión histórica fue tomada finalmente: ¡México rompería con España! La independencia era un hecho, y se consumaría con sólo un par de tiros. La participación de Vicente Guerrero, según Monteagudo, se justificaba para cubrir las apariencias y presentar algunas batallas con el fin de lograr públicamente la conquista de la libertad. El virrey Apodaca, en el fondo, apoyaba el movimiento, y no se lanzaría en contra de Iturbide para atraparlo, encarcelarlo, juzgarlo, fusilarlo y decapitarlo, como había ocurrido con los primeros insurrectos, amantes de la libertad. Se haría de la vista gorda, muy gorda... pondría a Iturbide fuera de la ley sólo para cubrir las apariencias. Para todo efecto, la única realidad era que finalmente nos emanciparíamos de España y que la iglesia conservaría su patrimonio y sus privilegios. Así, después de varios encuentros armados sin mayor trascendencia militar entre Iturbide y las tropas insurgentes encabezadas por Guerrero como los de Tlataya y Espinazo del Diablo, el futuro emperador de México, brazo armado del clero, decidió cambiar la estrategia militar por la diplomática. Iturbide se acercó a Guerrero, a Bravo y a Guadalupe Victoria a través de sus cabilderos. Ya no recurriría a las armas para imponerse, sino a los verbos y los adjetivos. En un principio, Guerrero se negó a sostener conversaciones con un capitán realista. Guadalupe Victoria tampoco había sido derrotado en el campo de batalla, nunca se había rendido; y lo mismo ocurría con Nicolás Bravo. Sin embargo, luego de muchos esfuerzos, las conversaciones se llevaron a cabo y en ellas Iturbide se abstuvo de mencionar las condiciones impuestas en forma encubierta por el alto clero. Guerrero aceptó sus planes: se creó un ejército conjunto, se propuso la formación de un Congreso, se acordó el mantenimiento de los vínculos con España y se pactó la subsistencia de los privilegios eclesiásticos. Por supuesto, también se mantendría d fuero del clero y de los militares. Iturbide no se detuvo en sus promesas: juró la absoluta independencia de España por razones que jamás le confesó a Guerrero y propuso la adopción de una monarquía moderada de acuerdo con una Constitución Imperial Mexicana, la cual se promulgaría en el futuro, e invitaría a Fernando VII o alguien de su dinastía para gobernar el nuevo país. Las instrucciones de Monteagudo se ejecutaron a la perfección. De esta manera, ambos líderes sellaron el histórico pacto con el Abrazo de Acatempan, mientras las tropas insurgentes y realistas arrojaban al piso los mosquetes y las espadas. México, finalmente, sería libre. Las élites del nuevo país celebraron la independencia con bombo y platillo: el ejército, los comerciantes, el clero y la nobleza criolla y peninsular festejaron escandalosamente la firma del Plan de Iguala, pues en él se hacía constar la independencia y se establecía la exclusividad de la religión católica, ‘sin tolerancia de otra alguna”. ¿El clero? Satisfecho, satisfechísimo. Ya sólo faltaba suscribir los Tratados de Córdoba el 24 de septiembre de 1821 y presenciar el desfile del Ejército Trigarante por las calles de la ciudad de México el día 27 de ese mismo mes, un ejército integrado principalmente por soldados realistas. ¿Y los rebeldes, los insurgentes? Claro que asistieron al desfile, pero obviamente su número era insignificante. Desfilaron y gritaron vivas por la libertad los mismos que estaban obligados a impedir con las armas el éxito de los rebeldes. Cualquiera hubiera entendido una marcha de insurgentes, ¿no?... pero ¿cómo aceptar un desfile encabezado por aquellos que habían fusilado a Hidalgo, a Allende y a Morelos? El ejército realista, enemigo de las causas republicanas y liberales, defensor a ultranza de la colonia y de la dependencia de España, ¿festejaba el final del virreinato y celebraba jubiloso el nacimiento del México nuevo? ¿Qué estaba detrás de este enorme teatro?, pues un gran egoísmo para defender los privilegios y las riquezas de la iglesia católica. Nuestra independencia política era lo de menos...
