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viernes, 7 de junio de 2013

LEYENDAS DEL DIA DE MUERTOS EN MEXICO



DE ÁNIMAS, MUERTOS Y SUEÑOS ENTRE LOS CHONTALES DE TABASCO
Los chontales celebran la llegada de sus muertos durante todo el mes de noviembre. Esta costumbre, sin embargo, no es exclusiva  de este grupo, sino que se encuentra extendida a lo largo de toda la zona de tierras bajas de Tabasco, entre la población no indígena. Como bien sabemos, el pueblo chontal (o yoko winik, como ellos mismos se autodenominan), es uno de los 29 grupos de filiación mayence que hoy encontramos en esa vasta región, la cual se extiende desde Honduras hasta México, pasando por El Salvador, Guatemala y Belice.
Los chontales habitan en una región sumamente fértil, bañada por innumerables ríos, lagunas, pantanos y aguas costeras. Durante siglos, fue una cultura esencialmente agrícola,  pesquera y comerciante,  además de que producía innumerables productos alimenticios en las áreas domésticas de traspatio.  Hoy una gran parte de esta  población ha diversificado  sus actividades,   incorporando  a  su  vida  cotidiana  prácticas   económicas asociadas a las urbes y cabeceras municipales.
No es claro cómo se instaura históricamente en la concepción de los habitantes de la región un tiempo de celebraciones tan vasto y tan complejo en torno a los muertos. Lo que sí es evidente  es que dicho acontecimiento, además de ser uno de los más extensos en lo que antiguamente fue el área mesoamericana, también impuso ciertas constantes culturales entre chontales y sectores no indígenas.
Para los chontales existen dos momentos fundamentales de vinculación con sus antepasados: el primero se lleva a cabo durante las fiestas titulares a los santos, por medio de una celebración nocturna denominada Velorio, en la cual un conjunto de personajes ataviados con antiguas máscaras de ancianos, bailan frente a las imágenes  una danza ceremonial denominada Baila viejo;  la segunda  es en el mes de noviembre,  cuando los muertos regresan a la comunidad  a compartir con los vivos las ofrendas de alimentos que estos últimos preparan para recibirlos.
Evidentemente, los rituales asociados a los muertos observan importantes variaciones de comunidad en comunidad no sólo en el terreno de las representaciones cosmológicas que sustentan la ideología comunitaria, sino también en el del ritual, en donde cada acción que se realiza comporta una rica gama de sentidos que aún es necesario investigar.
Los relatos que aquí presentamos son versiones individuales de conceptos y percepciones de sujetos específicos que de ninguna manera representan versiones comunitarias de la muerte entre los chontales. Como señalamos en la introducción,  para nosotros  forman parte simplemente de un vasto acervo cultural que esperamos ir recabando y analizando con el tiempo, para encontrar gradualmente  las constantes y variantes de los discursos religiosos que hoy prevalecen en algunas comunidades indígenas de Tabasco.
El primero de los relatos fue recabado en la zona de Nacajuca, en una conversación con un joven de escasos 18 años, el cual muestra en forma por demás interesante uno de los rasgos prescriptivos que la creencia puede contener, para la reafirmación de un sistema comunal de representaciones. Al igual que entre los pames, es un relato alusivo a quienes por alguna razón deciden alejarse de ciertas prácticas y conceptos culturales que en principio deberían de ser observadas sin excepción por todos los miembros del poblado. El relato muestra, además, el reconocimiento a una alternancia de comportamientos en el grupo, el cual pretende ser regulado desde una parte del mismo a partir de sanciones pretendidamente sobrenaturales.
El  segundo  relato proviene también de la región de Nacajuca  y fue narrado por  un  hombre más  maduro que en su  momento tenía aproximadamente 28 años, con quien hemos trabajado durante un largo tiempo.  En este  texto es posible  conocer algunos de los conceptos  que existen en la comunidad sobre la llegada y permanencia de los muertos, así como ciertas particularidades de los mismos.
Finalmente, el tercer relato vuelve a tocar el tema de las transgresiones rituales y los comportamientos individuales mezquinos en la reproducción de “la costumbre”.  Aunque pareciera un relato inconcluso  o un hecho narrativo sin final, la última frase del discurso tiene el propósito básico de marcar el mensaje moral que se desprende de todo el cuento. Sin importar la simplicidad de la trama, el relato no deja de ser, en la concepción propiamente indígena, un documento edificante destinado a instruir sobre la importancia de la observancia de un código ético y de respeto social y ritual. Este cuento fue narrado por el mismo joven anteriormente citado, el cual, además de contar con una sólida formación profesional universitaria, ha mantenido un inquebrantable vínculo con su comunidad y sus creencias.

Primer relato
Nosotros celebramos el día de los muertos en el pueblo cada año. El día primero se  celebra con rezos  y tamales.  Primero hacen los altares  con palmas y hojas de plátano abajo. Entonces se ponen los tamales, las jícaras de guarapo,4  el pozol y el dulce. También todo lo que es de los difuntos. De ahí se llama a un patrón para rezar, para venir a poner los alimentos a los que han muerto de todos los familiares, a los tíos, a los tíos de los tíos y de los hermanos que murieron. Después el patrón empieza a rezar hasta que se termina de entregar la ofrenda.
Muchos  patrones  ancianos  de cincuenta o sesenta  años  llegan a rezar, y cuando terminan empiezan a repartir los tamales a cada uno de los compañeros que están al lado. Ya cuando  están comiendo  se empieza a platicar de los muertos, de cómo eran antes.

Se  cuenta que hay algunas  personas que no creen,  dicen que los muertos no van a llegar, que ellos están muertos, que no son como nosotros que estamos vivos, que ya no existen. Pero sí existen  porque cuando los patrones están rezando el aire está así nada más, simplemente sin aire, sin nada. Entonces, cuando ves ya pasó un aire al lado de ti, es una sombra, y es que ellos están viniendo. También llegan al panteón; la gente se pone a rezar y ellos empiezan a llegar.
Cuando las personas no creen, a veces los difuntos llegan de noche a espantarlos,  porque los muertos,  o sea los  difuntos,  llegan como un sapo, ves que está un sapo ahí nada más. Tú no sabes si son ellos pero los ancianos y los que están rezando  sí los ven porque ellos están rezando. De ahí empiezan a llegar todos, empiezan a hacer como las olas, también se empiezan a formar en cola; todos los sapos están viniendo.
A veces, al salir como a las doce de la noche empiezas a ver un gran animal,  así como el puerco,  pero grandísimo,  grandísimo,  y color negro. Algunos que no creen entonces se espantan bastante, porque dicen que no existe, pero empiezan a ver, a las doce de la noche, cuando vas caminando, un gran animal y se espantan; luego vuelves a ver y ya no está, ya desapareció, y tú te quedas nada más viendo quién era. Por eso, el día de los difuntos no es día de trabajar y tampoco de hacer cosas que no debes hacer. Algunos dicen que cuando ellos vienen debemos de cantar, poner alegría, poner música, hacer lo que nosotros queramos, pero ellos no vienen por música, porque ellos vienen tristes,  porque ellos están  muertos,  ellos vienen a celebrar nada más.
Cuando vienen los muertos  tienes  que soñar con ellos.  Cuando ya soñaste, tu espíritu va a dar cuenta porque ya soñaste. Por ejemplo, yo soñé desde días anteriores que iban llegando, así me di cuenta que ya venían. Ellos vienen  pero en espíritu, nada más vienen a comer. Si tu sueñas el día de los difuntos, estás pidiendo conocer a tu hermano, estás platicando con él, qué le gusta de comer para ponérselo en la ofrenda; quiere decir que ya viene el día de los muertos. Desde ahí se empiezan a ver sombras en la casa o en cualquier lado. Eso sí, hay algunos  que no ven las sombras, porque no creen. A veces, cuando  estás durmiendo en la noche, los difuntos llegan a espantar; por decir, estás en la hamaca durmiendo y llegan a pegarte, te levantas y no hay nadie, pero sí son ellos.


