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lunes, 24 de junio de 2013

100 MITOS DE LA HISTORIA DE MÉXICO 1 Francisco Martín Moreno parte12



LA OTRA HISTORIA DE LA VIRGEN:
EL SÍMBOLO DEL FRATRICIDIO
De la misma manera en que Miguel Hidalgo se sirvió de la imagen de la virgen de Guadalupe con el fin de ganar adeptos para su ejemplar causa, un movimiento genuino de liberación nacional, la Guadalupana también ha sido utilizada como un preciado símbolo por aquellos que se opusieron a la circulación de libros, al laicismo, a la educación abierta y liberal, a la libertad de prensa, a las constituciones, al registro civil, a la educación de las mujeres, a la división de poderes, a la separación de la iglesia y el Estado...Así, al igual que se utilizó para consolidar el poder político español durante el virreinato, en los anos posteriores a la independencia dicha imagen volvió a ser extraída de las vitrinas de parroquias, iglesias y catedrales para tratar de volver a controlar a la nación, apostándolo todo, tal vez sin haberlo entendido, a favor de los intereses clericales, de los movimientos ultraconservadores, de la más retardataria reacción y de las guerras fratricidas que sólo tenían por objeto satisfacer los más oscuros deseos de la jerarquía eclesiástica, que invariablemente ha hecho girar para, atrás las manecillas de los relojes de la historia patria. La virgen de Guadalupe ya no defendía ni simbolizaba el progreso y la evolución social y económica esgrimidas con las armas por Hidalgo y Allende, sino que más tarde, a la llegada de Iturbide una marioneta al servicio del clero, ya representaba lo contrario, lo opuesto, es decir, ideas retrógradas reñidas con el bienestar, la alfabetización y la superación cívica, espiritual y económica del nuevo país. Es cierto: la Orden Nacional de Nuestra Señora de Guadalupe fue instaurada por el emperador Agustín de Iturbide para premiar y condecorar a sus seguidores, con exceso de lujo, boatos y honores impagables, y para crear un grupo político capaz de apuntalar su imperio y luchar en contra de un Congreso empeñado en guiar a nuestra patria por el camino del liberalismo, de la igualdad y del crecimiento social y cultural contra el que luchaba un clero voraz, dueño del 52% de la propiedad inmobiliaria del país. La Guadalupana se convirtió en un emblema que materializó la unión de Iturbide con la jerarquía eclesiástica para sellar un pacto que garantizaría el poder del emperador a cambio de que la iglesia católica mantuviera su riqueza, su poder político, sus fueros, su patrimonio y sus prebendas. Cuando el primer imperio cayó y nuestra patria intentó recuperar el camino del liberalismo y del laicismo, se prohibió la Orden de Guadalupe y se rompieron las relaciones con la iglesia católica a fin de crear un Estado laico. Sin embargo, durante uno de los regímenes más funestos de nuestra historia, esta orden junto con la imagen de la patrona de México volvió a renacer gracias a Antonio López de Santa Anna, el vende patrias que empleó la imagen de la virgen para volver a premiar y fortalecer a sus seguidores, de acuerdo con las instrucciones de la jerarquía eclesiástica. Al igual que en el caso de la derrota de Iturbide, tras la caída de Santa Anna, el Visible Instrumento de Dios, la orden fue prohibida, pero ella se reactivó tras la llegada de Maximiliano, quien la revivió como la Orden Imperial de Nuestra Señora de Guadalupe. Y de nueva cuenta esta imagen se convirtió en el emblema que unía a la jerarquía eclesiástica y a los conservadores con el gobierno imperial. Un ejemplo que muestra la perversa manipulación de la imagen de la Guadalupana se encuentra en los nombres de los dos personajes que recibieron el grado más alto de esta orden: Miguel Miramón y Tomás Mejía, ambos ejecutados en el Cerro de las Campanas.
Tras la promulgación de la Carta Magna de 1917, la jerarquía eclesiástica —como bien lo han mostrado Édgar Danés Rojas y Fernando M. González en sus libros Noticias del Edén y La iglesia del silencio— recurrió, una vez más, a la explotación de la imagen de la virgen de Guadalupe para utilizarla como un imán para atraer a los fieles e intentar, por medio de la guerra fratricida, tal como lo hiciera en el siglo XIX, recuperar sus riquezas, privilegios, poderes y canonjías. La rebelión cristera fue finalmente otro conflicto armado por la alta jerarquía católica para defender sus bienes, sus conquistas y sus supuestos derechos. De esta manera, es claro que la virgen de Guadalupe, si bien su imagen fue empleada por los insurgentes que lucharon por la independencia de Nueva España, también fue perversamente utilizada por los hombres más siniestros de nuestro pasado, quienes —aprovechándose de la fe de los mexicanos en su patrona— los condujeron a guerras fratricidas con tal de que la alta jerarquía católica recuperara y mantuviera sus riquezas, su poder y sus prebendas, sin importar la vida, la alfabetización, la cultura, el bienestar y la condición social de sus doloridos fieles. ¿Con quién estaría la virgen de Guadalupe: con los liberales forjadores del progreso y la evolución de la patria, o con los conservadores clericales que acapararon el saber, el dinero y el bienestar en contra de los desposeídos?
