100 MITOS DE LA HISTORIA DE MÉXICO 1 Francisco Martín Moreno parte3



LA PRIMERA CONQUISTA: TENOCHTITLAN
Sostener que los aztecas fueron derrotados por los españoles es ridículo, pues —como ya lo demostré en un capítulo anterior— las tropas comandadas por Hernán Cortés resultaban tan poco numerosas que no eran capaces de vencer en combate a los habitantes de las comunidades del lago de Texcoco, muy a pesar de la pólvora y de otras armas sofisticadas para la época: muy poco o nada podían hacer los menos de 700 españoles en contra de los casi 700000 habitantes de esta región. Por lo tanto, podemos afirmar que la derrota de los antiguos mexicanos ocurrió por tres causas precisas: la epidemia de viruela que diezmó a la población de Tenochtitlán, las creencias religiosas que convirtieron en dioses a los recién llegados y la invaluable colaboración de muchos grupos indígenas que se sumaron a los peninsulares para liberarse del yugo que les habían impuesto los aztecas. En efecto, los aztecas eran un pueblo guerrero que sobrevivió y se engrandeció gracias a la conquista y al tributo que extraían de muchísimas comunidades de Mesoamérica. Ellos, por lo menos desde el punto de vista de los dominados, eran peor que una plaga de la que no podían librarse. Así, cuando Cortés se presentó ante los vasallos de Tenochtitlán y les ofreció una Alianza para destruir a sus explotadores, los indígenas no dudaron en sumarse a sus tropas, como lo señala José Luis Martínez en su libro Hernán Cortés: Tal Alianza fue firme porque permitía a los tlaxcaltecas librarse de otra sumisión acaso más opresiva. Éstos refirieron a Cortés los rigores a que los sometían los aztecas por no aceptar ser sus vasallos. Como el pequeño señorío estaba enclavado en tierras dominadas por el imperio de Motecuhzoma, los tlaxcaltecas comían sin sal, no vestían ropas de algodón sino de fibras ásperas y carecían de muchas otras cosas, que no se producían en su tierra, a causa de su encierro, además del periódico hostigamiento guerrero. Por el momento, para ellos parecía una solución [...] esta Alianza con los extranjeros que reconocieron más fuertes que sus opresores. Pero los tlaxcaltecas no fueron los únicos indígenas que se sumaron a las fuerzas españolas; según las Cartas de relación de Hernán Cortés, la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España de Bernal Díaz del Castillo y las obras de Gómara, Sahagún y Antonio de Solís, los españoles comenzaron a reclutar aliados desde Zempoala hasta Tlaxcala, lo cual les permitió sitiar y atacar Tenochtitlán con una fuerza de varias decenas de miles de indígenas dispuestos a cobrar venganza de sus opresores.
Así, además de considerar la caída de Tenochtitlán como resultado de la viruela y de la siempre infausta religión, en este caso precolombina, debemos asumir que la derrota del pueblo del sol fue obra de una “revuelta” de los vasallos de los aztecas en contra de sus opresores, la cual fue organizada, capitaneada y aprovechada por Cortes, quien, por ello, no debe pasar a la historia como un gran militar, sino como un gran político que logró capitalizar el terrible resentimiento de los indígenas en contra de sus explotadores. Que quede claro: a los aztecas los conquistaron los indígenas, los aborígenes de su misma raza, junto con los españoles. No obstante la importancia que tuvo la caída de Tenochtitlán en 1521, las campañas de conquista en las que participaron grandes contingentes indígenas se prolonga ron hasta el siglo XVII y permitieron que los españoles ampliaran sus dominios hacia los desiertos del norte. ¿Desde el punto de vista indígena la Alianza con los españoles fue una torpeza cuyas consecuencias no pudieron prever? Sí, fue una torpeza, pues sus aliados se convirtieron en sus opresores, y los indígenas, al final, terminaron por ayudar a quien los explotaría hasta la muerte.
