100 MITOS DE LA HISTORIA DE MÉXICO 1 Francisco Martín Moreno parte6



VASCONCELOS, EL DEMÓCRATA
DESDE MEDIADOS DE LOS AÑOS VEINTE del siglo pasado, José Vasconcelos es visto como uno de los principales caudillos culturales de la revolución mexicana: su participación en el Ateneo de la Juventud al lado de los “siete sabios mexicanos”, su labor como rector de la universidad, su ambiciosísimo programa editorial que puso al alcance de los mexicanos los clásicos de la literatura y, sobre todo, su gestión como primer secretario de Educación Pública del régimen revolucionario, son buenas razones para otorgarle ese mérito. Fue, además, uno de los escritores más destacados del siglo XX mexicano. Daniel Cosío Villegas, en su ensayo La crisis de México, se refirió a él en los siguientes términos: José Vasconcelos personificaba en 1921 las aspiraciones educativas de la Revolución [...] En primer término, Vasconcelos era lo que se llama un intelectual, es decir, hombre de libros y de preocupaciones inteligentes; en segundo, había alcanzado la madurez necesaria para advertir las fallas del porfirismo [...] En tercero, Vasconcelos fue el único intelectual de primera fila en quien confió el régimen revolucionario, tanto que a él solamente se le dieron autoridad y medios para trabajar. Esa conjunción de tan insólitas circunstancias produjo también resultados inesperados: apareció ante el México de entonces una deslumbrante aurora que anunciaba el nuevo día. La educación no se entendió ya como una educación para la clase media urbana, sino en la única forma en que en México puede entenderse: corno una misión religiosa, apostólica. Quizá por entenderse así la educación pública ha fracasado rotundamente en México, pero Cosío Villegas da en el clavo al calificar la mística educativa de Vasconcelos como “una misión religiosa, apostólica”, pues más allá de aquellos méritos el caudillo cultural siguió hasta las últimas consecuencias la última voluntad de su madre, la mujer que, según se lee en el Ulises criollo, pronunció el apotegma definitivo: “Díganle a Pepe que no se olvide de nuestra fe”. Por esta razón, es necesario que nos adentremos en el otro Vasconcelos, en el hombre que se unió a las fuerzas de la reacción, a la iglesia católica, al militarismo que tanto fustigó y, finalmente, al nazismo, con lo que México regresaría a los tiempos del hispanismo intolerante y del poder absoluto de la jerarquía eclesiástica, con todas sus históricas consecuencias.
VASCONCELOS, EL OTRO
Desde 1910 Vasconcelos fue un activo revolucionario: militó abiertamente en las filas del maderismo, sufrió la persecución de la dictadura porfirista, fundó la Universidad Popular y, luego de que Venustiano Carranza le encomendara la dirección de la Escuela Nacional Preparatoria, renunció al cargo y se incorporó al gobierno de la Convención de Aguascalientes. Tras el asesinato de Carranza, Adolfo de la Huerta lo nombró rector de la Universidad y Álvaro Obregón lo designó para ocupar la Secretaría de Educación Pública. Sin embargo, el 30 de junio de 1924, Vasconcelos, quien no pudo tolerar asesinatos como el del senador Francisco Field Jurado ni compartir las decisiones contenidas en los tratados de Bucareli, que traicionaban lo dispuesto en la Constitución de 1917 en lo relativo .el patrimonio nacional, renunció a su cargo y se lanzó como candidato para la gubernatura de Oaxaca, su estado natal, con resultados verdaderamente desastrosos: muy a pesar de las promesas hechas por Obregón, éste impuso al general Onofre Jiménez en ese puesto. Según señala Pilar Torres en su biografía de nuestro personaje: “haber perdido las elecciones estatales [... | significó para Vasconcelos la separación definitiva del sistema, en la que abandona el poder para nunca más recuperarlo”, a pesar añadimos nosotros— de sus infructuosos y desquiciados intentos por hacerse otra vez de Tras la derrota electoral en su estado natal, Vasconcelos quedó convencido de que la revolución no había servido para nada y se asumió