LOS SACERDOTES DEFENDIERON A LOS INDÍGENAS
La jerarquía católica siempre ha insistido en reescribir nuestra historia para así ocultar sus crímenes, sabotajes y atentados en contra de la República y de la sociedad: las acciones del Santo Oficio, la Alianza con los ejércitos invasores, el financiamiento de tropas en contra de nuestra patria, la imposición o el derrocamiento de gobernantes, lo mismo que su inigualable avaricia y su siniestra participación política, son páginas que aún están por escribirse y precisamente uno de los mitos más interesantes que ha creado dicha institución es el papel de salvadores que los sacerdotes jugaron durante los trescientos años de vida colonial. En los libros de texto, supuestamente laicos, se afirma que todos los siervos de dios hicieron hasta lo imposible por salvar a los indígenas de la crueldad de conquistadores y encomenderos, o que dedicaron sus esfuerzos a la educación y al auxilio de los necesitados. Esta generalización debe objetarse: no todos los sacerdotes católicos fueron gentiles protectores de los indígenas: si bien es cierto que algunos clérigos protegieron a los naturales del Muevo Mundo (como De las Casas o Vasco de Quiroga), la mayoría contribuyó a su embrutecimiento, a su explotación y a infundirles terror a través de cualquier medio posible, con el único fin de engordar los bolsillos de la jerarquía, un hecho que los historiadores mercenarios trataron de ocultar creando diversos mitos.
UN ROSARIO DE HORRORES
Fray Juan de Zumárraga, el primer obispo de la Nueva España, escribía a Carlos V asegurando, a propósito de los primeros evangelizadores, que “se ha seguido muy poco provecho en lo espiritual; porque se ve a las claras, que todos pretenden henchir las bolsas y volverse a Castilla”. No olvidemos que el propio Zumárraga ejerció el cargo de inquisidor apostólico de 1536 a 1548, año en que murió, y que “estaba convencido según señala Richard Greenleaf en La Inquisición en Nueva España en el siglo XVI de que su Santo Oficio necesitaba castigar a los indígenas idólatras y a los brujos, y procedió a procesar a unos 19 indios herejes durante su ministerio”. El caso más escandaloso, por el cual incluso se ganó la censura de la corte española, fue el de Carlos Chichimecatecuhtli, cacique de Texcoco, a quien se acusaba de realizar sacrificios humanos, aunque en realidad lo que hacía era fomentar un levantamiento en contra del gobierno virreinal. Por su parte, el sucesor de Zumárraga, Alonso de Montúfar, en sus cartas a Felipe II no ocultó sus sentimientos ante las actividades de los franciscanos y de otros que castigaban a los indígenas por idolatría, brujería y otras prácticas prohibidas (afirmando) que los religiosos ejercían poderes espirituales y temporales y gobernaban a los nativos como si fueran sus vasallos construían “edificios regios” para el uso de unos cuantos frailes y que en los establecimientos tenían muchos servidores indígenas [...) Habían creado todo un aparato judicial para castigar a los indios [...] Hacían sus propios autos de fe y aplicaban severos castigos a los indígenas, en especial a los jefes indios prominentes [...] Montúfar escribió que hacía unos tres meses un fraile había montado un aparato inquisitorial con la esperanza de atemorizar a unos indios herejes. Ató a cuatro indígenas a unos postes situados en la plaza y colocó una gran cantidad de leña alrededor de ellos. Se encendió una hoguera y el viento sopló sin control, muriendo quemados dos de los indígenas ¿Dónde quedaba el horror español por los sacrificios humanos? ¿Qué cosa era esto que los nativos veían ocurrir en su propia tierra? ¿La civilización acaso? Francisco Toral, primer obispo de Yucatán, se dirigió igualmente al rey, asegurándole que, más que ser instruidos en la fe, los indios tenían buenas razones “para renegar de nuestra fe, viendo las grandes molestias y vejaciones que por parte de los ministros de la iglesia se les han hecho”, añadiendo que, al enterarse “de que alguno de ellos volvía a sus ritos antiguos e idolatrías, sin más averiguaciones ni probanzas, comienzan a atormentar a los indios, colgándolos en sogas, altos del suelo y poniéndoles a algunos grandes piedras a los pies y a otros echándoles cera ardiendo en las barrigas y azotándolos bravamente”. En tono muy diferente, es decir, ya no quejándose, sino proponiendo directamente al rey “que se declaren esclavos a los indios insurrectos y los demás se repartan entre los encomenderos a perpetuidad”, otro obispo, el de Oaxaca, aseguró al rey en 1545: “tenemos per experiencia que nunca el siervo hace buen jornal, ni labor, si no le fuere puesto el pie sobre el pescuezo”. Con razón fray Juan Ramírez escribió, hacia 1595, que “el nombre de cristiano entre los indios no es nombre de religión, sino aborrecible”. Ignaz Pfefferkorn jesuita alemán expulsado de Nueva España por órdenes de Carlos III decía que los indígenas “muestran una rudeza y descortesía que va muy de acuerdo con su propia estupidez”, y que su “forma de vida difiere muy poco de la de un animal irracional”. Juan Nentuig, en El rudo ensayo, también comparó a los naturales con bestias que no agradecían la nueva fe, pues se sublevaban contra los sacerdotes... ¡Cómo no iban a hacerlo, si los curas, los encomenderos y sus caciques sólo querían explotarlos, con la promesa de que dios los recompensaría en la otra vida! Estamos ante un hecho que fue claramente descrito por C.H. Harding en su libro El imperio español en América, en el que afirma que “los clérigos [y] los soldados se oponían a la liberación de los nativos”, pues, “aunque las leyes prohibían el servicio personal, [...] los indios [...] eran objeto de todo tipo de exacciones. El magistrado español, el cura parroquial, el cacique nativo, cada uno quería su parte, y frecuentemente trabajaban coludidos”.