LA SEGUNDA CONQUISTA: EL NORTE INDÓMITO
Aunque en muchos de los documentos de la conquista se afirma que las expediciones militares tenían como fin “reducir a los infieles” para transmitirles la “verdadera religión”, la realidad es que tanto la iglesia católica como la corona española buscaban aumentar la extensión de sus dominios y, sobre todo, enriquecer sus arcas. Por eso no es extraño que los conquistadores de Mesoamérica hayan dedicado muchos de sus afanes a la obtención de metales preciosos. La plata y el oro —poco importa si provenían de las joyas prehispánicas que ellos fundieron brutalmente o  de los yacimientos que explotaban los indígenas eran el principal motor de la conquista: Nueva España tenía venas de plata y los sacerdotes y los conquistadores estaban listos para sangrarlas. Sin embargo, durante los primeros meses que siguieron a la caída de Tenochtitlán los conquistadores y los clérigos no lograron su objetivo: los yacimientos de metales preciosos eran pobres y superficiales, y el saqueo pronto acabó con las riquezas acumuladas. La plata añorada aún no se revelaba plenamente, Pero el 8 de septiembre de 1546 Juan de Tolosa dio un giro a la historia al descubrir los yacimientos de plata de Zacatecas. La riqueza que contenía La Bufa parecía inconmensurable y anunciaba que allá, en el norte del novísimo reino, estaban las minas que podrían satisfacer los deseos de la iglesia y de la corona. La plata era una buena razón para emprender la conquista de las tierras al norte de Mesoamérica, pero había un grave problema que frenaba los deseos de riqueza de los clérigos y de los hombres de armas: los chichimecas. En efecto, las tribus indígenas que poblaban aquellas regiones tribus que en esos años eran denominadas genéricamente “chichimecas” contaban con feroces guerreros cuyos arcos y flechas habían impedido el avance de los aztecas. Un ejemplo de la belicosidad de los chichimecas le encuentra en el libro Capitán mestizo. Miguel Caldera y la frontera norteña. La pacificación de los chichimecas, de Philip Wayne Powell, en el que se lee lo siguiente: Dos modos chichimecas de guerrear eran especialmente extraños y terroríficos [...]: la inventiva de sus torturas y su hábito de mutilación, y la asombrosa puntería y poder de penetración de sus flechas, delgadas como juncos, con punta de obsidiana. La forma de crueldad más extraña y aterradora de los guerreros de la Gran Chichimeca era su costumbre de arrancar el cuero cabelludo, y su manera de hacerlo. Viva o muerta, o medio muerta, a la víctima le cortaban el cuero, salvo encima de la cara. Luego, colocando un pie en el cuello, el guerrero tomaba el cabello, y tiraba de él “contra su sentido natural”, para arrancarlo con la piel facial a él unida [...]. Los niños muy pequeños eran muertos estrellando sus cabezas contra las rocas. A veces los chichimecas empalaban a sus prisioneros, “como lo hacen los turcos”. O bien los despeñaban de altos precipicios o los ahorcaban. Además, practicaban lo que a ojos de los españoles era el último horror: “mataban aun mujeres jóvenes y hermosas, después de haber usado de ellas”. De nueva cuenta se presentaba un grave problema para los españoles: ¿cómo conquistar a estos pueblos tan aguerridos con un puñado de soldados que eran superados en número y quizás en destreza? La respuesta no se hizo esperar: los clérigos y los conquistadores decidieron aplicar una solución muy parecida a la que emplearon contra los aztecas: enfrentar a los indígenas contra los indígenas. Sin embargo, en esta ocasión no podían aprovecharse del odio que sentían algunas comunidades contra sus enemigos, pues los chichimecas no representaban ningún problema para la mayoría de los mesoamericanos, por lo que tanto los soldados como los sacerdotes invocaron un nuevo principio legal: el vasallaje. Efectivamente, los pueblos dominados por ellos estaban “legalmente” obligados a defender a sus explotadores, de tal modo que los indígenas capaces de tomar las armas fueron enrolados en los ejércitos que partirían al norte para “reducir” a los chichimecas. Aun no sabemos con precisión el número de indígenas que se incorporaron a las expediciones norteñas, pues ni Powell ni León Portilla, como tampoco la mayoría de los documentos de aquella época, dan noticia de esa cifra, sí tenemos la certeza de que fueron grandes contingentes; por ejemplo, la fuerza que comandaba Gonzalo Hernández de Rojas, destinada a la protección del camino que iba de la ciudad de México a Zacatecas, constaba de cuarenta jinetes españoles y “una multitud de indios”. Lo mismo ocurre cuando se ven las cifras de Ahumada Su mano, quien se adentró en el territorio zacatecano acompañado por “dos contingentes indios”, o las fuerzas que se enviaron al noroeste de Nueva España desde finales del siglo XVI, en las que participaron “los indios vasallos”. Las acciones emprendidas por los indígenas vasallos en Contra de los chichimecas también fueron brutales: según los documentos de la campaña de Ahumada Sámano, los tlaxcaltecas y los otomíes que peleaban del lado de los españoles les cortaban los pulgares a los chichimecas que atrapaban, pues