como una suerte de mesías cuyo fin era rescatar a la patria de los excesos de los al AI dos. Luego del asesinato de Obregón y del anuncio de Calles en el sentido de que nuestro país abandonarla el tiempo de los caudillos para dar paso a la época de las instituciones, Vasconcelos, quien vivía autoexiliado en los Estados Unidos, se convirtió en candidato a la presidencia de la República e inició su campaña en contra de Pascual Ortiz Rubio, candidato del PNR, y de Pedro Rodríguez Triana, del Partido Comunista. En esta ocasión Vasconcelos sí consiguió el apoyo popular: las clases medias de las grandes ciudades se sumaron a sus fuerzas y según narra el propio Vasconcelos en El proconsulado— a su proyecto también se adhirió un poderoso grupo de cris teros, con el que claramente se comprometió en Guadalajara, al hacerles saber: Díganle a su general que quiero que me mande decir cuánto tiempo puede sostenerse en pie de guerra, pues no quiero hacer lo que Gómez y Serrano, levantarme en armas antes de las elecciones; quiero que cuando ande en el campo sea un presidente electo y no un candidato quien encabece el movimiento Díganle al general que después de las elecciones, escapo rumbo a su campamento.21 Vasconcelos fue derrotado en la contienda presidencial a través de otro fraude escandaloso: el día de las elecciones el PNR distribuyó armas, barras de hierro y pulque a sus funcionarios de casilla, y acarreó a miles de personas en camiones y trenes para que votaran a favor de Ortiz Rubio. La estafa electoral fue evidente. Nunca se sabrá quién fue el verdadero triunfador. Es cierto: Vasconcelos fue el candidato de los cristeros y de la jerarquía eclesiástica que, gracias a la sangre de sus fieles, negociaba la reinstauración de sus privilegios. Derrotado, el 1 de diciembre de 1929 publicó el Plan de Guaymas para llamar a la insurrección popular: sólo unos cuantos hombres tomaron las armas y pronto fueron derrotados y fusilados por el ejército federal, mientras que Vasconcelos abandonó cobardemente el país, aunque volvería, según él, a hacerse cargo directo del mando tan pronto como hubiera “un grupo de hombres libres armados que estén en condiciones de hacerlo respetar”. No fue así: volvería en la década siguiente para convertirse en un promotor del nazismo.
Desde el exilio, Vasconcelos siguió conspirando, y el 1 de noviembre de 1933 recomendaba desde San Antonio, Texas: “En caso de un golpe de Estado o muerte súbita del Presidente Cárdenas, el gobierno podría salvarse si un grupo de políticos y militares influyentes declara desaparecidos los poderes, reconociendo, en consecuencia, el Plan de Guaymas, que da el poder a quien de hecho obtuvo la mayoría de los votos en 1929”.Pero el desprestigio máximo [según Alfonso Taracena] en que los torpes amigos suyos lo exhibieron, fue cuando trataron de acercarlo con el general Calles, desterrado en California desde 1936 [...] “General”, le dijo. “Licenciado”, contestó Calles. Querían hacer una revolución para derribar al general Cárdenas. “Usted será la popularidad y yo la fuerza”, sentenció don Plutarco, quien al oír a Vasconcelos decir que se necesitaba dinero, replicó que él no lo tenía [...] pero que el general Abelardo Rodríguez, sí. No obstante, le dio un cheque por aproximadamente cuatro mil quinientos dólares. “Para infamarlo para toda la vida”, comentó el ingeniero Federico Méndez Rivas.
LA ETAPA NAZI
Desde la segunda mitad de los años treinta, el ministerio de propaganda de la Alemania nazi comenzó a realizar trabajos de difusión en el extranjero. En México, Arthur Dietrich apostó sus recursos a favor de las dos revistas más importantes de aquella época: Hoy y Timón. Alberto Cedillo, en su interesante libro Los nazis en México, afirma que: “Sin lugar a dudas, José Vasconcelos fue el intelectual mexicano más importante que colaborara con el Tercer Reich [...] En Timón destacó siempre las fotografías de guerra tomadas por el ejército alemán y sus editoriales eran verdaderas apologías en favor de los nazis”.