Uno de los más célebres desmentidos de este mito —ya en el siglo XIX— lo debemos a Manuel Abad y Queipo, quien escribió en su pastoral del 26 de septiembre de 1812: “los españoles tienen título de dominio y soberanía sobre los indios mexicanos, y sobre toda la Nueva España, pues poseen el título de conquista, unido al del sometimiento de todos los habitantes del reino. Dios eligió a los españoles para civilizar a tantos pueblos idólatras y bárbaros”.4
El mito comenzó a ceder conforme avanzaba el siglo XIX. Un diputado liberal (Castillo Velas) dijo el 8 de julio de 1856, mientras se discutía la Constitución:
Los indios regarán la tierra con el sudor de su rostro, trabajarán sin descanso hasta hacerla fecunda, le llegarán a arrancar preciosos frutos* y todo ¿para qué? Para que el clero llegue como ave de rapiña y les arrebate todo, cobrándoles por el bautismo de sus hijos, por celebrar su matrimonio, por dar sepultura a sus deudos. Dad tierra a los indios y dejad subsistentes las obvenciones parroquiales, y no haréis más que aumentar el número de esclavos que acrecienten las riquezas del clero.
Que quede claro: aunque es cierto que algunos sacerdotes defendieron a los indígenas, la mayoría de ellos colaboraron con los conquistadores y se convirtieron en los explotadores de sus fieles.
LAS FUNESTAS CONSECUENCIAS
Una prueba del modo en que estos hombres han utilizado su ascendencia sobre el indio se encuentra en las palabras del obispo de Querétaro en vísperas de la aplicación de la Constitución de 1917: Aparte de la gente que ha visto usted aquí en la ciudad dijo el obispo, hay mucha en las sierras, indios muy adictos a su religión, que morirían contentos por ella. Con sólo que levantara yo el dedo, podría hacer que veinticinco mil ele ellos arrasaran la ciudad y, aun sin más armas que sus propias manos, mataría a todos los persecutores que hay en ella. Y yo no soy el único obispo que podría hacer eso y que sabe que podría. Nuestros enemigos viven por la inagotable tolerancia de Cristo. Ellos saben, tan bien como nosotros, que no se levantará el dedo, no importa cuánto nos hagan sufrir.5
El problema es que sí se ha levantado el dedo, y una muestra de ello nos la brinda el arzobispo Francisco Orozco y Jiménez, quien oculto en los Altos de Jalisco acaudilló y financió la llamada guerra cristera entre 1926 y 1929.