sólo así conseguían que no volvieran a tentar un arco para atacar a sus conquistadores. Es curioso, pero este tipo de mutilación también se practicó en la guerra de Cien Años por parte de los franceses, que buscaban terminar así con los arqueros británicos. La conquista del norte de Nueva España —al igual que la conquista de Mesoamérica fue resultado de la incorporación de los indígenas a las labores militares comandadas por los españoles, las cuales —sin duda alguna fueron respaldadas por la iglesia católica. Podemos aceptar, entonces, que la conquista de nuestro país la llevaron a cabo los propios indígenas. ¡México fue conquistado por los mexicanos! ¡La conquista la realizaron los indígenas! Y para mayor sorpresa, como lo mostraré en otro capítulo de esta edición... ¡nuestra independencia la llevaron a cabo los españoles! ¿Qué actitud debemos tornar ante este hecho? Me parece que las guerras de conquista en que los indígenas se enfrentaron a los indígenas para satisfacer la sed de riqueza de los españoles es el primer gran ejemplo de las acciones que la iglesia católica emprendió contra los mexicanos, un ejemplo que revela las maniobras que a lo largo de nuestra historia la jerarquía eclesiástica ha realizado para acrecentar sus riquezas y mantener su poder. Es cierto: durante la conquista los sacerdotes enfrentaron A mexicanos contra mexicanos, y lo mismo, exactamente lo mismo, ocurrió en la guerra de Reforma, en la lucha contra el imperio de Maximiliano y, por poner sólo un ejemplo más, a lo largo de la guerra cristera. Es cierto, querido lector, desde el siglo XVI la iglesia católica ha propiciado que los mexicanos nos matemos entre nosotros para retener sus privilegios políticos y jurídicos (los fueros, entre otros), acrecentar sus inmensas riquezas y las del Vaticano, y conservar el poder que desde aquella época los jerarcas religiosos compartían con la autoridad civil. ¡El oro del papa está manchado con la sangre de los mexicanos!
EL CINCO DE MAYO EL CLERO ESTUVO CON LA PATRIA
A mediados de julio de 1861 La situación económica de nuestro país era desesperada: desde 1810 las guerras incesantes, nacionales e internacionales, habían destruido la imagen que México tenía como cuerno de la abundancia. El país estaba en bancarrota, como siempre, mientras la Iglesia católica, también como siempre, nadaba en oro. Ante esta situación, y debido a la falta de patriotismo de los curas y de la jerarquía eclesiástica, el Congreso se vio obligado a dictar una medida extrema: suspender el pago de la deuda pública durante dos años. Las reacciones de los países acreedores no se hicieron esperar: Inglaterra rompió luiciones diplomáticas con nuestro país y poco después (Vicia y España siguieron sus pasos. La ruptura de relaciones marcó el inicio de las hostilidades: al comenzar 1862 naves de dichas potencias atracaron en Veracruz y la guerra se convirtió en algo más que una simple posibilidad, México, empobrecido y sangrado por la guerra contra todos los clericales, ahora corría el riesgo de pagar una nueva de sangre por su incapacidad económica. El presidente Benito Juárez, previendo lo peor, nombró a uno de sus mejores hombres como jefe del Ejército de Oriente: Ignacio Zaragoza, quien tomó el mando de las tropas y se alistó para el combate con los pocos recursos que tenía a su alcance. Mientras tanto, los diplomáticos entre los que destacaban Juan Prim por parte del gobierno español y Manuel Doblado por parte de los juaristas negociaban el retiro de las fuerzas invasoras. Sus conversaciones casi tuvieron un éxito total: el 19 de febrero de 1862, en el pueblo de La Soledad, Veracruz, se firmó por fin el acuerdo que supuestamente pondría término al conflicto: las tropas inglesas y españolas se retiraron sin presentar batalla, pero las francesas, aprovechando la guerra civil estadounidense, que puso en suspenso a la Doctrina Monroe la cual reclamaba toda América para los (norte) americanos—, se lanzaron a una nueva aventura militar: conquistar nuestro país. México se convertiría en una colonia francesa...Lamentablemente para Zaragoza, el éxito de las negociaciones sólo significó la reducción de su ejército, pues el presidente Juárez destinó una parte de sus efectivos a combatir a los conservadores y a las fuerzas militares al servicio de la iglesia que aún permanecían en pie de guerra. Por ello, cuando se iniciaron las hostilidades, Zaragoza optó por establecer su cuartel en Chalchicomula, Puebla, para desde ahí intentar controlar las dos ciudades que abrían el paso hacia la capital del país: Puebla y Veracruz. Los franceses avanzaron y Zaragoza luego de deliberaciones, peticiones de tropas y algunos combates menores— decidió hacerse fuerte en Puebla: ahí se libraría la batalla definitiva en contra de los franceses. A las 4 de la mañana del 5 de mayo de 1862 según relata Paola Morán en su biografía de Ignacio Zaragoza el general lanzó una proclama: sus tropas no podían aguardar la llegada de los refuerzos y tendrían que batirse contra el invasor. La puesta era definitiva: en Loreto y Guadalupe los liberales mexicanos se jugarían el todo por el todo.