CALLES RESPETÓ LAS INSTITUCIONES DE LA REVOLUCIÓN
El asesinato de Álvaro obregón en 1928, marcó el inicio de una crisis política: aunque oficialmente el magnicidio fue perpetrado por José de León Toral, un fanático religioso que terminó siendo fusilado, en los pueblos y ciudades del país se contaba un chiste siniestro: —¿Usted sabe quién mató a Obregón?—¡ Cálles...se la boca, no me pregunté eso! Efectivamente, muchos suponían que Plutarco Elías Calles —con Luis Napoleón Morones, el incondicional brazo armado del jefe máximo y líder de la CROM había orquestado el asesinato del general invicto de la revolución, el Manco de Celaya, con el fin de prolongar su control del poder absoluto. En esas circunstancias, Calles no dudó en dar un triple golpe de timón: nombró a Emilio Portes Gil presidente provisional, entregó la investigación del magnicidio a los obregonistas y, en su último informe de gobierno, hizo un anuncio espectacular: [El Io de septiembre de 1928] por primera vez en su historia se enfrenta México con una situación en la que la nota dominante es la falta de “caudillos”, [este hecho} va a permitirnos orientar definitivamente la política del país por rumbo de una verdadera vida institucional, procurando pasar, de una vez por todas, de la condición histórica de “un país de un hombre” a la de "una nación de instituciones y de leyes” [...] creemos definitiva y categóricamente [que es necesario] pasar de un sistema más o menos velado de “gobiernos de caudillos” a un más franco “régimen de instituciones”. Nacía de esta manera el mito del sistema institucional de nuestro país y Calles con bombo y platillo anunciaba que se retiraría a la vida privada, pues en una nación que contaba con un partido fuerte y capaz de unir a todos los revolucionarios, ya era innecesaria su actuación política. Lo que la historia oficial no nos cuenta, sin embargo, es que en aquel 1 de septiembre, el diputado Aurelio Manrique se puso en pie cuando se aplaudía y entre el estruendo de los vivas, gritó con voz potente: “¡Farsante!”. El general Calles lo miró y, sin concederle importancia, prosiguió la lectura. Al terminar, y al pisar el último peldaño de la escalera de la plataforma, el diputado Manrique volvió a gritar: “¡Farsante!”. El aludido tornó a mirarlo fríamente y siguió avanzando paso a paso.113 Y en efecto: el retiro de don Plutarco sólo fue una cortina de humo: la vida institucional de nuestro país era una mentira, un mito, pues Plutarco Elías Calles se convirtió en el jefe máximo, en el hombre que gobernó tras el trono hasta que Lázaro Cárdenas lo expulsó del país en 1936 para dar pie a un presidencialismo, no menos tiránico y antidemocrático.