Mi mamá también dice que antes de que vengan los difuntos se ve una sombra, pero persona no hay. De ahí la sombra se agarra la hamaca, se sienta y se empieza  a mover. Ven la hamaca y a mover y a mover. Ya cuando se vuelve a levantar la buscas y ya no hay nada. Eso sí: ellos llegan  nada más como una sombra.
El día que venían los difuntos estaba yo durmiendo y quizá mi espíritu salió en la noche y se encontró a la tía de mi mamá. Ella hace mucho  tiempo que murió, pero yo soñé que me contaba que ya no quería más cosas, que quería que le trajéramos dulce, que en la comida le pusiéramos dulce de calabaza  con tortilla.  Cuando  ella estaba  viva comía mucho la semilla de calabaza y tortillas, dulce de calabaza, papaya y coco; y eso pidió nada más, y parece que yo le estoy diciendo que sí. Pero, ¡qué va a ser! Ya para levantarme me espanté porque ya no había nada, ella nada más pasó. Quizá, cuando estamos soñando de noche, a veces el espíritu sale también a pasear y ahí se encuentra a otra persona, y se espantan juntos los dos.
En la mañana le dije a mi mamá que soñé ayer que la tía estaba pidiendo nada más la comida de semilla de calabaza y tortilla. Entonces, ella me dijo: pues sí es cierto, porque ahorita viene el día de los difuntos, por eso soñaste, porque ellos salen esta noche. Me dijo también que ella soñó hoy con una persona que estaba  platicando con ella,  parece que eran amigas,  pero esa persona  ya se murió. Me dijo que pidió algo de comer, una carne especial, bonita, o sea, carne de pulpa, no con hueso, sino de pura pulpa, de esa que están poniendo en el altar.
En su sueño  también estaba otra persona, también venía con carne de pulpa a poner en el altar. Decía que era la que más le gustaba. Estaba platicando con mi mamá, era hermano de mi tío Enrique, el hermano que murió, ése también comía muchísima carne. Por eso es que el día de los muertos los difuntos sí vienen, pero hay algunos que no creen y no sueñan nada, porque no saben cómo está la situación.
Ahorita los difuntos  ya llegaron.  O sea que los difuntos  llegan así nada más, no como una persona; los difuntos llegan como cualquier cosa, así como el sapo pasa. No sabemos si son ellos. Así como ves que pasó un ratón, ves que ya pasó un sapo saltando, saltando. Pero no sabemos si son ellos, porque ellos raramente dicen todo lo que es la verdad. Si ves una gran sombra puede ser de los difuntos, porque vienen grandísimos, parece que son como un puerco. Si ves a ese animal no lo debes tocar porque no sabemos si él estuvo en otra parte; si tú le empiezas a chiflar o a pegar, él también ya te pegó, porque no tenía la culpa, él iba pasando y no sabemos si era una persona a la que le hiciste mal. A lo mejor tú de travieso te metiste en su camino, pero ese camino es de él, tú no puedes pasar por donde va él. Ahora, si inmediatamente empiezas a ver que esa persona no va a ninguna parte, no te espantes, es que ese difunto viene siguiéndote a ti.


Segundo relato
Nosotros en la casa siempre celebramos el 1 y el 2 de noviembre, pero los muertos llegan todo el mes y se van hasta el día 30. Aquí muchos dicen que algunos de los muertos llegan el 1 y los demás llegan por la noche, como en la madrugada, para amanecer el día 2. Otros llegan a las doce de la noche. Dicen que se concentran en la iglesia, llegan y se arrodillan  y hacen su oración. Ya para el siguiente día, el día 2, se distribuyen en las casas de sus familiares  y ya se van de visita. Por eso el día 2 es cuando  se hace más la ofrenda, porque se supone que es cuando  ya se distribuyen y se van a las visitas.
También dicen los señores que algunos se adelantan para llegar el día 1, pero tienen que esperar a los demás, tienen que esperar a sus compañeros para que se distribuyan juntos para las visitas.
El día 2 es cuando se acostumbra más hacer la ofrenda, porque la idea de mucha gente es que el día 2 es cuando  ya están todos aquí en la tierra. También para el día 30 todas las casas hacen ofrendas  porque es el día que los difuntos se van, ese día se pone una bola de pozol, de chorote o pozol blanco. Ese día se deja más tiempo la comida ahí en el altar para que las ánimas la lleven y la consuman en el camino.
Muchos acostumbran poner en la ofrenda puro tamal o también comida, un caldo de maíz que llamamos uliche. A las ánimas les gusta también el pavo, aunque no todos lo ponen en la ofrenda. Cuando el patrón o rezandero ofrece la ofrenda, generalmente lo hace a los muertos, a las ánimas y a los santos; para nosotros las ánimas también son poderosas, pues ellas pueden enviar todo lo que se les pide. Según los señores más grandes, las ánimas están en el cielo, aunque también consideran que hay ánimas que no lo están. Para mi familia todas las ánimas están en el cielo y ahí están todos juntos, buenos o malos.

El ánima sola es diferente. El ánima sola es aquella persona que ha muerto pero nunca tuvo familiares, nunca tuvo hermanos; o sea que desde que existieron en la tierra andaban solos. Entonces llegó el momento que fallecieron y ya se fueron solos al cielo y andan solos. Cuando llega el día 1 o el día 2 no tienen a dónde dirigirse en la tierra, entonces, como nosotros no vamos a otra casa si no tenemos familiar porque da pena que lo inviten a uno, ellos [las ánimas solas] dicen que también tienen pena de ir a donde no los conocen. Por eso, cuando  se hace la ofrenda, también se invoca a las ánimas solas para que compartan con los demás todos los alimentos.