Pasado el mediodía se inició la batalla: una columna de 5 000 franceses marchó para atacar los fuertes de Loreto y Guadalupe, y a ella se sumaron las fuerzas conservadoras y los ejércitos clericales que la iglesia pagaba y pertrechaba Con el dinero que los mexicanos depositaban en los cepos para obras de caridad. La batalla, a pesar de lo que suponían los generales franceses y los vende patrias mexicanos, fue durísima: se peleó centímetro a centímetro, y en la lucha cuerpo a cuerpo los hombres de Zaragoza se batieron a machetazos contra las bayonetas de conservadores y franceses. A las 7 de la noche Zaragoza envió un comunicado al secretario de Guerra y otro al presidente Benito Juárez, en el que el general victorioso afirmaba: Estoy muy contento con el comportamiento de mis generales y soldados. Todos se han portado muy bien. Los franceses [se] han llevado una lección muy severa; pero en obsequio de la verdad diré que se han batido como los bravos, muriendo gran parte de ellos en los fosos de las trincheras de Guadalupe. Sea para bien, señor Presidente. Deseo que nuestra querida Patria, hoy tan desgraciada, sea feliz y respetada por todas las naciones. A pesar de que durante el primer día de combates las armas de los liberales se habían cubierto de gloria, la victoria aun no era suya: el 6 de mayo llegaron a Puebla los refuerzos de los conservadores al mando de Márquez, Zuloaga y Cobos, y el día 7 los invasores también recibieron con vivas la llegada de 2 000 soldados pagados por la iglesia que procedían de Guanajuato. En los siguientes combates, nunca tan terribles como los del día 5, los conservadores y los franceses también fueron vencidos por Zaragoza y los liberales. Así, el 8 de mayo de 1862 las tropas conservadoras y francesas se retiraron a Veracruz, y Zaragoza envió un nuevo comunicado: “El orgulloso ejército francés se ha retirado, pero no lo hace como un ejército moralizado y valiente. Nuestra caballería los rodea por todas partes. Su campamento es un cementerio, está apestado y se conoce, por las sepulturas, que muchos heridos han muerto”. Hasta aquí parecería que no se ha destruido ningún mito... salvo que no todos los atacantes eran franceses, sino mexicanos financiados por el clero: las tropas de Zaragoza vencieron a los franceses, pero la verdad que ha quedado descubierta es otra: los liberales también derrotaron a los conservadores. Este último hecho siempre ha sido ocultado por los historiadores oficiales y por los lacayos de la iglesia, pues a ellos nunca les ha convenido que se sepa que, en la mayor victoria de nuestras armas, los derrotados también fueron ellos. Ese 5 de mayo la iglesia fue derrotada por las tropas liberales en un país mayoritariamente católico... efectivamente, los liberales católicos lucharon contra los conservadores católicos. Pero la iglesia no se resignó a la derrota y por ello pidió la ayuda del mejor ejército del mundo, el francés, para así vencer a los liberales, objetivo en el que también falló, al menos en un principio.