Imposible no incluir el siguiente párrafo, que refleja otro tipo de manipulación clerical, de corte moderno, sobre los pueblos indígenas:
Cuando la prensa norteamericana adicta a los petroleros habla del tan debatido artículo 27, jamás ha hecho alusión únicamente a los incisos que a ellos tocan. De otro modo: nunca han excluido los incisos II y III que exclusivamente hablan de las asociaciones religiosas denominadas iglesias, cualquiera que sea su credo, porque saben bien que el Clero tiene grandes inversiones en la industria petrolera desde la organización de las compañías que explotan los yacimientos que poseen en arrendamiento (no todas en propiedad) y cuyos terrenos pertenecen, algunos, a indígenas huastecos patrocinados por jerarcas mexicanos, que están o han estado en inteligencia con los abogados de esas compañías. ¿Se explica de algún modo la muy rara coincidencia de que en 1922 activara sus trabajos la famosa Asociación Protectora de los derechos petroleros norteamericanos en México, haciendo sus más grandes operaciones, y en el mismo año de 1922, fueran creados dos Obispados más, el de Huejutla y el de Papantla, los dos muy inmediatos, ambos precisamente dentro de la zona petrolera y ambos con pocas iglesias, con escasos sacerdotes y con mínima jurisdicción, cuando existían las diócesis de Tampico, Veracruz, Tulancingo y San Luis? [...] Obsérvese que el inciso II del artículo 27, que en general discuten los magnates petroleros, previene que “las asociaciones religiosas denominadas iglesias, cualquiera que sea su credo, no podrán en ningún caso tener capacidad para adquirir, poseer o administrar bienes raíces...”. Y los sacerdotes de la región petrolera tienen adquiridas acciones petroleras, poseen por interpósita persona terrenos petroleros, y administran espiritualmente a los indígenas dueños de campos en plena actividad industrial petrolera [...] Por esto, por la defensa de los valores materiales, el Clero ha estado y está interesado en la defensa de los intereses norteamericanos colocados en la industria petrolera; porque en esas compañías tiene acciones y las acciones son intereses materiales.6
LOS ANTIGUOS MEXICANOS NO ERAN ANTROPÓFAGOS
En 1944, el entonces secretario de Educación Pública, Jaime Torres Bodet, inició una de las campañas de alfabetización más importantes de nuestra historia, y en esa ocasión, quizá por vez primera, se vio la posibilidad de que cada niño contara con al menos un libro de texto. Sin embargo, los planes del poeta quedaron sólo: en un cúmulo de documentos plenos de buenas intenciones. Quince años más tarde Adolfo López Mateos volvió a encomendar la SEP a Torres Bodet y se creó entonces la Comisión Nacional de los Libros de Texto Gratuitos; así, las ideas del autor de El corazón delirante se hicieron realidad y los escolares recibieron unos libros en cuya portada se veía la imagen de la Patria creada por Jorge González Camarena: una mujer morena y recia que sostenía a la bandera. Nadie podría oponerse a que los niños sobre todo tos más necesitados recibieran los libros de texto de manera gratuita: en este sentido, los méritos de Torres Bodet y López Mateos son innegables; no obstante, estos libros por lo menos los de historia fueron pervirtiéndose, hasta  llegar a ser un medio para divulgar las verdades a medias y las mentiras completas que favorecen sólo al gobierno en turno. Esto es lo que ha sucedido, por ejemplo, con la interpretación del México prehispánico: los indígenas muertos se convirtieron en un modelo a seguir, ya que entre otras virtudes— eran valientes, vivían en sobriedad, practicaban la monogamia y, sobre todo, comían sanamente. En ninguna de las páginas de los libros de texto gratuitos desde su primera edición hasta nuestros días— se habla de la antropofagia: oficialmente, el canibalismo nunca se practicó en el mundo prehispánico, aunque los hechos demuestren lo contrario.
HISTORIAS DE CANÍBALES
Hasta donde tengo noticia, todas las culturas prehispánicas mesoamericanas o no practicaron el canibalismo, ya fuera por motivos religiosos, en caso de hambrunas o en rituales de distinta índole. No hay duda: los antiguos mexicanos se comieron entre ellos y también se almorzaron a sus vecinos y a sus enemigos. Es posible, querido lector, que dudes de mis palabras, pues los libros de texto te enseñaron otra cosa, pero los hechos me dan la razón: en 2007, el director del laboratorio de antropología física de la Universidad de Granada, Miguel Botella, presentó los resultados de una investigación que realizó junto con científicos de la UNAM y del INAH (la presencia de estas instituciones es importante, pues evita que Botella pueda ser acusado de insultarnos o de desprestigiarnos debido a su hispanismo). Luego de estudiar más de 20000 restos óseos, Botella llegó a la con  alusión de que el canibalismo era sistemático en nuestro país. Sus trabajos también comprobaron que después de los sacrificios en los que se ofrecía el corazón de la víctima a las deidades, el resto del cuerpo se cocía con maíz y se repartía entre todos los asistentes al ritual, no sólo entre los sacerdotes. Asimismo, en esa investigación se rescataron algunas recetas para cocinar carne humana gracias a dichas recetas, recogidas por los frailes españoles, nos enteramos de que los humanos nunca se asaban, que lo habitual en añadirlos ni más ni menos que al pozole. Por otra parte, también se han encontrado más de 2 000 herramientas fabricadas con huesos humanos —desde punzones y arpones hasta instrumentos musicales, lo cual revela que en la época prehispánica hubo una industria artesanal que se abastecía de las carnicerías. Al igual que con el ganado que hoy aprovechamos para alimentarnos, ninguna parte de las personas sacrificadas se desperdiciaba: la carne se guisaba, los huesos se convertían en herramientas y la piel se entregaba a los sacerdotes para que se cubrieran con ella y danzaran en honor de sus dioses.