EL MAXIMATO: UNA BREVÍSIMA HISTORIA
Aunque el jefe máximo tenía un poder casi indiscutible, no tardó mucho tiempo en enfrentar los primeros problemas políticos: los delegados a la convención en la que se fundaría el Partido Nacional Revolucionario (PNR) estaban ingenuamente convencidos de que ellos elegirían en 1929 al candidato a la presidencia de la República que sustituiría a Emilio Portes Gil, pero la democracia no figuraba en la lista de prioridades del jefe máximo y por ello tuvo que actuar rápidamente, tal y como relata Carlos Silva Cáceres en su libro Plutarco Elías Calles: como un mago, se [sacó] de la chis cera a un nuevo candidato [...] el ingeniero michoacano Pascual Ortiz Rubio, antiguo colaborador militar de Calles que en ese tiempo se desempeñaba como embajador de México en Brasil. Supuestamente, Ortiz Rubio renunciaba a su cargo diplomático por invitación del presidente [...] A su llegada a México, Ortiz Rubio declaró ante la prensa su inclinación por participar en el gabinete por elitista, no obstante, lo primero que hizo fue visitar al general Calles en su hacienda de Morelos. De ahí saldría como flamante competidor [a la presidencia] de la república. La etapa de las instituciones y la democracia sólo era un mito: Calles desde su supuesto retiro— controlaba la vida política y “palomeaba” a quienes podrían ocupar la principal oficina del país. México continuaba siendo el país de un solo hombre. En efecto, Ortiz Rubio no tenía la fuerza necesario para ser presidente... pero esa era su principal virtud, pues Calles conservaría y acrecentaría su poder mientras Ortiz Rubio sólo prestara su rostro para no violentar el apotegma revolucionario que le había costado la vida a Obregón: la no reelección era un hecho, pero el poder estaba en manos de la misma persona: el jefe máximo. Así, tras un escandaloso fraude en las elecciones de 1929, gracias al cual nunca se sabrá por completo la verdad, Ortiz Rubio venció al ex secretario de Educación, José Vasconcelos, con un holgadísimo margen de más de un millón y medio de votos que mágicamente llegaron a las urnas. Por supuesto, la mano de Calles estuvo presente desde el primer momento del mandato de Ortiz Rubio, pues casi todo su gabinete quedó conformado por hombres de probada lealtad... a don Plutarco. Cuando el primer mandatario intentó liberarse de la férula de Calles, el jefe máximo le Asestó el golpe de gracia al presidente, [pues] ordenó a sus partidarios que aún ocupaban un caigo en el gobierno que presentaran sus renuncias. En cierto sentido [nos dice Hans Werner en su libro La Revolución Mexicana. Transformación social y cambio político], Ortiz Rubio quedó pendiente en el vacío y de inmediato presentó su renuncia a la presidencia. Tras la renuncia de Ortiz Rubio, el jefe máximo volvió a las andadas y designó a otro títere que le permitiera seguir mandando tras bambalinas: Abelardo L. Rodríguez, quien en su Autobiografía señaló con precisión el papel que desempeñó en la principal oficina de nuestra patria: Insisto en que nunca fui político y en que si acepté el cargo de presidente sustituto de la República fue porque tenía la seguridad de nivelar el presupuesto y [de] poner en orden la administración del Gobierno. Para lograrlo me propuse permanecer al margen de la dirección política, dejando esa actividad en manos de políticos. Las declaraciones del “presidente” Rodríguez no pueden ser más claras: a él sólo le importaba el presupuesto y la manera como se gastaría... no en vano se convirtió en uno de los hombres más ricos del país y en uno de los propietarios de hipódromos, garitos de juego y prostíbulos más afamados de la frontera norte, tal como se muestra en el libro Revolucionarios fueron todos. Claro que, para lograr esto, tenía que pagar un precio: entregar la gestión política a quien sí tenía la capacidad para llevarla a cabo; ese hombre, obviamente, era Plutarco Elías Calles. Así, mientras Abelardo L. Rodríguez gastaba a manos llenas y se engordaba los bolsillos, Calles dirigía al país sin que nada ni nadie pudiera oponerse a su voluntad. El periodo presidencial de Abelardo L. Rodríguez llegó a su fin en 1934 y Calles estaba obligado a elegir a la nueva marioneta que ocuparía el Palacio Nacional. El jefe máximo sopesó con cuidado las opciones y se decidió por Lázaro Cárdenas: el general michoacano era un hombre de toda su confianza, no sólo se había sumado a la rebelión de Agua Prieta que llevó a los sonorenses al poder, sino que también había firmado la orden de asesinar a Venustiano Carranza. Luego de que Lázaro Cárdenas recibió el visto bueno del jefe máximo, el partido