PORFIRIO DÍAZ, UN CONVENCIDO ANTIRREELECCIONISTA
En muchas ocasiones –sobre todo cuando estoy escribiendo una novela- me hago la misma pregunta: ¿para qué sirven los héroes? también me cuestiono sobre los personajes ejemplares cuyo heroísmo sufre vaivenes, tal como la bolsa de valores: durante el gobierno de López Portillo las metáforas que se nutrían del México prehispánico estaban a la orden del día-no olvidemos que el blowout del “Ixtoc” (el pozo petrolero que reventó en 1979) fue equiparado con el espejo negro de Tezcatlipoca”- y Quetzalcóatl se convirtió en objeto de veneración; en cambio, en el siguiente sexenio el pasado indígena fue a la baja y José María Morelos y Pavón alcanzo su más alta cotización.la fluctuación de la heroicidad de los personajes que pueblan nuestra historia fue bien explicada por Rafael Segovia en su libro la politización del niño mexicano: El héroe es tanto símbolo de la identificación con la nacionalidad como la expresión de una ideología política.es el mantenedor o creador de la nacionalidad, encarna las virtudes cívicas, representa a la nación en lucha contra la adversidad. Sus virtudes son usadas como guía de los gobiernos del momento y, por ello, se le convierte en símbolo. Es cierto: los héroes que van a la alza sólo representan los intereses del gobierno en turno, y por ello algunos historiadores siempre hallan el modo de reivindicarlos. Así, no debe extrañarnos que más de un historiador en estos tiempos neoconservadores— haya tratado de reivindicar a Porfirio Díaz para convertirlo en el héroe de la industrialización de México,  en el forjador de la paz y, para colmo, en un presidente casi demócrata.
LA HISTORIA DE UN GOLPISTA
Aunque Díaz permaneció por más de tres décadas en Palacio Nacional, los historiadores oficiales insisten en que él se mantuvo en el cargo gracias al voto popular: como no eran muchos los electores, y los que marcaban sus papeletas estaban de acuerdo con su proceder, nada más lógico que él triunfara; el propio Díaz tampoco tenía ningún problema para vencer, pues según él: “quien cuenta los votos gana las elecciones”. Así, no debe sorprendernos que durante más de tres décadas se llevaran a cabo fraudes electorales de grandes proporciones y que Díaz siempre triunfara, lo mismo que el Chávez de nuestros días... En el fondo dice la historia oficial, Díaz era un curioso demócrata que aceptaba el mandato de sus escasísimos electores. Aunque es totalmente cierto que Díaz jugó un papel de relevancia en la guerra contra el segundo imperio, también lo es que él estaba obsesionado por sentarse en la silla presidencial y que, como los votos nunca lo favorecieron, de varias ocasiones intentó dar un golpe de Estado. No en vano desde la caída del imperio de Maximiliano estuvo en contacto con varios jefes militares y con la jerarquía eclesiástica para tomar el poder, un hecho que fue evitado por Juárez al enviar a Mariano Escobedo y sus tropas a la capital del país, tal como lo señaló John Kenneth Turner en su México bárbaro. Tras la caída del imperio de Maximiliano, Porfirio Díaz intentó por segunda vez ocupar Palacio Nacional, pero Benito Juárez lo barrió en las urnas, así que sólo pudo lamerse el orgullo y conformarse con la hacienda que el Congreso oaxaqueño le obsequió por sus servicios a la nación. Durante cuatro años Díaz se quedó en La Noria, pero al acercarse la sucesión de 1871 volvió por tercera ocasión— a presentarse a la contienda electoral como candidato anti juarista. Don Benito volvió a ganarle y Porfirio tomó el único camino en el que tenía experiencia: las armas. Aunque su hermano Félix le advirtió: “Vamos a perder, Juárez nos va a aplastar”, Díaz se levantó en armas en 1871 cobijado por el Plan de La Noria, que exigía la no reelección. Pero el movimiento fracasó y la muerte de Juárez le quitó su única