En el norte de nuestro país, debido a la extrema escasez de alimentos, los grupos prehispánicos también practicaron el canibalismo. Elsa Malvido, historiadora del INAH, descubrió que los naturales “desenterraban los restos humanos para molerlos e integrarlos al mezquitamal, el cual se hacía con la harina de los frutos del mezquite mezclada con los huesos y con maíz. Pero las manifestaciones de la antropofagia no se limitaban a la preparación del mezquitamal: los apaches y los comanches celebraban dos tipos de festividades caníbales: una relacionada con la captura de enemigos durante periodos de guerra que se iniciaban al término de la cosecha, que se llamaba mitote, y otro relativo al consumo de cabezas humanas. En el caso del mitote, tras atrapar [a] los enemigos, los individuos que aún quedaban vivos eran desangrados y, después, un grupo de danzantes les iba mordiendo el cuerpo, en una festividad donde también se consumía peyote, el cual era considerado como una planta sagrada. El consumo de cabezas tenía su ritual: la “danza de la cabeza”, que era practicada además de los apaches y los comanches por los grupos guarijíos, tarahumaras, tobosos y xiximes. La danza era espeluznante: durante la guerra mantenían enclaustrada a una mujer virgen, a quien, luego de regresar victoriosos, los guerreros le entregaban la cabeza de un enemigo a manera de trofeo. La mujer tomaba la cabeza y le hablaba con una ambigüedad de amor y odio, común a todos los sacrificios. El ritual culminaba con el cocimiento de los otros cautivos junto con frijoles y maíz, a manera de pozole.
EL CAMINO DE LA VERDAD
Reconocer el canibalismo entre los antiguos mexicanos no puede verse como algo morboso, en realidad es un acto que pretende mostrar la verdad que ocultan los libros de texto, y en la medida en que seamos capaces de admitir que en las raíces de nuestra cultura está presente la violencia, tendremos la posibilidad de superarla y de avanzar por otros caminos. Reconocer el pasado y pensar en un futuro mejor es algo que sin duda debemos hacer los mexicanos.
TORAL: EL ASESINO SOLITARIO DE ALVARO OBREGÓN
EL 1 de julio de 1928 Álvaro Obregón fue reelecto presidente de la República violando el principal postulado de la revolución mexicana— tras haber padecido la gestión de su amigo Plutarco Elías Calles, a quien había impuesto en la presidencia y del que esperaba obtener la misma reciprocidad. Dos semanas más tarde, Obregón viajó a la capital para entrevistarse con Calles: sospechaba que éste se negaría a entregarle el poder, dada la rispidez de su trato en los últimos meses. A esas alturas resultaba candoroso desconocer las ambiciones políticas de Calles. Según el mito: el 17 de julio, mientras Obregón celebraba su triunfo en el restaurante La Bombilla, fue asesinado por el dibujante José de León Toral, un fanático religioso que había sido convencido por la abadesa Concepción Acevedo de la Llata, mejor conocida como la madre Conchita, para llevar a cabo el crimen. Ambos fueron procesados y condenados, Toral, autor material, a la pena capital, y la madre Conchita, autora intelectual, a 20 años de cárcel.7 Con este mito crecieron varias generaciones de mexicanos y muchos no se enteraron de la existencia de la madre Conchita, creyendo que Toral había actuado solo. No obstante, De León Toral no fue un asesino solitario, pero como esta verdad hubiera significado la desgracia de elevados miembros de la jerarquía eclesiástica y de connotados políticos, y el desenmascaramiento del origen criminal y traidor del régimen priista, fue mejor ocultarla, y así se mantuvo durante los últimos ochenta años, hasta la aparición de México acribillado, una obra de mi autoría.