oficial lo aclamó como candidato y las elecciones transcurrieron según se esperaba: el hombre designado por Calles volvió a triunfar con un amplísimo margen. Sin embargo, desde el momento en que Cárdenas se puso ía banda presidencial y pronunció su primer discurso, Calles se dio cuenta de que había cometido un error... el “muchacho” michoacano estaba dispuesto a pelear para hacerse del poder absoluto. En efecto: Cárdenas comenzó a transformar al partido oficial y creó las primeras organizaciones de masas la CTM y la CNC, entre otras que subordinaban la sociedad al poder presidencial, y aunque enfrentó varias crisis en su gabinete, acumuló el poder suficiente para dar paso a una nueva etapa de la historia política: el presidencialismo. La guerra total entre Calles y Cárdenas estalló el miércoles 12 de junio de 1935, cuando el jefe máximo hizo unas “patrióticas declaraciones” que ocuparon la primera plana de Excélsior. En una entrevista, Calles condenaba la política laboral del presidente y lo acusaba de retardatario: ‘vamos para atrás, para atrás, retrocediendo siempre”, le dijo al periodista. Al principio, la mayoría de los mexicanos y de los integrantes de la clase política pensaron que Cárdenas se sometería al poder de Calles, pero quizá previendo un movimiento similar al que el jefe máximo le orquestó a Ortiz Rubio, el michoacano le pidió su renuncia a todo su gabinete y removió de sus cargos a una buena parte de los generales supuestamente leales a Calles radicados en las distintas zonas militares del país. El presidente no quería que su mandato terminara con un golpe de Estado fraguado desde la hacienda morelense de Calles. El nuevo gabinete quedó conformado por cardenistas de hueso colorado y las acciones en contra del jefe máximo y sus aliados se hicieron sentir de inmediato: Luis Napoleón Morones, el cómplice de Calles en el asesinato de Obregón, fue acusado de acopio de armas y el escándalo surgió de inmediato, ya que: El 20 de diciembre de 1935 [nos dice Carlos Silva Cáceres] las primeras planas de los diarios dieron una espectacular noticia. Durante un cateo en la casa de Luis N. Morones se había encontrado una fuerte cantidad de armas y pertrechos. Morones fue llevado a declarar e intentó sin éxito comprobar legalmente la posesión de las armas. Se le acusaba de intentar un levantamiento armado contra el gobierno de Cárdenas. Pero el presidente no se conformó con eliminar al principal aliado del jefe máximo, y a principios de 1936 Calles fue cesado del ejército, con lo cual se le amputó la posibilidad de recurrir a las armas para prolongar su poder. No obstante, el golpe final contra el maximato aún estaba por darse, el cual, según afirma Martha Poblett Miranda en su biografía de Lázaro Cárdenas, ocurrió de la siguiente manera: El 9 de abril [de 1936], a las diez de la noche, el general Rafael Navarro llegó hasta la casa de Santa Bárbara, donde [...] Plutarco Elías Calles se encontraba ya en cama leyendo el famoso libro de Adolfo Hitler, Mein Kampf (Mi lucha). El militar comisionado lo conminó a acompañarlo a la sexta comisaría de la capital y él, sin resistencia, aceptó salir rumbo al exilio. El presidencialismo se impuso al maximato: Calles y Morones partieron al exilio y Cárdenas se convirtió en dueño del poder absoluto. Ahora bien, ¿el final del maximato supuso un avance político para nuestro país? En realidad se trató de una grave traición a los principios democráticos de la revolución: sí bien es cierto que en 1936 terminó el poder del jefe máximo, ello no significó que México comenzara a recorrer la senda de la democracia, la justicia y la ley, pues el presidencialismo nos alejó y nos impidió adentrarnos en aquella ruta,.. quizá la respuesta sólo puede ser deseo razonadora: los mexicanos únicamente cambiamos al Jefe Máximo por el Señor Presidente, en cuyo puño morirían asfixiados el Congreso, la Suprema Corte, la libertad de prensa, las garantías individuales y todo asomo de democracia durante los siguientes setenta años de priismo. Es verdad: los presidentes priistas, auténticos caciques sexenales, subordinaron los poderes de la Unión a sus estados de ánimo y, en consecuencia, las instituciones de la República, lejos de servir a la ciudadanía, sólo sirvieron para simular la existencia de una democracia, sancionando así la validez del apotegma de Jean François Revel: “Las revoluciones sirven para concentrar aún más el poder... o no sirven para nada”. El balance de dicho presidencialismo lo hizo el escritor Mario Vargas Llosa para la historia: “el sistema político mexicano encabezado por el PRI es la dictadura perfecta...”.