bandera. Derrotado y desprestigiado, Díaz se entrevistó con Sebastián Lerdo de Tejada, quien ocupó la presidencia tras el fallecimiento del Benemérito, y ambos llegaron a un acuerdo fundado en la buena fe: el levantisco recibió la amnistía, el gobierno dio de baja a sus escasas tropas y Díaz se fue a vivir a Tlacotalpan. A pesar de la derrota, Díaz inició una campaña para convertirse en diputado, con miras a reparar su prestigio y a intentar por cuarta ocasión— llegar a la presidencia; Porfirio ganó la curul, pero mostró su incapacidad para pronunciar un discurso: la primera vez que subió a la tribuna las palabras se le atragantaron y le ganó el llanto. De nuevo, el ridículo marcó sus acciones. Cuando se empezó a comentar la posible candidatura de Lerdo de Tejada a la presidencia, Díaz volvió por quinta ocasión a las andadas: el olor de la pólvora, ahora sí, podría llevarlo a Palacio Nacional. En enero de 1876 Porfirio se sumó a los alzados que proclamaban el Plan de Tuxtepec, el cual exigía “sufragio efectivo, no reelección”. Aunque Lerdo no estaba en su mejor momento político, las armas le fueron adversas a Díaz: las victorias militares sobre las tropas de Maximiliano nunca se repitieron. En la batalla de Icamole las tropas lerdistas lo derrotaron y el futuro dictador sólo pudo sentarse a llorar, por lo cual se ganó su primer apodo: “El Llorón de Icamole”. Pero Díaz era terco y, a pesar de las derrotas, siguió adelante para librar la última batalla en Tecoac. En los primeros momentos del combate era claro que Porfirio avanzaba hacia el precipicio: los lerdistas estaban, literalmente, barriendo a sus soldados. Pero en esta ocasión la suerte estuvo de su lado: la intervención de su compadre Manuel González cambió el destino de la batalla. Los tuxtepecos ganaron y Díaz según Salvador Quevedo y Zubieta le dijo a su compadre: “le debo a usted la victoria y será usted mi ministro de Guerra”. González no fue el único que suspiró agradecido: la jerarquía eclesiástica también estaba de plácemes con Díaz, el futuro caudillo que había estudiado en el seminario. Por ello no debe sorprendernos que Díaz recibiera el apoyo del arzobispo de México, quien ordenó a los sacerdotes que no se opusieran al jefe revolucionario y sus secuaces. Así, el 21 de noviembre de 1876 Porfirio tomó la capital del país y casi seis meses después fue declarado presidente constitucional. Díaz nunca llegó a la presidencia por medio de las urnas: él fue un golpista y también fue un traidor: no sólo pisoteó el ofrecimiento de no reelección que hizo en los planes de La Noria y Tuxtepec, sino que además obligó a los diputados a permitir la reelección y a ampliar los periodos presidenciales con tal de minimizar la molestia de los comicios. No iba a reelegirse, pero se reeligió en 1884, 1888, 1892, 1896, 1900 y 1904, y lo intentó en 1910 después de haber cambiado el cuatrienio por sexenio. El curioso demócrata del que hablan los lacayos del gobierno fue uno de los peores tiranos de la historia de México. Los héroes oficiales insultan la inteligencia nacional: sólo sirven para justificar medidas que dañan a la patria. Por eso anhelo que nuestro país reescriba su historia y descubra a los merecedores de laureles. Francisco Bulnes expresó una opinión muy parecida en Las grandes mentiras de nuestra historia: “Yo juzgo del adelanto moral e intelectual por el de nuestra historia, especialmente de la dedicada a beneficiar el espíritu de la niñez. ¿Se enseñan leyendas, fábulas y apologías de secta?”. ¿Podemos dejar atrás esa historia de santos y demonios para adentrarnos en la verdad? En algunos casos se hacen intentos, pero sólo hasta que ellos estén coronados entraremos como decía Bulnes— “en un digno y sereno periodo de civilización”. Es clara la sentencia de que quien no conoce su historia está condenado a repetirla...