LOS HERMANOS CRISTEROS
De León Toral, uno de los asesinos materiales del general Obregón, fue preparado espiritualmente por la madre Conchita para llevar a cabo el magnicidio, Detrás, o arriba de ella, se encontraban prominentes eclesiásticos: Francisco Orozco y Jiménez, arzobispo de Guadalajara; Leopoldo Ruiz y Flores, arzobispo de Morelia, y Miguel María de la Mora, obispo de San Luis Potosí, los tres vinculados, de modo diferente y por distintas razones, con el magnicidio: Orozco y Jiménez —quien no tuvo empacho en dirigir las operaciones de la guerra cristera en la región centro occidental del país era amigo de tres tíos y un primo hermano de De León Toral. Fue Salvador Toral Moreno quien el 9 de febrero de 1929, tras la ejecución del magnicida en Lecumberri, ¡le sustrajo el corazón al cadáver de su sobrino para retratarlo y obsequiar al arzobispo un bello recuerdo de los hechos criminales! Pero no fue este el único homenaje dedicado al “asesino solitario”: sus compañeros de fanatismo “lo exaltaron al pedestal del martirio, utilizando el lienzo) empapado en su sangre para bordar la bandera del movimiento cristero”.8
El arzobispo Ruiz y Flores financió la huida de Manuel Trejo Morales, buscado por la policía por facilitar la pistola homicida a De León Toral. Ruiz y Flores fue llamado a declarar en 1932 por el procurador Emilio Portes Gil, y días más tarde, expulsado del país: De conformidad con el artículo 33 de la Constitución General, el C. Presidente Substituto Constitucional de la República acordó la expulsión del señor Ruiz y Flores, que se hace llamar Delegado del Estado del Vaticano, fundándose en que dicho señor, como agente de un gobierno extranjero, venía desde hace algún tiempo provocando serias dificultades en el país. Tales actividades quedaron plenamente comprobadas por las autoridades judiciales que instituyen el proceso en contra de los autores y cómplices del asesinato perpetrado en la persona del señor General Álvaro Obregón.9 Y finalmente, leamos un párrafo sobre el obispo Miguel María de la Mora: Ud. estorba para la reconstrucción nacional por las ideas que tiene y que siembra le dijo el gobernador de Zacatecas durante la Revolución, y si no, dígame: ¿qué juzga usted del divorcio? “Que mina la base de la familia...”. Y de la escuela laica, ¿qué piensa? “Que es un semillero de criminales y de impíos”. ¿Ya ve usted cómo con esas ideas es un obstáculo para la reconstrucción nacional? En efecto, fue un obstáculo, pero no sólo por sus ideas, pues entre 1926 y 1929, oculto en la ciudad de México, De la Mora fue “Director de la Revolución Católica de Occidente”. Según afirmó el abogado de la madre Conchita: días antes de que se llevara a efecto el jurado [... ] estuvieron a verlo en su despacho unas personas [...] enviadas del arzobispo de San Luis Potosí, Dr. Miguel María de la Mora [...] para sugerirle que sus esfuerzos como defensor de la abadesa, debían de tender, antes que todo, a salvar a la Iglesia y para el efecto, buscar la manera de inutilizar a la Madre Concha a efecto de interrumpir en esta forma la averiguación y que no se siguieran conociendo más detalles. Ellos no fueron los únicos sacerdotes que participaron en el crimen: se ha ocultado la intervención del padre José Aurelio Jiménez Palacios, el encargado de bendecir la pistola que usó José de León Toral, y de afianzar en éste, en su calidad de confesor, la obsesión de acabar con la vida de Obregón. Según escribió la madre Conchita, “hubo quien se asombrara de la energía puesta por el padre Jiménez en la bendición de la pistola, aunque después dirá que acaso la bendijo”. Detenido en 1932, procesado y sentenciado (tardíamente) como autor intelectual del crimen, dicho sacerdote, quien lleva el mismo apellido del arzobispo de Guadalajara, dijo en su defensa: Por la imagen sagrada de Cristo mi Rey, cuya imagen no está en este salón, pero que traigo aquí en mi bolsa (sacando un crucifijo), a los doce minutos para las dos de la tarde de este día cuatro de diciembre de 1935 juro por Dios y por su madre santísima la Virgen de Guadalupe, Patrona de México, juro solemnemente que no tuve ni la más insignificante participación, ni directa ni indirectamente, en el asesinato del general Álvaro Obregón.10