SOR JUANA SE ARREPINTIÓ
tan pronto como fue confirmada la muerte de sor Juana Inés de la Cruz sin duda alguna la mejor escritora mexicana de todos los tiempos el 17 de abril de 1695, la historia oficial empezó a escribirse con la asesoría tendenciosa del arzobispo Francisco Agujar y Seixas, quien se empeñó exitosamente en falsificar la biografía de esta inigualable autora, con el doble objetivo de persuadir a las mujeres mexicanas de la posteridad y especialmente a las monjas de no perder su tiempo dedicándose al estudio, y de esconder el hecho, ciertamente vergonzoso para la jerarquía católica de México, de haber combatido salvajemente la vocación literaria y de estudio de esta soberana inteligencia femenina, a la que hicieron callar y a la que mutilaron intelectualmente desde el momento en que la privaron de toda actividad creativa. Tan pronto como se supo de su muerte en el convento de San Jerónimo, a consecuencia de la peste, “la imprenta de doña María de Benavides, que era la que realizaba los trabajos tipográficos para el palacio arzobispal, recibió la orden de imprimir en una pequeña hoja volante en doceavo (14.0 x 10.6 cm) un texto que llevaba por título Protesta de fe de la Monja profesa Sor Juana Inés de la Cruz, y que a la letra dice: YO, JUANA INÉS DE LA CRUZ, protesto para ahora y para toda la eternidad, que creo en un solo Dios todopoderoso, Criador del Cielo y de la Tierra y de todas las cosas; y creo el misterio augustísimo de la Santísima Trinidad, que son tres Personas distintas y un solo Dios verdadero; que de estas tres personas, la segunda, que es el Divino Verbo, por redimimos, se encamó y se hizo hombre en el vientre virginal de María Santísima siempre virgen y Señora nuestra; y que después padeció muerte y pasión y resucitó al tercer día entre los muertos y está sentado a la diestra de Dios Padre. Creo también que el día final ha de venir a juzgar todos los hombres, para darles premio o castigo según sus obras. Creo que en el Sacramento de la Eucaristía está el verdadero Cuerpo de Cristo nuestro Señor; y en fin, creo todo aquello que cree y confiesa la Santa Madre iglesia Católica nuestra madre, en cuya obediencia quiero morir y vivir, sin que jamás falte a obedecer lo que determinare, dando mil veces la vida primero que faltar ni dudar en algo de cuanto nos manda creer; por cuya defensa estoy puesta a derramar la sangre y defender a todo riesgo la santa Fe que profeso, no sólo creyéndola o adorándola con el corazón, sino confesándola con la boca en todo tiempo y a todo riesgo. La cual protesta quiero que sea perpetua, y me valga a la hora de mi muerte, muriendo debajo de esta disposición y en esta Fe y creencia, en la cual es mi intento pedir confesión de mis culpas, aunque me falten signos exteriores que lo expresen. Y me duelo íntimamente de haber ofendido a Dios, sólo por ser quien es y porque le amo sobre todas las cosas, en cuya bondad espero que me ha de perdonar mis pecados sólo por su  Infinita misericordia y por la preciosísima sangre que derramó por redimirnos, y por la intercesión de su Madre Purísima. Todo lo cual ofrezco en satisfacción de mis culpas; y postrada ante el acatamiento divino, en presencia de todas las criaturas del Cielo y de la Tierra, hago esta nueva protestación, reiteración y confesión de la Santa Fe; y suplico a toda la Santísima Trinidad la acepte y me dé gracia para servirle y cumplir sus santos mandamientos, así como me dio graciosamente la dicha de conocer y creer sus verdades. Asimismo reitero el voto que tengo ya hecho de creer y defender que la siempre Virgen María nuestra Señora fue concebida sin mancha de pecado en el primer instante de su ser purísimo; y asimismo creo que ella sola tiene mayor gracia a que corresponde mayor gloria que todos los ángeles y santos juntos; y hago voto de defender y creer cualquiera privilegio suyo que no se oponga a nuestra Fe, creyendo que es todo lo que no es ser Dios; y protestada con el alma y corazón en la presencia de esta divina Señora y su glorioso Esposo el Señor San José, y de sus santísimos padres Joaquín y Ana, les suplico humildemente me reciban por su esclava, que me obligo a serlo toda la eternidad. Y en señal de cuánto deseo derramar la sangre en defensa de estas verdades, lo firmo con ella, en cinco de marzo del año de mil seiscientos y noventa y cuatro.114 Como señala el historiador mexicano Elías Trabulse, “la publicación de la Protesta ¿la fe constituye la piedra de toque de la ofensiva de Aguiar y Seijas” contra la figura histórica de sor Juana, pues esto bastó para que se creyera que sor Juana, arrepentida de haberse atrevido a estudiar y a hacer versos, decidió pasar el resto de su vida únicamente dedicada a sus labores de esposa de Cristo, como desde hacía varios años le exigiera hacer el padre Antonio Núñez, su confesor y posterior enemigo jesuita, feroz envidioso de su talento. Es obvio que el clero obligó a sor Juana a escribir semejante texto infamante. ¿Sor Juana iba a escribir voluntariamente con su propia sangre? Una aberración de esa naturaleza sólo la iban a creer el clero y sus Fanáticos de siempre...Consumo descaro, los orquestadores de esta campaña titularon esta indignante carta del siguiente modo: “Protesta que rubricada con su sangre, hizo de su fe y amor a Dios la madre Juana Inés de la Cruz, al tiempo de abandonar los estudios humanos para proseguir, desembarazada de este afecto, en el camino de la perfección”. Era el último de muchos golpes, el más terrible de los cuales consistió en el despojo de su más amado tesoro: su