Tercer relato
Era un cuento que me platicó mi papá en el que había un patrón [al] que siempre le gustaba ir cuando lo invitaban a ofrecer alimentos en las casas el día de los muertos. Antes, siempre se acostumbraba hacer ofrendas con pavo porque había muchos animales, pero había casas donde no tenían pavo y nada más hacían ofrenda con pozol. Entonces, ese señor aceptaba ir a ofrecer [los alimentos] siempre y cuando se hiciera algo importante, o sea, pavo o carne. [Si los miembros de la casa hacían la ofrenda con] pozol no aceptaba ir, pues era un señor que nada más se acostumbró a eso.
Después dijo que había un chavo como de siete años que se molestó porque ese señor (el patrón), tenía esa costumbre, y entonces le empezó a caer mal. Luego el papá de ese chamaco le dijo:
—¿Sabes qué?, mañana vas hablar al patrón para que venga aquí a la casa a ofrecer alimentos.
Pues aceptó el chamaco y se fue, pero le dice al papá el chamaco:
—Pero si le digo que nada más es con pozol no va a aceptar.
—Bueno, si pregunta dile que va a ser con pavo, y si no pregunta no le digas nada.
Cuando ese señor va a las casas espera que después le manden una cubetada de comida cuando termina  de rezar, aparte de la que come en cada casa. Así, cuando  está invitado, en su casa no come nada ni toma nada de pozol, para que en la ofrenda aproveche, y ya cuando le mandan la comida a la casa su pobre mujer no va tocar nada hasta que él llegue. Él va a revisar si lleva todas las cosas del pavo, por ejemplo, el hígado; todo eso para ver si está completito. Si no va todo pues se enoja y la próxima vez que vaya esa persona a invitarlo a ofrecer los alimentos en el altar, pues ya no va. Entonces, la señora tiene la costumbre de esperar a su marido hasta que llegue para repartir la comida, porque él la va a revisar. Claro que a mucha gente [eso] le cae mal, pues cuando van los chamacos a invitarlo él les pregunta con qué va a ser la ofrenda, y el [muchacho] le tiene que decir si es con pavo.
Bueno, entonces mandaron al chamaco y [al llegar a la casa del patrón] le dice:
—Me mandó mi papá para ver si vas mañana  a la casa a ofrecer la ofrenda.
—Bueno —dice—, ¿y qué cosa se va comer?
—Pues van a comerse dos pavos.
—¡Ah, bueno! Entonces mañana me esperan a las diez de la mañana.
—¿Como a esa hora va a estar listo?
—Sí, a esa hora voy a estar listo.
—Está bien.
Así se puso contento el patrón porque ya sabía que iba a aprovechar, entonces le dice a su señora:
—¿Sabes qué?, mañana voy a ofrecer y aquí no voy a comer nada.
Pues al otro día se fue sin comer nada y llegó [a la casa a la que lo habían invitado] y entonces le dice el señor:
—¿Sabes qué?, pásame las hojas donde se va a poner la comida y el pozol y todo eso. Entonces se levanta el señor, el dueño de la casa, y le dice:
—Pero señor, ¿para qué [quiere] hojas?
—Pues me dijo su hijo que iba a ser con pavo.
—No señor, disculpe, pero es que el chamaco quizá lo engañó, le echó mentiras. Aquí nada más va a ser con pozol porque no tenemos pavo.
—¿Y entonces por qué me engañó y me dijo que iba a ser con pavo?, no hubiera yo aceptado.
Dicen que en ese tiempo la ley era muy fuerte,  era condenar a la persona que echaba mentiras a la gente grande.
—Entonces me engañó su hijo. ¿A dónde está su hijo?
—Pues el chamaco se fue a huir —le contestó el padre, pero ya estaba de acuerdo con él y le dijo que se quedara en la casa, porque si no el patrón le tenía que dar la orden al papá que lo agarrara para darle sus cuartazos. Así era la orden.
 —Pues no se dónde se metió —contesta el papá—, creo que se fue a huir, pero yo no lo vi.
—Esto no se va a quedar así, quiero que delante de mí, hincado en mis rodillas, le dé sus cuartazos.
—No te preocupes, señor, ya va a venir. Yo lo voy a castigar.
—Bueno, yo quiero que lo castigues, de lo contrario ahorita mismo voy al municipal, lo mando llamar y yo mismo lo voy a castigar.
—No te preocupes, señor, ya va a venir, yo lo voy a castigar.
—Está bien.
Pero nada más lo engañó porque no lo iba a castigar, y el patrón se fue muy indignado porque lo había engañado. Así dijo el señor cuando se fue el viejito:
—Ese señor ya está acostumbrado, si no es con comida no va. Tú di que fue engañado.
Así fue la plática.

DE OFRENDAS, ALTAR ES Y DIFUNTOS ENTR E LOS XI’ÚI  DE QUERÉTARO
La población xi’úi5 que habita en el norte del estado de Querétaro se ubica principalmente en el municipio de Jalpan  de Serra, en las localidades aledañas al pueblo de Tancoyol. Es un área de parajes serranos mediada por  una agreste  geografía en la que se  encuentran enclavadas  las comunidades  de Las Flores,  Las Nuevas  Flores,  El  Rincón,  El  Pocito  y San Antonio Tancoyol.  La población xi’úi es menor en porcentaje a la población mestiza de esta región. La convivencia entre ambos grupos ha conformado, sin embargo, una cultura regional compleja en la que dominan los elementos culturales mestizos respecto a los xi’úi. Pese a que los miembros de este último grupo se encuentran en inferioridad numérica, los pames han logrado mantener en distintos niveles el uso de su lengua, reproducir un conjunto de estructuras culturales que les permiten manifestar su especificidad  frente al resto de la población no indígena, así como una identidad propia. En efecto, hoy sus sistemas de creencias, su organización parental y su cosmovisión son elementos que reflejan, por ejemplo, su largo tránsito por la historia de la zona y un dinamismo que se ha sostenido a pesar de su inestable ubicación.