Sin embargo, bendijo la pistola, sacó a Toral de su casa días antes del crimen, le dio alojamiento para impedir que se arrepintiera y lo acompañó en su cacería del caudillo para evitar cualquier titubeo “espiritual”. Como señaló el ministro Ángeles, quien votó en contra del amparo que se concedió a este criminal: “aisladamente significan poco estos indicios, pero reunidos, concatenados y analizados constituyen en mi conciencia la convicción de la responsabilidad del padre Jiménez”. Jiménez abandonó la prisión en 1940 y siguió combatiendo al régimen ateo de la revolución. Su religión había sido vengada y atrás quedaban las humillaciones, los ataques y las vejaciones del general Obregón: El que excomulgó a Hidalgo y a Morelos [habría dicho el caudillo en 1915] y aplaudió sus asesinatos; el que maldice la memoria de Juárez; el que se ligó a Porfirio Díaz para burlar las Leyes de Reforma; [...] el que tuvo cuarenta millones de pesos para el execrable asesino Victoriano Huerta, es el que hoy no tiene medio millón para mitigar en parte el hambre que azota despiadadamente a nuestras clases menesterosas [...] Esta es hora de impartir limosna, no de implorarla [...] La División que con orgullo comando, ha cruzado la República del uno al otro extremo entre las maldiciones de los frailes y los anatemas de los burgueses. ¡Qué mayor gloria para mí! ¡La maldición de los frailes entraña una glorificación!11 Según algunas voces: “la prolongación de su gobierno habría sido tal vez el hundimiento del catolicismo en una cloaca de indigna conformidad”.12 Regresemos al 17 de julio. El cadáver de Obregón fue conducido a su casa, ubicada en la avenida Jalisco hoy Álvaro Obregón—, donde poco después se presentó Calles, “quien acercando su rostro a treinta centímetros del de Obregón, dibuja una tétrica sonrisa” y se dirige a la Inspección general de Policía, donde ya se encuentra el magnicida [...] Cuando Calles preguntó a Toral quién le mandó matar al general Obregón, el asesino guardó un absoluto mutismo, no obstante lo cual el presidente se dirigió a la puerta y, apenas traspasándola, “declaró a la prensa que el asesino había aceptado ya haber obrado por instrucciones del clero”. “Es usted quien lo afirma”, dijo entonces Topete. O reí, quien era el otro obregonista allí presente, coincidió en afirmar que fue el general Calles quien desvió sobre el clero la atención de la opinión pública, “que sospechaba de otros grupos”.13 Los obregonistas gritaban que el asesino no era un fanático católico, sino un miembro del partido laborista enviado por el peor enemigo de Obregón, Luis Napoleón Morones, quien había sentenciado: “Obregón saldrá electo, pero me corto el pescuezo si toma posesión de su puesto”; al llegar esto a oídos del Manco, éste replicó: “Muy bien, le cortaremos el pescuezo”.14 Antonio Ríos Zertuche, obregonista designado por Calles para seguir las averiguaciones, ordena la detención de Morones, pero cuando Calles se entera manda llamar al Inspector de Policía quien, en su presencia, sostiene que “según la opinión de jurisconsultos obregonistas y no obregonistas”, está comprobada la responsabilidad de Morones. Calles replica que está convencido de que el crimen es de origen religioso [...] y advierte que la aprehensión de un miembro de su gabinete hará recaer responsabilidades sobre  su gobierno y sobre él mismo [...] Más tarde se presentan de la Presidencia con unas declaraciones que Ríos Zertuche debe firmar y dar a la prensa y en las que se arroja toda la responsabilidad de la muerte del general Obregón al clero y los católicos, sin mencionar para nada a Morones y a la CROM. Al día siguiente, “el general Antonio Ríos Zertuche, al llegar por la noche al Hotel Regis, halla rotas las chapas de su petaca. Busca los papeles que se refieren a la responsabilidad de Morones en el asesinato de Obregón, y ve que han desaparecido”.15 Entretanto, en la inspección declaran varios miembros de la célula guerrillera de la madre Conchita, quienes reconocen, a través de retratos, a Samuel O. Yúdico, un fiel servidor de Morones, como la persona que asesoraba detrás de una puerta a la monja asesina en el momento de las resoluciones. Fueron a dar cuenta de todo esto al general Ríos Zertuche, quien paseándose nerviosamente por su oficina se detuvo de pronto frente a ellos y exclamó: Señores: lamento sinceramente no poder hacer nada con estos informes, pues tengo órdenes superiores que no puedo hacer del conocimiento de ustedes y que me impiden obrar como yo quisiera. La conspiración diseñada para poner fin a la vida de Obregón había triunfado. El 15 de agosto se da a conocer el certificado de la autopsia, pero “se sospecha que el tal certificado [...] sea falso de toda falsedad”.