Itzhak Bar-Lewaw, biógrafo de Vasconcelos, con quien éste se había entrevistado en repetidas ocasiones, ocultándole hipócritamente su pasado nazi, aseguró —una vez que descubrió el engaño e investigó detalladamente la etapa nacionalsocialista del llamado Maestro de la Juventud— que: La Embajada de Alemania en la Ciudad de México buscaba febrilmente a un individuo o a un grupo de personas auténticamente mexicanos que gozaran de cierta fama y prestigio nacional, o si fuera posible continental, para explicar su punto de vista en esta parte del mundo. Lo encontró en la persona de José Vasconcelos [y concluye:] Timón era el órgano de Goebbels destinado a ayudar con la palabra escrita a la máquina militar nazi de aquella época.22 Basta con releer la presentación del número 7 de dicha revista, en la que Vasconcelos aparece como su director general, para comprobar la línea editorial de la publicación fascista: “Todos los pueblos del mundo tendrán que agradecer a Mussolini y a Hitler haber cambiado la faz de la historia. El habernos librado de toda esa conspiración tenebrosa que, a partir de la Revolución Francesa, fue otorgando el dominio del mundo a los imperios que adoptaron la reforma en la religión y la engañifa del liberalismo en la política
En el editorial del número 8, bajo el título de “Hay que hacer limpieza”, ya se abogaba por la expulsión de los judíos de la República Mexicana. “México [decía el editorial] no puede transformarse en la cloaca máxima de todos los detritus que arrojan los pueblos civilizados”.
En marzo de 1941 Lázaro Cárdenas ordenó la clausura de Timón, por lo que Vasconcelos quedó totalmente relegado del ámbito político. Pero no claudicó en su fascismo, e incluso visitó España a invitación del gobierno de Francisco Franco: “Toda la prensa de Madrid habló de su arribo [...] dándole sin vacilar el mariscalato entre los pensadores del continente hispanoamericano”, y pronosticando “que un día estarán vigentes en México un sistema mental y un sistema moral de política que gracias a él han sido planeados”. No se referían, seguramente, a la campaña educativa de 1920-1924, sino a otros sistemas mentales y morales, a los que Vasconcelos aludió en 1955 al proclamar el socialismo cristiano en México: “el destino de nuestra nación [dijo entonces], se acoge a vuestras almas. Forjadlo según el albedrío [...] Recordando en cada caso, que sólo es fecundo el albedrío cuando se pone de acuerdo con Dios”, y prescribiendo que: “debe enseñarse a los niños el temor a Dios y a guardar sus Mandamientos, y esto puede enseñarse, aun sin sectarismo, en las escuelas públicas”. Por eso no sorprende que sobre el lema que acuñara para la Universidad, “Por mi raza hablará el espíritu”, dijera ya en la decadencia: “lo que en realidad quise decir fue que Por mi raza hablará el Espíritu... Santo”. Por algo sus restos descansan, nada más y nada menos, que en la Catedral de México...Tales eran las palabras del Maestro de la Juventud en el ocaso de su vida, cuando con máximo descaro, “a la que más culpaba del envilecimiento de México era a la juventud”,23 olvidando, o más bien ocultando, que él se había transformado lentamente en un fanático religioso que soñaba con ser el Francisco Franco mexicano, y perpetuarse en el poder como dictador clerical de México si Hitler ganaba la guerra. Por eso, por su Alianza con los cris teros armados, por su cobarde Plan de Guaymas, por sus reiterados ataques a las instituciones republicanas y por sus innumerables conspiraciones para asaltar el poder, es un mito que Vasconcelos haya sido un demócrata. Concluyamos con estas palabras pronunciadas por José Vasconcelos en 1929, al abandonar el país: “Este pueblo mexicano no merece que yo sacrifique una sola hora de mi sueño. ¡Es un pueblo de traidores y de cobardes que no me merece! Demasiado he hecho por redimirlo. No volveré a ocuparme de él”.24
LOS GRINGOS TIENEN LA CULPA
Por COMODIDAD O POR OLVIDO, pero sobre todo como parte de una tranquilizadora indolencia, muchos mexicanos han aceptado el concepto relativo a que “los gringos tiene la culpa de todos nuestros males”. Semejante aseveración se ha convertido en una muletilla tras la cual pretende aducirse una gratificante verdad, pero, como veremos a continuación, en realidad no pasa de ser un mito más que nos impide ver objetivamente nuestros problemas y evaluar con justicia nuestras propias responsabilidades. En otro capítulo me ocuparé con mayor detalle de esta traumática relación entre dos vecinos totalmente diferentes.
TAN LEJOS DE DIOS...
“Pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos”: he aquí una de las más populares maneras de expresar este auténtico prejuicio. No es la única, desde luego: el propio Benito Juárez dijo: “Entre México y Estados Unidos, el desierto”, lo que prueba que tampoco se trata de una cuestión ideológica o de posturas políticas: existe y ha existido desde hace muchos años un claro prejuicio en nuestro trato con los norteamericanos, resabio de nuestra xenofobia virreinal, por un lado, y por el otro, producto de los más agrios capítulos de nuestra historia independiente, tales como la pérdida de Texas y su posterior anexión a los Estados Unidos, o como la guerra contra esta nación de 1846 a 1848, en la que fuimos despojados alevosamente de más de la mitad de nuestro territorio... Pero cabe preguntarse: ¿fueron estos y otros hechos funestos de nuestro pasado, culpa absoluta de los norteamericanos? Hagamos memoria. Recordemos que Texas proclama su independencia en 1835 y la consolida en 1836 como consecuencia de la involución política a la que nos arrastró un funesto golpe de Estado cuyo objetivo consistía en imponer una república centralista en lugar de la federal, vigente desde 1824, fecha de la promulgación de la Constitución. Recordemos también que fue Santa Anna quien, por salvar la vida y por temor a que lo lincharan los texanos, firmó los tratados de Velasco, en los que se reconocía la independencia de Texas, la cual fue ratificada en Washington después de una agria entrevista con el presidente Jackson. En 1835 Santa Anna regresaría por mar a Veracruz, escoltado nada menos que por un comando militar norteamericano hasta la puerta de su hacienda. La traición estaba consumada. Una década después, con ocasión de la guerra contra los Estados Unidos, es nuevamente Santa Anna quien negocia en secreto, desde Cuba, donde se hallaba exiliado, con James Polk, el presidente norteamericano, para acordar la derrota de las tropas mexicanas que otra vez se disponía a acaudillar. Por ello el cerco naval norteamericano que asfixiaba a Veracruz se abrió mágicamente para permitir el '‘inexplicable” paso del tirano vende patrias, de modo que pudiera cumplir con sus inconfesables acuerdos. Pero no lo hizo solo: la alta jerarquía católica, la eterna enemiga de México, también contribuyó a la victoria de los invasores. Así, con la guerra en puerta, el clero apoyó el infame golpe de Estado de Mariano Paredes y Arrillaga, mediante el cual trató, en el momento más inoportuno, de transformar a la República en una monarquía, en cuyo trono habría de sentarse, de nueva cuenta, nada menos que un príncipe español. ¡A buena hora! Así, con el territorio invadido por la frontera norte y por el Golfo de México, el arzobispo Irisarri financió el alevoso motín de los polkos, que impidió hacer llegar el apoyo necesario para la defensa del puerto de Veracruz —que terminó incendiado por completo y desquició la defensa del norte del país. Finalmente, Vázquez Vizcaíno, obispo de Puebla, negoció con las tropas norteamericanas la rendición de Puebla, sin disparar un solo tiro, a cambio de que se respetara “la propiedad y la persona de los eclesiásticos”. Por supuesto que esto le franqueó la entrada a la ciudad de México al ejército norteamericano, después de haber sido ovacionado en Puebla.
Recuérdese asimismo que, además de estos invaluables aliados en la guerra contra México, los norteamericanos se sirvieron de una gran cantidad de espías mexicanos agrupados en la famosa Mexican Spy Company, una de las mayores exhibiciones de falta de patriotismo de los mexicanos. Desde luego, este no fue el único momento traumático de nuestra histórica relación. Hacia 1913 vemos al siniestro embajador Henry Lane Wilson conspirando para asesinar a Francisco I. Madero, en una de las más vergonzosas y no menos arteras maniobras diplomáticas que los Estados Unidos perpetraran en contra de México, con tal de defender sus intereses petroleros, entre otros más. Pero, ¿no acaso contaron los norteamericanos, en este caso, con nuestra más abyecta solidaridad? ¿No tiene relevancia la participación en estos hechos siniestros de un Victoriano Huerta, de un Félix Díaz y de un Mondragón? ¿No necesitaron dichos criminales de un Francisco Cárdenas, el infeliz sicario que se atrevió a consumar esta desgracia? Constatemos lo que él mismo dijo: El Vicepresidente (Pino Suárez) fue el primero que murió, pues al ver que se le iba a disparar comenzó a correr, di la orden de fuego y los proyectiles lo clarearon hasta dejarlo sin vida, cayendo sobre un montón de paja. El Sr. Madero vio todo aquello y cuando le dije que a él le tocaba, se fue sobre mí, diciéndome que no fuéramos asesinos, que se mataba con él a la República. Yo me eché a reír y cogiéndolo por el cuello, lo llevé contra la pared, saqué mi revolver y le disparé un tiro en la cara, cayendo en seguida pesadamente al suelo. La sangre me saltó sobre el uniforme. “¡Bendito sea Dios!”, alcanzó a decir uno de los más notables escritores mexicanos de la época, Federico Gamboa, al enterarse del asesinato de uno de nuestro mejores hombres, perpetrado por uno de los peores. ¿Pero los gringos tienen absolutamente la culpa de todo? No está de más preguntarnos si los gringos tienen también la culpa de la explosión demográfica: en 1950 éramos 20 millones de mexicanos y en cincuenta años  quintuplicamos la población. Preguntémonos también si son culpables de que tengamos una iglesia retardataria, voraz, anacrónica y salvaje; del analfabetismo y del fracaso educativo; de que hayamos aguantado setenta años de un régimen priista antidemocrático y venal, o de la mediocridad, de la resignación, de la irresponsabilidad, de la delincuencia y de la existencia de empresarios incapaces de crear los puestos de trabajo necesarios, o finalmente, de la horrorosa corrupción que padecemos, de la defraudación fiscal, del peculado, de la economía informal... ¿Son los gringos culpables del hecho de que en México sólo el 2% de los delitos se aclaren y de que el sistema de impartición de justicia sea una de las causas más aberrantes del atraso mexicano?¿Los gringos tienen la culpa de todo?

EL CLERO NUNCA COMBATIÓ CON LAS ARMAS EN LA MANO25
Uno DE LOS MITOS DE LA GUERRA CRISTERA (1926-1929) que la jerarquía católica mexicana ha difundido en las últimas décadas, a tono con el proceso de reescribir su propia historia, es el relativo a la “neutralidad” y al “heroísmo” del clero católico durante esta asonada. Se ha afirmado, incluso, que dicho levantamiento no fue provocado por la iglesia, sino que brotó “espontáneamente” en el ánimo de los fieles, quienes se rebelaron en contra del gobierno y empuñaron las armas en defensa de la “libertad religiosa”.26 Ante tales presunciones, es necesario recordar que la jerarquía eclesiástica de la época —apoyada en las encíclicas del papa Pío XI y en la enseñanza moral de los doctores de la iglesia institucional no sólo justificó teológicamente la lucha armada, sino que la apoyó y la bendijo, sin medir las consecuencias sociales, políticas y económicas que acompañaron a esta revuelta. La justificación teológica esgrimida por el Comité Episcopal fue la figura de la “guerra justa”, en donde ciertamente se mata: “Es lícita la resistencia contra un poder tiránico e injusto y, en determinadas circunstancias, puede ser lícita y hasta obligatoria la rebelión armada para desposeerle del mando”.27En este tenor, el Comité Episcopal publicó la tercera “Carta Pastoral Colectiva’, fechada el 12 de septiembre de 1926, en la que conminaba abiertamente a los fieles católicos a “dar su sangre y, por ningún motivo, abandonar el combate”:Su Santidad y el Episcopado, y con ellos el mundo entero, admiran vuestro heroísmo, entereza y decisión por defender a todo trance la santa causa de Dios [..,] Esta actitud de la Nación ha sido para vuestro clero y vuestros pastores, motivo de grande consuelo y esperanza: ha merecido la aprobación y el aplauso del Romano Pontífice y, atraerá, no lo dudéis, sobre la Patria las bendiciones de Dios. El Papa, empero, el Episcopado y el mundo, esperan de vosotros que no desfallezcáis Mas, si por vergonzosa cobardía desertáis de las filas, o cesáis en el combate, humanamente hablando estamos perdidos, y México dejará de ser un pueblo católico.28 Pío XI, en vísperas del alzamiento cristero, se pronunció sin rodeos a favor de los sediciosos. El 18 de noviembre de 1926 publicó la encíclica Iniquis Afflictisque, en la que bendijo a los jerarcas católicos y al clero, “deseosos de sufrir duras pruebas y contentos con ellas”.29 Estas belicosas declaraciones no dejaban duda acerca de que el papa saludaba y aplaudía la lucha armada contra el gobierno mexicano. José María González y