Como ya hemos documentado en otros trabajos, la población pame de esta zona procede de antiguos grupos parentales que se desplazaron  de Santa María Acapulco  (San Luis Potosí) hacia la región norte de Querétaro. Los actuales núcleos poblacionales son herederos, por consiguiente, no sólo de una tradición organizativa configurada en el contacto con la población no indígena,  sino de las  prácticas  culturales  inherentes  a la subregión más meridional de la pamería contemporánea. Dicha situación podemos observarla claramente en las concepciones que guardan respecto al entorno natural y comunitario,  en sus sistemas  de aprovechamiento del medio ambiente, en su tecnología y, particularmente, en sus ciclos de celebraciones rituales.
Al igual que sus coterráneos  de Santa María Acapulco, los pames de Querétaro hoy celebran de manera preponderante a la Virgen de Guadalupe (12 de diciembre), el día de la Santa Cruz (3 de mayo) y el periodo dedicado a los muertos (comprende varias fechas de noviembre). Aunque no vamos a ahondar aquí en la importancia de todas estas celebraciones, sí queremos señalar que ninguna de las actividades  rituales  que se realizan  en estas comunidades  está  exenta de la influencia de ciertos  patrones  rituales precedentes que subyacen en los nuevos asentamientos, ni de la ideología religiosa que sustentan los habitantes de Santa María Acapulco.
La peculiar historia migratoria de los pames que salieron de esta última población hacia los territorios contiguos, es, sin embargo, un factor determinante en el proceso de construcción de los grupos o comunidades xi’úi que se formaron  durante el siglo XX en el municipio de Jalpan de Serra, pues modeló a cada población a partir de circunstancias sociopolíticas y culturales  particulares,  situación  que se ve reflejada en la configuración actual de dichos asentamientos.
Los relatos que aquí presentamos fueron recabados en la comunidad de Las Nuevas Flores, último y más reciente bastión de la pamería queretana. No obstante su conformación más o menos reciente (1995), es una localidad que congregó a viejas familias x’úi procedentes de una comunidad cercana de igual nombre (Las Flores), en la cual se excluyó a las familias  mestizas con las  que compartía el antiguo asentamiento.  Hoy,  al igual que sus antepasados, los miembros de esta comunidad mantienen vivo el culto a los muertos, mediante una sencilla celebración que realizan durante el mes de noviembre, dentro de la cual la construcción del altar ocupa un lugar central.
Los preparativos para montar los altares inician los dos últimos días del mes de octubre y continúan todo el mes de noviembre, periodo en el cual es posible identificar tres momentos de singular trascendencia: el primero comprende del 1 al 3 de noviembre; el segundo, del 8 al 9 del mismo mes; y el tercero se circunscribe al día 30, fecha en la que se despide a los difuntos.
Tanto el altar como la ofrenda son preparados detalladamente por los pames para recibir a los angelitos y a los adultos en su “morada”. El montaje de ambos es un proceso detallado en el que se pone de manifiesto la importancia de la elaboración de la comida, los materiales utilizados y la manera de recibir a los difuntos en cada hogar indígena. No obstante que las comunidades de la región se han conformado  a partir de distintos procesos socioculturales, la mayoría de sus miembros comparte, sin embargo, ideas y conocimientos  comunes  acerca de los procesos organizativos  de esta celebración.
Los siguientes  relatos fueron recabados en noviembre de 2001 en la comunidad de Las Nuevas  Flores, Querétaro,  ambos de mujeres adultas que han mantenido con particular fortaleza numerosos saberes de orden colectivo que han pasado de Santa María Acapulco a Las Flores, y de este lugar a su actual sitio de reproducción. Al igual que en los relatos chontales que hemos incluido previamente, sorprende encontrar en uno de los dos textos xi’úi, aquellos contenidos temáticos de carácter prescriptivo alusivos a las diferentessancionesquelosrenegadosdelareligiónindígenapuedenpadecer ante el incumplimiento de los deberes rituales de naturaleza comunitaria que les corresponden. En efecto, en la concepción de los chontales y mestizos de Tabasco la falta de devoción hacia los muertos o el olvido de las tareas ceremoniales para recibirlos, suele propiciar enfermedades, distintos tipos de calamidades (como la pérdida de las cosechas) y locura en el individuo; también es una razón para ser objeto de espantos, sustos y robo de objetos preciados  e, incluso, la muerte. Entre los pames pareciera ser este último desenlace el que puede prevalecer en los distintos relatos, tal y como lo veremos en el que a continuación inicia.
Finalmente,  el texto que concluye este  artículo es  un interesante relato sobre la elaboración de las ofrendas y las razones por las que deben permanecer todo el mes de noviembre.  En  él no sólo  se habla de las principales ideas que los pames tienen sobre los muertos, sino también sobre otro paralelismo que guardan con los chontales relacionado con la acción de soñar a los difuntos como un anuncio de su llegada a las comunidades.


Primer relato
Un día de muertos había un señor que tenía otra mujer, era una querida; ese señor no quería hacer nada de ofrendas para sus papás que venían a visitarlo. Entonces, dijo la señora:
—Vamos a hacer tamales para esperar a tu papá y a tu mamá, y a mi mamá y a mi papá.
Luego, dijo el hombre:
—Si quieres hacerlos hazlos, yo por mi parte no hago nada.
La señora se quedó con sus hijos llorando, tenían [dinero] pero aquel señor no quería hacer nada. La señora llorando se pone a hacer los tamales de chamal con verdolagas fritas, así nomás; ella andaba llorando y les hablaba a los muertitos:
—Bueno mamá, me perdonas por lo que voy a dar de comer, a mí no me dejan hacer lo que quiero; habíamos dicho que íbamos a matar un guajolote y a hacer el nixtamal pero mi señor no quiso hacer nada, así que se fue a pasear a otro lugar.
Ella llorando puso  sus ofrendas  y aquel hombre se  fue a ver a la otra mujer. Cuando venía de ver a la otra mujer escuchó por una veredita que venían unas personas platicando y corrió y se escondió. Él quería que pasaran los señores que venían hablando y nunca pasaron. Entonces oyó [a los muertos] que eran su papá, su mamá y los suegros, y entonces dijeron:
—Mi yerno no quiso hacer nada, no quiso hacerme tamales y tiene con qué, pero no quiso. Mejor decidió venir a ver a la querida.
Escuchó lo que habían dicho su suegra y su suegro.
—Pero eso sí —dice [el suegro]—, no va a durar, nos lo vamos a llevar pa’ cargarle los tamales; pa’ que vea que él no se va a quedar; [él] hace sufrir mucho  a su esposa; mi hija quería hacer [los tamales] y él no quiso.
Entonces [el señor dijo]:
—¡Híjole! —y que le arranca pa’ su casa a decirle a su esposa que ahí venían su papá y su mamá—. Ellos dijeron que me van a llevar, que me van a cargar los tamales porque yo no quise hacer nada. Ahorita vamos a hacerlos, pon el nixtamal rápido y yo voy agarrar el conche (guajolote) y lo matamos.
[En] eso, que se sube al tapanco para bajar la mazorca, pa’ desgranar, y ya cuando iba pa’ arriba de ahí mismito se cayó y se murió. [Así] el caldo que tenían en la lumbre ya no fue pa’ los tamales sino para su velorio.
Entonces, la señora no hizo tamales para los muertitos sino el caldo pa’ los que iban a velar al muerto. [Él] se murió a causa de que no quiso hacer tamales pa’ sus muertos.