Así, mientras los diarios anuncian que “Un Gran Partido se fundará en el país”, Calles, decidido a terminar su obra de simulación e hipocresía, da garantías para el desarrollo del famoso juicio de Toral y de la madre Conchita, en el que se desahogan numerosos testimonios públicamente, pero con el detalle de que el órgano colegiado que dicta la sentencia está compuesto en su gran mayoría por miembros del parado laborista... [Subordinados de Morones! Nunca se inició un juicio federal por la naturaleza del delito, sino uno civil, que Calles pudiera controlar, de ahí que los encargados de condenar a muerte a Toral fueran unos humildes empleados del sur de la ciudad...Durante el juicio, el abogado de Toral, Demetrio Sodi, formula a su defendido una última pregunta. Usted declaró ayer que el primer disparo al señor Obregón lo había hecho de esta forma [...] Dijo usted ayer que violentamente se pasó el dibujo de la mano derecha a la izquierda [...] mete usted la mano a la pistola, dispara usted al señor Obregón a la cara [...] ¿Cómo es entonces [...] que el proyectil entró del lado contrario y salió por aquí? Porque usted, si disparó en esta forma, debió haberlo herido en la mejilla derecha, ¿no es así? O en el cuello o en la parte derecha; y aparece herido por este lado y el proyectil por aquí. ¿Está usted seguro de que usted disparó en esa forma?17 En ese momento, ante la amenaza de un tumulto entre los asistentes, el juez suspende la audiencia. ¿Y cómo no, si el cadáver del general Obregón estaba literalmente cocido a tiros? Pero esto no se supo sino muchos años después, cuando un documento revelador hizo fugaz acto de presencia en el periódico Excélsior. El documento es copia fiel del original; es auténtico, verdadero, y está firmado por un funcionario militar de aquella época  (...) Documento que, junto con el de la necropsia [...] no se dieron a conocer públicamente y permanecieron en misterioso anonimato oficial [...] El documento [...] está fechado en la ciudad de México el día 17 de julio de 1928, y firma el mayor médico cirujano adscrito al Anfiteatro del Hospital Militar de Instrucción, Juan G. Saldaña. Es nada menos que el “Acta de reconocimiento de heridas y embalsamamiento del general Álvaro Obregón” [...] que certifica que el cadáver del divisionario presentaba diecinueve heridas, siete con orificio de entrada, de 6 milímetros; una de ellas con orificio de salida y el mismo proyectil que la causó volvió a penetrar y dejó un segundo orificio de salida; otra herida con orificio de entrada de 7 milímetros, una más de ocho milímetros; otra de 11 milímetros, con orificio de salida, y seis “con orificio de entrada de proyectiles” que [...] fueron causadas por proyectiles calibre 45 [...] Lo anterior, en buena lógica, quiere decir que hubo seis o más tiradores, incluyendo a León Toral; pero descartado este último por ser el único conocido y por haber pagado con su vida el crimen, ¿quiénes fueron los otros...?18 Nada más falso que Toral haya sido el único que disparó sobre Obregón. Hubo al menos seis tiradores más. Y en cuanto a la autoría intelectual, ya hemos visto la lista de patriotas que, a pesar de estar claramente implicados en el asesinato, quedaron, como suele ocurrir en México, en la más cínica impunidad.
LAS CONSECUENCIAS
Los llamados “Arreglos de la cuestión religiosa”, con los que se dio fin a la guerra cristera, cristalizaron en una fórmula siniestra de desobediencia e incumplimiento de la ley, a la que cínicamente se llamó modus vivendi acomodo indignante que ayuda a explicar la permanencia del PRI en el poder durante siete décadas y el enriquecimiento de la iglesia en ese mismo periodo. Con cuánta razón escribió el arzobispo Ruiz y Flores “que era muy común en México el que las leyes quedaran escritas sin aplicarse, pues que a ciencia y paciencia del Gobierno se desobedecían, como pasó con las mismas leyes de Reforma”. La primera cláusula (implícita) de los arreglos, fue no hablar más del asesinato...

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