EL PIPILA, EL HÉROE DE GRANADITAS
En 1968, mientras el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz enseñaba a los estudiantes que todo era posible en la paz, la Secretaría de Educación Pública, en un arrebato de patriotismo, publicó una serie de revistas que se vendían en los puestos de periódicos con un título casi maravilloso: Compendios de saber. Historia del pueblo mexicano. Se trataba de una historia ilustrada de nuestro país, dirigida, entre otras personalidades, por el general revolucionario Jesús Romero Flores, quien fue constituyente en 1917 y que, para mayor mérito, había escrito una historia mito lógica de la revolución. Las revistas tenían destinatarios precisos: los alumnos de secundaria y todas aquellas personas que, de manera por demás nebulosa, son designadas como “público en general”. Los Compendios de saber., más allá de sus propósitos declarados, tenían un objetivo preciso: llevar la versión oficial de la historia a cuanto mexicano estuviera dispuesto a pagar dos pesos por una revista profusamente ilustrada. En una de sus entregas la quinta para ser precisos se  encuentra un párrafo memorable que transcribo a continuación;
LA HAZAÑA DEL “PIPILA'’
Un joven del pueblo, Juan José de los Reyes Martínez, “El Pípila”, barretero de la mina La Valenciana, con una losa en las espaldas para protegerse de las balas disparadas desde la azotea, incendió con una tea la puerta del edificio [la Alhóndiga de Granaditas, en Guanajuato]. El triunfo fue completo. En unas cuantas palabras el redactor de este texto nos en dora en claro uno de los grandes mitos de la historia de la independencia, aunque, a decir verdad, sus líneas inevitablemente obligan a la suspicacia: ¿acaso el “Pípila” era un ser monstruoso, pues tenía dos o más “espaldas”?, ¿la puerta de la Alhóndiga de Granaditas estaba tan seca o era de ocote y por ello bastó una sola tea para que cediera ante el fuego?, ¿era el “Pípila” el Sansón de los insurgentes? (pues cargar una losa no es algo de todos los días), y, por último, ¿qué hacía en tan incómodo lugar este personaje? El “Pípila” siempre despierta sospechas y su figura sin duda mitológica linda con lo inverosímil, por lo que es necesario cuestionarnos acerca del origen de este mito. Hasta donde tengo noticia, el primero que refirió la historia del “Pípila” fue Carlos María de Bustamante, quien le dedicó algunas líneas de su Cuadro histórico de la revolución mexicana de 1810. Leamos lo que dice Bustamante: El general Hidalgo convencido de la necesidad de penetrar en lo interior de Granaditas, nada omitía para conseguirlo. Rodeado de un torbellino de plebe, dirigió la voz a un hombre que la regenteaba y le dijo... Pípila... La patria necesita de tu valor... ¿Te atreverías a prender fuego a la puerta de la Albóndiga?.. La empresa era arriesgada, pues era necesario poner el cuerpo en descubierto a una lluvia de balas; Pípila, este lépero, comparable al carbonero que atacó la Bastilla en Francia, [...] sin titubear dijo que sí. Tomó al intento una losa ancha de cuartón de las muchas que hay en Guanajuato; púsosela sobre su cabeza afianzándola con la mano izquierda [...]; tomó con la derecha un ocote encendido [...]. No de otra manera obraba un soldado de la décima legión de César reuniendo la astucia al valor, haciendo uso del escudo, y practicando la evolución llamada de la tortuga. Los hechos narrados por Bustamante difieren en algunos detalles significativos de lo consignado en la versión oficial de los hechos: por ejemplo, la losa no era tan grande y no se la puso en la espalda; pero estas diferencias que algunos podrían tachar de accesorias no bastan para develar el mito del supuesto barretero. Por eso es pertinente volver a leer con mucho cuidado la historia de Bustamante, y sólo entonces encontraremos algunos datos insospechados: en ninguna de sus líneas el Cuadro histórico... menciona el verdadero nombre del “Pípila” y, curiosamente, el autor hace todo lo posible por equipararlo con algunos de los héroes del pasado: el carbonero de la Bastilla y el legionario de Julio César. La falta de nombre es significativa, y ello nos obliga a hacernos una pregunta crucial: ¿quién fue Juan José de los Reyes Martínez? Averiguando un poco descubrí que este nombre apareció de manera milagrosa y que, extrañamente, no hay datos fidedignos sobre el personaje: la encuentra un párrafo memorable que transcribo a continuación:
LA HAZAÑA DEL “PÍPILA”
Un joven del pueblo, Juan José de los Reyes Martínez, “El Pípila”, barretero de la mina La Valenciana, con una losa en las espaldas para protegerse de las balas disparadas desde la azotea, incendió con una tea la puerta del edificio [la Albóndiga de Granaditas, en Guanajuato]. El triunfo fue completo. En unas cuantas palabras el redactor de este texto nos en dora en claro uno de los grandes mitos de la historia de la independencia, aunque, a decir verdad, sus líneas inevitablemente obligan a la suspicacia: ¿acaso el “Pípila” era un ser monstruoso, pues tenía dos o más “espaldas”?, ¿la puerta de la Albóndiga de Granaditas estaba tan seca o era de ocote y por ello bastó una sola tea para que cediera ante el fuego?, ¿era el “Pípila” el Sansón de los insurgentes? (pues cargar una losa no es algo de todos los días), y, por último, ¿qué hacía en tan incómodo lugar este personaje? El “Pípila’ siempre despierta sospechas y su figura sin duda mitológica— linda con lo inverosímil, por lo que es necesario cuestionarnos acerca del origen de este mito. Hasta donde tengo noticia, el primero que refirió la historia del “Pípila” fue Carlos María de Bustamante, quien le dedicó algunas líneas de su Cuadro histórico de la revolución mexicana de 1810. Leamos lo que dice Bustamante: El general Hidalgo convencido de la necesidad de penetrar en lo interior de Granaditas, nada omitía para conseguirlo. Rodeado de un torbellino de plebe, dirigió la voz a un hombre  que  la regenteaba y le dijo... Pípila... La patria necesita de tu valor... ¿Te atreverías a prender fuego a la puerta de la Alhóndiga?... La empresa era arriesgada, pues era necesario poner el cuerpo en descubierto a una lluvia de balas; Pípila, este lépero, comparable al carbonero que atacó la Bastilla en Francia, [...] sin titubear dijo que sí. Tomó al intento una losa ancha de cuartón de las muchas que hay en Guanajuato; púsosela sobre su cabeza afianzándola con la mano izquierda tomó con la derecha un ocote encendido [...]. No de otra manera obraba un soldado de la décima legión de César reuniendo la astucia al valor, haciendo uso del escudo, y practicando la evolución llamada de la tortuga.