Segundo relato
Mire, para celebrar la llegada de los muertitos uno se prepara desde dos días antes, o haga de cuenta que si hoy es miércoles, primero de mes, empieza a poner su ofrenda desde el lunes. Primero uno va a buscar los palos y los orcones al monte; tienen que ser esos porque de otros palos no se doblan. Según la creencia de mi apá el altar tiene que tener un techito con la forma de un arco y esos palos sirven porque son buenos para eso.
Bueno, ya que los consiguió empieza usted a poner su altar; dobla los orcones, los entierra en cuatro esquinas y hace como una mesita. Luego de que ya tiene los arcos, los tapa con pura rama o si tiene nylon de color, pos le pone ese, el chiste es que tape el techito. Después, se consigue  los arreglos que le va a poner a su ofrenda. Si tiene dinero pos compra flor de cempoalxóchitl; si no tiene, se trae unas florecitas del monte o lo que encuentre y usted se lo cuelga a su altar.
Hay gentes que le ponen huapilla o cucharilla a su altar, esa es la flor del maguey. Eso sí, nomás  que es bien trabajosa para arreglar, corta bien feo las manos, hay que saberla hacer y pos no todos tienen la paciencia; pero de esa también se le cuelga al altar.
Bueno, digamos que si usted no es huevona  se va a levantar como a las tres de la mañana y va a empezar a hacer atole. Puede ser atole de teja, de harina de sabores, de elote o de puro maíz, y si no tiene siquiera para el atole pus nomás hierve leche, así pura leche hervida, y entonces, cuando la tenga lista, lo va a poner al altar y lo pone junto con la imagen de la Virgen de Guadalupe y unas veladoras. También puede poner frutas o pan dulce y se va a amanecer con el atole y todo puesto allí en el altar; esa ofrenda es para los puros niños, es como para los puros angelitos, no es para la gente grande. Y llegado el primero en la mañana, ya que madrugó, si quiere puede tomar también atole y así lo mismo va a hacer para los grandes.
Como le decía, para el 2 de noviembre se levanta igual en la madrugada y se pone hacer los tamales de guiso. Primero pone a cocer bastante nixtamal, como unos dos dobles; le hecha cal a su cubeta y lo pone en el fogón a que se cueza. Luego, por un lado ya tiene la hoja de maíz y la remoja a que quede media blandita; no la vaya a dejar mucho rato porque se rompe la hoja y al pasarle la masa se va a salir por los hoyitos. Bueno, ya que usté tiene el nixtamal bien cocido se agarra  a moler, a puro moler en el molino y a repasar la masa en el metate; para esto usté ya tiene que tener el pollo listo. Si es pollo en pie, lo mata, le saca las tripas y todo, lo limpia bien limpiecito, le corta todo bien y pone su caldo.
Ya que la carne está bien cocida usté la va a guisar con el mole rojo. Para  hacer el guiso primero limpia bien los chiles,  luego los muele en molino o en licuadora, con unos jitomates, ajo, cebolla y comino, y ansinita de agua. Luego lo fríe, así, todo bien frito. Y ya que tenga su guiso y la carne agarra la hoja de tamal, y ya que esté bien buena su masa de sal, la embarra bien aplastadita a la hoja del tamal hasta que quede bien delgadita. Luego le hecha la carne, el guiso y envuelve bien el tamal y los va formando en la cubeta para cocerlos.
Le digo que no se le olvide que los tamales  no deben quedar ni chumpleados [aplastados] ni boludotes, los tamales deben de ser chiquitos y delgaditos. Ya que estén sus tamales, sus atoles y todas sus ofrendas  se las pone en la mera madrugada a sus muertitos. Si usted quiere poner frutas, gorditas de leche agria, cuiches (tamales dulces) o lo que usté tenga pos se lo pone. Ora que si no tiene dinero para hacer todo esto pos nomás haga un guiso; da vergüenza poner esas comidas  pero ya ve que uno no puede dejar de poner ofrenda.
Bueno, mi amá nos decía que se tiene que poner todo calientito porque es el resuello [aliento] de los muertitos el que se come todo. Es por eso que uno tiene que tener todo listo para esas horas, porque se tiene la creencia de que los muertitos vienen de entre las veredas y cada cual llega a su casa a descansar. A veces uno sueña con la gente o algún conocido, o cuando uno se encuentra con una arañita chiquita eso significa que la van a venir a visitar. Así pasa con los muertitos, a veces uno los sueña, pero no se crea que uno sueña a un fantasma, más bien en el sueño se aparece la persona así como si estuviera viva.
Luego, para el 3 de noviembre, hay quienes tienen para pagar misa en el panteón; usté le lleva flores y comida a su muertito, le prende unas veladoras y si no batalla en conseguir a los músicos, pos le lleva unos minuetes. No siempre se lleva la música porque es bien trabajoso conseguir quien toque, y menos después de ver cuánto le van a cobrar a uno. Si usté toca el violín pos puede tocar, pero no todos lo hacemos. Por ejemplo, por aquí por estos ranchitos hay que mandar traer gente del Rincón o de por allá más lejos. En algunos  altares se trae a la música y les ofrece a los músicos tamales y aguardiente o cualquier alcohol, el chiste es que amanezcan tocando. Se agarran a tocar puras piezas bien suavecitas, esa es la música que debe de ir en las velaciones, en los cabos de años y también para los muertitos.
Algunos tienen la costumbre de repetir la ofrenda para el día 8 y 9 (una semana después del 1 de noviembre) y se vuelve a hacer todo: se preparan los tamales y las gorditas dulces, se ponen comidas y hay que velar a los muertitos. No todos tienen dinero para hacerlo, pero lo que sí es que se debe preparar todo para final de mes (30 de noviembre), poner una ofrenda toda junta y hacer comida para angelitos y grandes. El altar no se debe quitar antes porque desde ese día (1 de noviembre) vienen los muertos y se quedan todo el mes y el altar les sirve de casa. Digamos que es como su hotel, donde llegan un tiempo y después  se van. Esa es la creencia que se tiene, así nos contaba mi apá. Por eso es que los altares tienen que estar dentro o afuera de su casa, cerquita de usted para que se de cuenta cuándo llegan ellos y ponerles sus comidas.

CINCO LEYENDAS


EL HOMBRE QUE  NO PUSO OFRENDA
Había un señor que no quería hacer Todos Santos, decía que no era cierto, que no vienen, y se burlaba de que los demás sí creyeran. El día de Todos Santos se fue al monte por leña y allá lo espantaron los muertos. Que le dicen: “¿Por qué otros nos están dando y tú no? A otros amigos les están dando su comida, sus tamales, hay todo, ¿y por qué tú no vas a hacer nada?”
Todavía llegó a su casa con trabajos y pensó: “Sí es cierto lo que dicen, hay que hacer Todos Santos”.
Pero ya era tarde, ya se estaba muriendo. Ya se apuraron  a buscar pollo y cosas, pero de qué servía. Se murió en el monte porque no quiso hacer Todos Santos. Allá lo espantaron. Por eso es que toda la gente ya hace Todos Santos.