biblioteca. Según Antonio Alatorre: Los documentos descubiertos por Dorothy Schons dicen que el Arzobispo se incautó [en calidad de “préstamo forzoso”] de los dineros de Sor Juana en un momento muy preciso: el día mismo de su muerte. Lo otro, o sea el expolio de su biblioteca y de las alhajas (instrumentos “músicos y matemáticos”, etc.), no puede fecharse con precisión; lo único claro es que ello había ocurrido años antes.155 ¿Y qué dice el mito? El mito dice que: “como medio para evitar la tentación de dar máxima importancia a los estudios humanos, realizó heroicamente el desprendimiento y donación de sus amados libros”.116 Lo cierto, sin embargo, es que a pesar de haber firmado dicha carta, Juana Inés, cuya obra había sido publicada en Europa por la condesa de Paredes, ex virreina de México, confidente de la reina Mariana de Austria y protectora de la monja, ni abandonó los estudios ni mucho menos se arrepintió de nada. ¿Cómo iba a arrepentirse este portento intelectual de haber hecho muchas de las más bellas composiciones poéticas de nuestra lengua? Algunos de los últimos hallazgos desmienten la idea de una sor Juana “retirada” de las letras en sus últimos años [...] En el Congreso Internacional Sor Juana y su mundo: una mirada actual celebrado en México D.F. en noviembre de 1995, Teresa Castelló Iturbide dio a conocer una copia del inventario que se levantó en la celda de la monja después de su muerte y que registra cientos de volúmenes de obras selectas y varios legajos de escritos. Esto serviría de testimonio de que la vocación de sor Juana estaba viva, aunque tal vez confinada más y más a la marginalidad.117Un segundo y fundamental momento del mito de sor Juana, la monja abnegada y arrepentida, lo constituyó la primera biografía del padre jesuita Calleja, del año 1700, según la cual, arrepentida de estudiar, “trató de no errar en adelante los motivos de buena [...] Y de ahí en adelante no corría sino volaba a la virtud, hasta que desobedeciendo [siempre rebelde] el que atendiese a las monjas enfermas, sufrió el contagio de la peste, muriendo año y medio después”.Atrás quedaron las agrias polémicas con el padre Núñez, su confesor y el hombre más interesado (junto con el arzobispo Seixas) en que Juana Inés abandonara las letras, y al que la monja rebelde y obstinada reviró en su momento (sólo que esto no se supo sino hasta hace muy pocos anos, en 1982): Mis estudios no han sido en daño ni perjuicio de nadie, mayormente habiendo sido tan sumamente privados que no me he valido ni aun de la dirección de un maestro [...] Los privados y particulares estudios ¿quién lo ha prohibido a las mujeres? ¿No tienen alma racional como los hombres? [...] ¿Qué revelación divina, qué determinación de la iglesia, qué dictamen de la razón hizo para nosotros tan severa ley? [...] ¿Las letras estorban, sino que antes ayudan a la salvación? ¿Sólo a mí me estorban los libros para salvarme? V.R. quiere que por fuerza me salve ignorando [...] El exasperarme no es buen modo de reducirme, ni yo tengo tan servil naturaleza que haga por amenazas lo que no me persuade la razón. Y es que, en el colmo de la hipocresía y la perversidad, había sido el propio Núñez quien, muchos años atrás (en 1667), instara a Juana Inés a ingresar al convento, con el aliciente de que ahí podría escribir, ahí podría leer, ahí podría tener una biblioteca...En el olvido quedó también la polémica con sor Philotea, nombre burlón tras el cual se escondía el obispo de Puebla, otro de los que la orillaron a dejar la pluma: “Mucho tiempo ha gastado V. md. en el estudio de filósofos y poetas [le decía, recordándole que] Ciencia que no alumbra para salvarse, Dios, que todo lo sabe, la califica por necedad”.118
Las medidas que adoptó Aguilar y Seijas probaron ser eficaces y de efectos duraderos. En primer lugar envió el proceso al archivo secreto del provisorato. Después impuso silencio a los clérigos y funcionarios del arzobispado que habían conocido de dicho proceso. Ninguno de ellos hizo pública la más leve mención sobre la sentencia que se había abatido sobre la monja y que era la causa del silencio que rodeó sus dos últimos años. Por otra parte conservó los tres documentos de la abjuración que pertenecían al archivo episcopal y que estaban anexos al proceso a efecto de darlos a conocer oportunamente. De esta forma se adelantó con ventaja a cualquier medida que la condesa de Paredes pudiera tomar. El mito de la conversión voluntaria de Sor Juana tuvo su origen en la actividad que desarrolló Aguiar y Seijas inmediatamente después de su muerte, y no deja de ser una ironía el que haya sido precisamente el hombre que la silenció quien haya dado los elementos para crear, desarrollar y fijar históricamente ese mito hagiográfico."119 Dicho lo cual no resta sino recordar que Juana Inés no se arrepintió, si bien padeció una salvaje, inhumana y retrógrada persecución de parte de la jerarquía eclesiástica, cuyo más siniestro acto fue privarla de sus herramientas elementales de trabajo. Porque, efectivamente, el hecho de que sor Juana haya escondido libros y trabajos no quiere decir que no la hayan mutilado intelectualmente, al extremo de que buscara la muerte por contagio cuando se dio la peste en el convento de San Jerónimo, en 1695 ¿Quería seguir viviendo sin tinta, sin plumas, sin papel, sin libros y sin posibilidad alguna de seguir produciendo en un medio hostil, absolutamente misógino, dominado por la Inquisición y sus sátrapas? ¿Qué sentido tenía la vida sin la creación? En el fondo, la peste fue su gran oportunidad para suicidarse.