Valencia, arzobispo de Durango y presidente de la comisión de obispos mexicanos en Roma durante el conflicto cristero, dio a conocer a sus fieles las palabras aprobatorias del papa Pío XI respecto del levantamiento amado: Qué consuelo tan grande inundó nuestro corazón de prelado, al oír con nuestros propios oídos las palabras del Jefe Supremo de la Iglesia [...] Le hemos mirado conmoverse al oír la historia de vuestra lucha [...] aprobar vuestros actos y admirar iodos vuestros heroísmos [...] Él, pues, el Sumo Pontífice, os animéis a todos, sacerdotes y fieles, a perseverar en vuestra actitud (irme y resuelta [en la lucha armada]. Os anima a no temer a nada ni a nadie, y sí sólo temer el hacer traición a vuestra conciencia30 .González y Valencia redactó una carta pastoral de Roma —fechada el 11 de febrero de 1927 en la que de  su bendición episcopal a los sublevados: Puesto que en nuestra arquidiócesis son muchos los casos que han recurrido a las armas y piden la opinión de su obispo, creemos que nuestro deber pastoral consiste en afrontar esta cuestión: [...] Este movimiento [armado] existe y nosotros debemos decir a nuestros hijos, a los católicos, que han  tomado las armas [...] después de haber reflexionado largamente ante Dios, después de haber consultado a los teólogos más sabios de Roma, que vuestras conciencias estén en paz y recibid nuestra bendición.31
LO MALO NO ESTÁ EN MATAR...
A partir de la publicación de las encíclicas pontificias de Pio XI y las cartas pastorales del episcopado mexicano, muchos sacerdotes católicos incitaron a sus feligreses a la rebeldía armada. Para ello se valieron del pulpito, de los confesionarios y de la promesa de indulgencias a quienes se dieran de alta en el “ejército liberador”. Se requerían muchos voluntarios, candidatos a “santos mártires”, para esta empresa.
En la labor proselitista que obispos y sacerdotes emprendieron para persuadir a sus fieles de unirse a la milicia cristera se tomaron pasajes de la historia eclesiástica y de la hagiografía del santoral católico. Luis Rivero del Val, quien fue combatiente cristero, relata algunas de las justificaciones: La defensa armada no sólo se considera lícita, sino encomiable y heroica: se recuerda el ejemplo de santos que cuando fue necesario recurrieron [a] las armas. Está en los altares San Bernardo, que reclutó soldados y los llevó a las cruzadas; San Luis IX, rey de Francia, que él mismo se armó cruzado contra los detentadores del Santo Sepulcro. El Papa León IX emprendió frecuentes expediciones militares y fue canonizado. San Pío V que organizó la armada que hundió en Lepanto el poder de la media luna y tantos otros, cuya virtud proclamó que ¿o malo no está en matar, sino en hacerlo sin razón y sin derecho32. Roberto Planchet, en su obra ¿Es lícita la defensa armada contra los tiranos?, retoma algunos de los argumentos propalados por el clero de la época: No han faltado en el transcurso de los siglos, Obispos y Romanos Pontífices que en caso ofrecido han llevado al terreno de la práctica la doctrina que permite combatir y derrocar a los gobiernos tiránicos [...] Lícito, pues, será empuñar las armas en las contiendas de la Iglesia y el Estado.33
Los preceptos bíblicos de “No matarás” y “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” estuvieron ausentes en los discursos y sermones de los dignatarios religiosos durante la rebelión cristera. En este sentido, es conveniente recordar que en ninguna de las guerras religiosas encabezadas por la iglesia católica se han ponderado dichas enseñanzas, En las Cruzadas, en la persecución de los disidente* (judíos, protestantes, cátaros...), en la violencia de la santa inquisición, en la hoguera para los herejes, etcétera, todos los combatientes que mataron y murieron por defender los intereses eclesiásticos en aquellas empresas, recibieron la bendición del obispo de Roma en turno, y no fueron excomulgados a pesar de haber matado. La “defensa de la vida desde la concepción hasta la muerte natural” es ley muerta para la jerarquía católica cuando se trata de guardar sus terrenales intereses.
A los asesinos que han participado y acaudillado las “guerras santas” se les ha premiado con indulgencia*, y cientos de ellos han sido elevados a los altares como beatos o santos, reconociéndolos como “héroes de la fe".

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