EL HOMBRE QUE  NO RESPETÓ EL DÍA DE DIFUNTOS
En cierta ocasión, un hombre no respetó el día de difuntos. Se trataba de un hombre que no quería perder un solo día de trabajo en su parcela. Así que cuando llegó la fecha de celebrar el día de difuntos se dijo: “No voy a perder mi tiempo en este día, debo ir a trabajar a mi parcela, cada día debo buscar algo para comer y no voy a gastar mi dinero para esta fiesta, que además me quita mucho tiempo.”
Así que se fue a trabajar al campo, pero cuando estaba más ocupado escuchó una voz que salió del monte y le decía: “Hijo, hijo, quiero comer unos tamales (kuatzam).”
El hombre se quedó muy sorprendido y pensó que era su imaginación  la que le hacía oír cosas, pero poco después escuchó claramente otras  voces,  como de personas que conversaban entre sí y lo llamaban por su nombre; reflexionó sobre lo que estaba sucediendo y comprendió que eran voces de su padre y familiares difuntos que clamaban por las ofrendas que les había negado.
Inmediatamente dejó su trabajo y regresó corriendo a su casa; ahí le dijo a su mujer que matara unos guajolotes e hiciera unos tamales para ofrendarlos a sus difuntos en el altar familiar.
Mientras la mujer trabajaba sin cesar en la cocina preparando  las ofrendas, el hombre se acostó a descansar por un rato. Cuando todo quedó listo fue la mujer a despertar a su esposo. No logró despertarlo, pues el hombre estaba muerto; aunque había cumplido con lo que pedían sus familiares difuntos, estos de todos modos se lo llevaron.
Es por eso que en la Huasteca se cree que es una obligación preparar ofrenda para los difuntos; de esta forma se les complace  y se comparte  junto con ellos la alegría que se vive en familia.
Por eso nunca se debe dejar de ofrendar  a los muertos el 2 de noviembre; se prenden cohetes y bombas para que su ruido espante al demonio; también se encienden  velas para que iluminen el camino al difunto. Si a éste le gustaba mucho el aguardiente, por ejemplo, se le debe comprar y poner en el altar para que lo tome.
Estos ritos son obligatorios, porque si no se celebran  es muy posible que los muertos se lleven al dueño de la casa.

LA FIESTA DE TODOS SANTOS
Dispensen, les voy a contar un cuento. Es de hace tiempo, de un señor en un día de Todos Santos, que es cuando vienen los difuntos, las ánimas, a visitarnos pueblo por pueblo, en todas las casas. Él dijo: “Yo no creo que vengan las ánimas  de los difuntos. No lo creo, no vienen, son mentiras, yo no tengo tiempo, yo voy a trabajar (le dijo el señor a su esposa); yo voy a esperar a mi papá con una jícara de enchiladas,  él siempre comía ramas de wax tierno. Eso le voy a poner en el altar”. Y así lo hizo.
Bueno, pues se fue a trabajar; trabajó todo el día, el mero día de Todos Santos, el día de los grandes, de los mayores, porque primero es el día de los chicos, dicen. Amaneció, se fue a trabajar, estaba trabajando duro y de pronto se escuchó ruido de gente que platicaba en el camino. Pasaban muchos, iban contentos, unos cantando,otros   bailando  contentos;   vio que  pasaban  muchos,  llevaban canastas en la cabeza y cargaban chichihuites en el hombro, todos llevaban regalos, las ofrendas  que habían recibido. Unos llevaban racimos de plátanos, manos de plátanos. Las señoras iban cargando en la cabeza canastas con tamales; llevaban tamales chicos y grandes, llevaban atole, lo cargaban en cántaros, lo llevaban en jarros;  otros  llevaban mazorcas  en mancuernas, todos iban muy contentos.
Entonces el señor pensó: “Ya veo que esas personas no son gente de verdad, porque no las conozco; van otros señores que hace años he visto. Pobre de mi papá”, dijo, y pensó que venía su papá. En ese momento vio venir a su papá,
quien llevaba al hombro la rama de wax tierno. Su mamá  llevaba  en la cabeza una jícara de enchiladas, tapaditas, así como debe de ser, eso llevaban sus papás, el señor se entristeció.
“Ahora ya lo creo, todos los difuntos, todas las ánimas vienen”, dijo, y entonces los llamó: “Papá, papá, mamá, mamá quiero hablar con ustedes, yo no creía. Dispénsenme, yo no sabía que ustedes venían a visitarme; ahora veo que de veras es cierto. Hagan el favor de esperarme un poco, voy a hacer también una ofrenda grande, ahora ya sé que de veras vienen.”
“Pero nosotros no podemos —contestó el papá— yo ya me voy, nosotros ya nos vamos, pero si quieres verme y dejarme la ofrenda, hazla, te espero en el portal de la iglesia, allá te espero mañana, antes de que empiece la misa.”
Bueno, entonces eso fue lo que hizo el señor, regresó a su casa. Mató puerco y pollos e hizo tamales  grandes.  Puso el altar;  estuvo preparando ofrenda toda la noche para que cuando amaneciera la gente fuera a hacer el
rosario, a rezarle a las ánimas de sus papás.
En el momento que terminó sus quehaceres, sintió  que le dio cansancio y le dijo a su esposa: “Voy a descansar,  así tan
pronto cuando estén ya cocidos los tamales pruébalos y avísame. Cuando termines despiértame, vamos a llamar al rezandero y vamos a rezarles. Voy a ir a dejar la ofrenda allá donde me va a esperar mi papá.” Y el hombre se fue a descansar a su cama; descansó y como a la hora le fueron a hablar, pero el hombre ya no estaba con vida. Estaba muerto. Murió en su cama. Cuando la señora vio finado a su esposo, avisó a los vecinos, a los familiares.
Los tamales y la ofrenda que se hicieron para su papá se los comieron los que ayudaron a enterrar al difunto.


EL QUE  NO QUISO PONER OFRENDA
Maximino del Ángel Bautista, joven artesano y músico jaranero de la Danza de los Viejos, nos cuenta un mito de cómo un hombre, que descuidó sus obligaciones para con los muertos de su familia, se encontró en el camino con los difuntos del pueblo, entre los que iban sus padres ya fallecidos, cuando regresaban tristes por no habérseles recibido con ofrenda como a los demás. De regreso a su casa, el hombre quiso ofrendar un puerco en tamales, por lo que se puso a trabajar muy duro y al terminar se dispuso a descansar, pero los tamales sólo sirvieron para su propio velorio, pues cuando lo fueron a ver ya estaba muerto.