Los hechos narrados por Bustamante difieren en algunos detalles significativos de lo consignado en la versión oficial de los hechos: por ejemplo, la losa no era tan grande y no se la puso en la espalda; pero estas diferencias —que algunos podrían tachar de accesorias no bastan para develar el mito del supuesto barretero. Por eso es pertinente volver a leer con mucho cuidado la historia de Bustamante, y sólo entonces encontraremos algunos datos insospechados: en ninguna de sus líneas el Cuadro histórico... menciona el verdadero nombre del “Pípila” y, curiosamente, el autor hace todo lo posible por equipararlo con algunos de los héroes del pasado: el carbonero de la Bastilla y el legionario de Julio César.
La falta de nombre es significativa, y ello nos obliga a hacernos una pregunta crucial: ¿quién fue Juan José de los Reyes Martínez? Averiguando un poco descubrí que este nombre apareció de manera milagrosa y que, extrañamente, no hay datos fidedignos sobre el personaje: la historia oficial dice que era minero y Bustamante lo convierte en un pobre de malas costumbres —“lépero”, en aquellos tiempos, significaba “soez, ordinario, poco decente”—; los escritores gobiernistas han sostenido que era amigo del intendente Riaño, a quien traicionó sin remordimientos, mientras que la historia oficial lo muestra como un hombre pobre y alejado de las autoridades. Vamos, nadie sabe a ciencia cierta quién era el “Pípila”.
Pero la historia reclamaba un héroe popular para el levantamiento de los hijos de los españoles, un personaje mexicanísimo que convirtiera la lucha de Hidalgo en un asunto del pueblo. Precisamente por eso Bustamante, en un arrebato de retórica, creó al “Pípila” y logró que su narración de la batalla de Granaditas pudiera equiparar aquella carnicería con algunos acontecimientos de indudable heroísmo: la revolución francesa de 1789 y las batallas de César. E incluso creó un hecho inverosímil para justificar su heroísmo: con una tea el “Pípila” encendió y acabó con la puerta que no habían podido derribar los cañones de los insurgentes; aunque, para colmo de nuestra desgracia, el historiador nunca nos explicó cuánto tiempo requirió el fuego para dar cuenta de la madera. La puerta incendiada, sin duda alguna, también es una patraña. El “Pípila” es un mito, una historia que sólo puede dar lugar a comentarios jocosos, tal como lo hizo Jorge Ibargüengoitia en uno de los artículos que publicó en Excélsior, cuando señaló que gracias a la historia oficial se pierden todos los rasgos interesantes de Hidalgo: por ejemplo, su viaje a Guanajuato para pedirle al Intendente Riaño el tomo C de la Enciclopedia. Podemos imaginarlo abriendo este libraco en la anotación que dice: “Cañones. Su fabricación”. También podemos imaginarlo, durante el sitio de Granaditas, llamando a un minero. —A ver muchacho, ¿cómo te llamas? —Me dicen el Pípila, señor. —Pues bien, Pípila, mira, toma esta piedra, póntela en la cabeza, coge esa tea, vete a esa puerta y préndele fuego. Es un personaje interesante, ¿verdad? Sobre todo si tenemos en cuenta que el otro le obedeció.
No hay duda: me gusta más el “Pípila” de Ibargüengoitia que el de la historia oficial, aunque en este caso no importa si sólo existió en la imaginación de Carlos María de Bustamante.

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