Pero que quede claro: ella jamás dejó de escribir porque la convencieran de ser esposa de Jesús: si dejó de redactar fue en razón de la imposibilidad de hacerlo, ¿Cuál arrepentimiento? La iglesia la mató al impedirle crear, por ello se escondió su nombre durante más de doscientos años... Esta labor de ocultamiento, sumada al analfabetismo perpetuo en que el Santo Oficio se empeñó en mantener al pueblo, impidió, ha impedido e impedirá mientras siga predominando el analfabetismo en nuestro país el conocimiento y el goce de versos tan excelsos como los que dedicó en una ocasión al virrey marqués de la Laguna, luego de que éste la gratificara por su espléndida labor literaria: Esta grandeza que usa conmigo vuestra grandeza le está bien a mi pobreza, pero muy mal a mi Musa. Perdonadme si, confusa o sospechosa, me inquieta el juzgar que ha sido treta lo que vuestro juicio trata, pues quien me da tanta plata no me quiere ver Poeta.
Se equivocaba: eran otros los que no querían verla Poeta.
LA IGLESIA CATÓLICA NO TOMÓ PARTE EN LA GUERRA CONTRA LOS EUA
Ya hemos demostrado en otro capítulo de esta edición que no fue precisamente por la superioridad militar norteamericana que México perdió más de la mitad de su territorio en la guerra contra los Estados Unidos de 1845-1848. Pero ligado a este mito existe otro no menos per verso: que la iglesia católica no tomó parte en esa guerra que, según la prensa de entonces, era “la causa más nacional que se le había presentado a México”.120
LOS TESOROS DE DIOS
Según el historiador Fuentes Díaz, en vísperas de la guerra “la iglesia era dueña de las tres cuartas partes de la tierra laborable”121 y se había convertido “en la institución de crédito más grande y rica del país”. No obstante lo anterior, nunca, ni en los momentos de mayor apuro, [la iglesia] se esforzó por cooperar en la defensa de la patria [y] en un lapso de 5 años, desde 1842 a 1847, la historia de los apuros oficiales en relación con los preparativos de guerra, es la historia de la lucha de todos los gobiernos por ablandar la tacañería confesional. Desde el vacilante Herrera hasta el inflexible Gómez Farías, pasando por el monarquista y clerical Paredes y Arrillaga, por el acomodaticio Santa Anna y por el rudo general Salas, todos los altos gobernantes hicieron idéntica demanda al clero. Y a todos se les negó.122 Y en efecto: ni siquiera a Mariano Paredes Arrillaga, general golpista y traidor, a quien la jerarquía católica impuso en el poder con el objeto de instaurar una monarquía encabezada por un príncipe europeo, le fue facilitado el apoyo necesario para la defensa del país: esto a pesar de que el 4 de enero de 1846 —luego de rebelarse contra el gobierno precisamente cuando había sido enviado al frente de nuestro mejor ejército a rescatar Texas pasara a la Catedral “con una gran comitiva a dar gracias al Señor por medio de un Te Deum de que entonó el señor Arzobispo”;123 y a pesar de que  la más alta autoridad de la iglesia, el arzobispo Posada y Garduño, casi en las puertas de la muerte, presidió la junta en que se discutió y aprobó el programa del gobierno traidor, el cual se orientaba hacia un único y fundamental propósito: el establecimiento de una monarquía española.124 Pues bien: en cuanto a la guerra con los Estados Unidos, la iglesia no apoyó a Paredes, como no había apoyado a su antecesor, José Joaquín de Herrera, y como no apoyaría tampoco a Mariano Salas, que a la caída de Paredes y ante el ascenso de Santa Anna, con quien había fungido como vicepresidente, lanzó un tibio decreto el 19 de noviembre de 1846, disponiendo que el gobierno expidiese letras de cambio por valor de dos millones de pesos, a cargo del clero secular y regular, [pero] astuto como siempre, y aprovechándose de la debilidad del gobierno, el clero logró la derogación del decreto con fecha 5 de diciembre de 1846.Tres semanas después de este triunfo clerical asumió la vicepresidencia de la República el ilustre liberal don Valentín Gómez Farías, quien ya en el ano de 1835 había sido derrocado por atentar contra los tesoros