EL QUE  NO CREÍA EN TODOS SANTOS
Un hombre vivía solito,  ya no tenía mujer, pero un día se casó con una viuda, la que heredó de su difunto esposo algo de bienes, pues no era muy pobre aquel difunto;  por lo tanto, su mujer tenía bastantes marranos, guajolotes y gallinas.  Al  llegar Todos Santos  le dijo a su mujer:  “No  vas  a  matar nada,  ni siquiera un pollo. Así nomás  la vamos  a pasar  en Todos  Santos,  no vamos a comprar nada,no hay dinero con qué comprar. Si hay lo que hay,  ahí que estén,  no es  cierto  que  vienen en  Todos  Santos  los que  ya  han  muerto.
¿Quién los ha visto, si es cierto que vienen? Nomás dicen. No es cierto que vienen. ¿Cuándo van a volver si ya están podridos?” Le dijo a su mujer: “Vas a ir a cortar lo’e y eso es lo que vas a guisar, si quieres poner ofrenda”. El hombre se fue a su milpa y la mujer fue a cortar lo’e; empezó a guisar y al terminar puso su ofrenda en el altar. Cuando ya estaba terminado el Todos Santos, venía solito el hombre en el camino de regreso de su milpa y ahí por donde pasaba había otro camino que era el del camposanto. Al momento oyó que hablaban preguntándose unos a otros lo que llevaban. Uno dijo: “Yo encontré mi casa muy bonita, traje mi ropa, mi pañuelo, ¿y tú?” “¿Yo?, me fue bien, me dieron todo lo que ellos tienen”. Y preguntaron al otro: “A mí no me dieron nada, nomás esto me habían puesto; pero a ver si tardan en vivir”, hablaba, y esa voz se oía con tristeza, bien se oía que lloraba esa persona.
Aquel hombre que había ido a la milpa escuchaba todas las palabras y oyó que era la voz del hombre que había sido marido de su mujer. Lo que llevaba aquel difunto se oía bien que todavía estaba hirviendo y algunos de sus compañeros le decían que lo aventara y ellos le convidaban un poco de lo que llevaban. El hombre, al escuchar y reconocer aquella voz, marchó para su casa y al llegar le dijo a su mujer: “Pon a calentar el agua, vamos a matar al marrano.” Empezó a arreglar y adornar su altar; al terminar mató a su marrano; su mujer empezó a moler e hizo tamales y luego luego pusieron la ofrenda al anochecer. Al siguiente día, al amanecer, aquel hombre no se levantaba y cuando lo fueron a ver ya estaba muerto. Es porque no quiso que pusieran ofrenda y aunque lo hizo después ya no le valió porque ya se habían ido aquellos difuntos. Y ahora, por muy humilde que la gente sea, siempre se ponen ofrendas en el altar.




NOCHE DE MUERTOS EN MICHOACÁN reflexiones sobre su manejo como recurso turístico cultural
CARLOS ALBERTO HIRIART PARDO


PATRIMONIO CULTURAL
El  nombre de Michoacán recuerda entornos  culturales  y paisajes  que lo ubican como uno de los más agraciados de la República Mexicana. El estado ha sido referencia obligada de muchos viajeros en el transcurrir de la historia,1 y de quienes han evocado y escrito sobre las fascinantes imágenes de la naturaleza,  de climas variados,  de lagos y montañas,  de fiestas  y tradiciones, así como de sitios con alto valor cultural tangible e intangible, significativos en la formación no solamente de Michoacán sino también de nuestro país.
En los inicios del siglo XXI podemos observar cómo en Michoacán las comunidades han conservado fiestas y tradiciones, celebraciones religiosas, una producción artesanal y una gastronomía notable, así como un patrimonio edificado herencia de las épocas prehispánica, colonial, independiente y de reforma. Todas tienen representación en zonas arqueológicas, en ciudades coloniales que se han adaptado al paso del tiempo y en poblaciones típicas que junto con sus festividades ancestrales perduran, a pesar de los desequilibrios  urbanos,  sociales  y económicos,  y de la folclorización y banalización que las han impactado en el transcurso de las últimas cuatro décadas del siglo XX.


TRADICIONES Y CELEBRACIONES CULTURALES INMATERIALES DEL PUEBLO MICHOACANO
El  profundo sentido  religioso  del pueblo michoacano dio  origen a la veneración de imágenes que considera milagrosas, algunas de las cuales fueron elaboradas en la época colonial con técnicas prehispánicas, como las imágenes  de pasta  de caña de maíz,  técnica que aún se trabaja en comunidades indígenas de Tupátaro en el municipio de Angahuan y que representan, junto con muchos otros objetos (pinturas, retablos, artesones, elementos del arte sacro, etc.), el patrimonio mueble de Michoacán. También reconoce como uno de sus elementos patrimoniales más relevantes y de alta demanda como recurso cultural la festividad de la Noche de Muertos, que desde hace más de cuatro décadas distingue a Michoacán como polo de atracción cultural para visitantes o turistas.
Las fiestas y tradiciones de cada comunidad michoacana son producto del sincretismo religioso propio del país. Lo mismo se venera  a un santo patrono que una imagen en especial o parte del recuerdo de un rito ancestral, con celebraciones en las que se unen costumbres  prehispánicas con las conmemoraciones religiosas de la Colonia. Lamentablemente, muchas de estas tradiciones, que forman parte del patrimonio cultural intangible, muestran  un proceso folclorizante resultado  de las políticas  públicas de los últimos 20 años, que privilegian al turismo como factor preponderante, supuestamente  para el desarrollo  de las  diversas  comunidades,  como es el caso de la región purépecha, vinculado a la explotación de fiestas y tradiciones. El ejemplo más notable de este proceso  es la festividad de Noche de Muertos.
La festividad de Todos Santos, que ha sido incorporada y promovida agresivamente en las políticas turísticas del estado y de los municipios, en la actualidad presenta una paradoja preocupante como recurso cultural y turístico a la vez. Por una parte representa la oportunidad única de apreciar el rito a la muerte propio de la identidad cultural de las comunidades  indígenas, que se conjunta con la sensibilidad de los artesanos locales, quienes en los festejos de la Noche de Muertos elaboran adornos de papel picado, alfombras de flores y arreglos de guirnaldas que embellecen a las tumbas, calles, templos y lugares en donde se realizan los rituales, en una costumbre sumamente enraizada y sobre todo viva, como parte de una fuerte idiosincrasia cultural de las comunidades michoacanas. Por otra parte, muestra el conflicto permanente y la dualidad que trae consigo el turismo basado en la explotación mercantil inmoderada del patrimonio tangible e intangible, así como la falta de directrices, principalmente de los ayuntamientos, para buscar un manejo racional de la festividad y de los espacios patrimoniales tangibles que acogen el ritual durante los primeros días de noviembre.


La Noche de Muertos
La Noche de Muertos, patrimonio intangible de México y de Michoacán, ha sido  inscrita como parte del  Patrimonio  Cultural  Inmaterial de  la Humanidad por la UNESCO.2  Esta celebración, bien conocida en todos los ámbitos culturales nacionales e internacionales, en Michoacán  se celebra principalmente en la región de la cuenca del lago de Pátzcuaro. Abarcando aproximadamente 21 poblaciones,  inicia,  como es  tradición,  desde  los últimos días de octubre con presentaciones artísticas y festivales culturales; en el caso de Pátzcuaro, comienza con el tradicional Tianguis Artesanal, que se instala el 31 de octubre y que congrega sobre todo a los artesanos de la región.
El culto a los muertos, en particular como ceremonia pagano-religiosa, se desarrolla  en el transcurso de la noche del día 1 de noviembre al amanecer del 2 de noviembre. Durante este espacio de tiempo los habitantes de las comunidades colocan los tradicionales altares en sus casas y acuden por la noche a los cementerios para decorar con flores y velas las tumbas; ofrecen alimentos y bebidas, y sobre todo platican, rezan y recuerdan  a sus difuntos. Esta celebración convoca a una multitud de visitantes procedentes de todo el país y del extranjero, a quienes les es vendida  o promovida la Noche de
Muertos como un producto turístico cultural de alta demanda.