de dios... Gómez Farías envió al Congreso, una vez más, la iniciativa de desamortización de los bienes eclesiásticos, y tras una memorable sesión que comenzó el 7 de enero de 1847 y concluyó el día 10 del mismo mes, la cámara aprobó la ley del caso, estipulando: “Se autoriza al Gobierno para que se proporcione quince millones de pesos para los gastos de la guerra pudiendo hipotecar o vender bienes de manos muertas”.125 La respuesta del cabildo metropolitano fue terminante: “la iglesia es soberana y no puede ser privada de sus bienes por ninguna autoridad”. Desde ese momento la jerarquía eclesiástica se dio a la tarea de volver a derrocar a Valentín Gómez Farías, propósito funesto que cristalizaría en la famosa rebelión de los polkos, financiada por el arzobispo Irisarri y ejecutada por los cuerpos aristocráticos del ejército, que habiendo sido enviados por Gómez Farías a defender Veracruz, prefirieron rebelarse contra el gobierno nacional, a pesar de que el país ya estaba invadido por los estadounidenses. El mismo día en que estalló dicha rebelión, sutilmente olvidada en la historia, el obispo de Puebla, Francisco Pablo Vázquez Vizcaíno, publicó la siguiente desvergonzada e indignante pastoral: A nuestros diocesanos, salud y gracia en nuestro Señor Jesucristo [...] Pecaríamos mortalmente e incurriríamos en excomunión siendo remisos en publicar las censuras con que quedan ligados los que usurpan los bienes eclesiásticos [...] El clero, amados hijos nuestros [...] ha ido añadiendo sacrificios a sacrificios, llegando éstos a lo sumo con ocasión de la justa y nacional guerra contra la República del Norte [...] Declaramos que cualquiera autoridad o persona privada que con cualquier motivo usurpe los bienes muebles o raíces, derechos o acciones pertenecientes a la iglesia, incurre en la pena de excomunión mayor reservada al Sumo Pontífice [...] quedando sujetos a la misma los que retengan los enunciados bienes, o coadyuven directa o indirectamente a su usurpación [...] Declaramos que las enajenaciones, hipoteca o cualquier gravamen que se imponga a los citados bienes, son nulas y de ningún valor ni efecto [...] La iglesia conserva el dominio de aquellos tan ileso como lo tenía antes de la usurpación [...] Esto es, amados hijos nuestros, lo que hemos debido deciros como responsables ante Dios del depósito que se nos ha encomendado. Si la presente tribulación es una prueba, sufrámosla con resignación para salir de ella purificados como el oro, y si es un castigo de nuestras culpas tratemos de enmendarlas eficazmente para que el Señor levante de sobre nuestras cabezas su formidable azote. Queda por mencionar aún la servil actitud que el señor obispo Vázquez, a quien acabamos de escuchar, mostró ante los invasores, pues, luego que el general Scott se posesionó de la plaza de Veracruz, entró en relaciones con el obispo de Puebla, D. Pablo Vázquez, por conducto del cura Campomanes, de Jalapa, y el obispo le dijo: "si me garantizas que serán respetados las personas y bienes eclesiásticos, yo te ofrezco que en Puebla no se disparará un solo tiro”. “Aceptado”, dijo el general americano.126 Y así fue: Puebla se rindió sin disparar un solo tiro porque quien lo hiciera sería excomulgado. Después de que el obispo visitara al general Worth y recibiera de su guardia honores de general, 127 los americanos se tendieron a dormir con toda confianza en la plaza central, y el camino a la capital quedó abierto a las tropas invasoras. Desde mayo de 1846 el presidente Polk había escrito en su diario ¡y con cuánta razón! que: Si los sacerdotes católicos de México pueden quedar convencidos de que sus iglesias y su religión estarán a salvo, la conquista de las provincias del Norte de México será fácil [...] pero si prevalece una opinión contraria, la resistencia a nuestras fuerzas será desesperada.128
Lo cual explica muchas cosas, pero sobre todo desenmascara ese funesto mito que a la letra dice: “La iglesia no tomó partido en la guerra con Estados Unidos”. Sí que lo tomó...

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