En retrospectiva, encontramos que esta festividad se ha convertido en uno de los íconos para fomentar el turismo en Michoacán desde el periodo gubernamental de Carlos Gálvez Betancourt (1968-1974), a partir del cual se proveen recursos del sector público estatal hacia diversos ayuntamientos y comunidades  principalmente de la ribera del lago de Pátzcuaro.  Ello ha propiciado,  más que una celebración tradicional local,  impulsar una escenificación para los visitantes en la cual prácticamente al día de hoy se ha trasformado la autenticidad de una tradición, implantándole toda una serie de actividades complementarias para satisfacer las demandas  de los turistas triviales, como festivales de música de rock, tianguis de productos ilegales, supuestas ferias de pueblo y vendimias populares en las cuales la venta y el consumo de alcohol aparece como una actividad constante y altamente lucrativa.


La Noche de Muertos y el turismo
Sin  duda alguna,  la riqueza del patrimonio cultural y monumental de Michoacán  es uno de los recursos más utilizados para generar una política turística desde finales del siglo XIX y continuar con su promoción durante los siglos XX y XXI. Según datos del Inventario de Recursos y Atractivos Turísticos, recabados desde 1996, las manifestaciones culturales tangibles e intangibles representan 31% de los atractivos turísticos del estado.3
En este inventario, los municipios que cuentan con mayor número de atractivos culturales registrados son Morelia con 66 y Pátzcuaro con 26. En ambos  destaca el patrimonio monumental urbano y arquitectónico, así como el patrimonio cultural intangible, sobre todo la festividad del Día de Muertos.
Esta  festividad,  que acoge el culto a la muerte en la región y en los municipios de la cuenca del lago de Pátzcuaro principalmente, se ha mantenido como un patrimonio colectivo desde épocas ancestrales. El rito de velación, como parte de esta conmemoración, prevalece en lo esencial aunque con variaciones poco perceptibles entre una comunidad y otra.
Sin embargo, como ya observamos antes, en las últimas décadas del siglo XX ésta y otras fiestas y tradiciones son utilizadas en muchos casos por un turismo desmedido, cuya característica principal es la explotación comercial alejada de toda sustentabilidad  cultural o natural,  que actualmente pone en grave riesgo  la histórica conmemoración,  visiblemente degradada en los últimos años por los festejos triviales masivos y por la comercialización  excesiva de los espacios públicos, principalmente en las dos poblaciones de mayor demanda que son Pátzcuaro y Tzintzuntzan.
Sin duda alguna, es evidente la transformación y degradación de esta práctica prehispánica que hoy se encuentra al límite de su sustentabilidad4 como patrimonio cultural intangible de Michoacán,  no por la pérdida o alteración de la tradición en sí misma, sino por las repercusiones  que se generan en las poblaciones  y en los diversos inmuebles y espacios urbanos monumentales que sostienen muchas funciones vinculadas con su promoción turística.
Diversos factores también influyen en este proceso. De manera sintética debemos señalar, en una crítica constructiva, la ausencia de voluntad política de las autoridades municipales, así como la falta de normatividad urbana y de control social ante el abuso en la comercialización y la explotación de los espacios públicos, de los atrios de las iglesias y del patrimonio material e inmaterial mismo que rodea a la tradición.
En el contexto michoacano, que nos muestra la parte negativa y las amenazas que puede representar el turismo realizado fuera de todo principio de sustentabilidad, es de lamentar la falta de indicadores de gestión que permitan formalmente medir los impactos nocivos y generar una toma de decisiones integral para diseñar políticas  de respuesta  y salvaguardar la tradición cultural que propicie un turismo moderado, que beneficie más a todos (población local, turistas culturales, prestadores de servicios éticos, autoridades locales, artesanos tradicionales, etc.) y no sólo a unos cuantos (comerciantes ambulantes, vendedores de comida y de alcohol, vendedores de supuesta artesanía ajena a la tradición cultural del estado y del país en muchas ocasiones).
De lo contrario,  el festejo  seguirá más como un negocio personal temporal, sin importar el deterioro de la tradición o la imagen que se genera ante los abusos que se cometen, en muchos  casos, ante la complacencia de las autoridades municipales, quienes otorgan permisos de uso de suelo (atribución irrestricta  del ámbito municipal) alrededor de los panteones, zonas arqueológicas, templos y otros espacios de recepción y tránsito de los turistas y visitantes.

Lo incomprensible del caso es que esta tradición cultural recientemente fue inscrita en la Lista del Patrimonio Inmaterial Cultural de la Humanidad de la UNESCO,5  sin  que de manera paralela,  en el contexto nacional y en la propuesta de inscripción respectiva, se desarrollaran  estrategias de manejo o se diseñaran  instrumentos que permitan identificar claramente los impactos del turismo en esta tradición, para de esta forma proponer medidas de control y un manejo sustentable,6   cultural y turísticamente vinculado  a las propias comunidades.


Las amenazas latentes Ante la situación referida, en particular con respecto a la festividad de Noche de Muertos,  consideramos que el problema no radica solamente en las influencias o en las transformaciones motivadas por residentes temporales, visitantes o turistas, sino también en la pérdida paulatina de los rasgos que identifican a la tradición como parte de la cultura local, que conjuntamente con su patrimonio monumental es motivo de recuerdo, orgullo e identidad, y recurso de atracción turística. Los visitantes, de manera poco consciente, contribuyen a la alteración de ese patrimonio, el cual con el paso de las generaciones   se puede convertir en una remembranza folclórica y sin autenticidad que no motive el regreso de los turistas  culturales  para el disfrute racional de ese  patrimonio inmaterial y del propio patrimonio edificado que lo rodea permanentemente.
La reutilización del patrimonio tangible e intangible con fines turísticos es una actividad creciente que día con día se fortalece por las expectativas que  generan los  programas  oficiales  de  turismo  cultural,  impulsados más por las autoridades que por las propias comunidades locales. En esta dinámica, muchas de las acciones que desarrollan los Ayuntamientos en sus ámbitos de competencia promueven el uso del patrimonio con un enfoque de utilización turística y comercial, y no con el de una conservación de los bienes como parte fundamental de la identidad cultural.
Sin negar los beneficios  que esta tendencia de utilización del patrimonio cultural con objetivos orientados a la promoción del turismo ha traído y puede significar para la conservación del propio patrimonio material e inmaterial en Michoacán,  hay que reconocer que es aún una política vertical que está en un proceso de replanteamiento (seguramente ante la revisión de las fortalezas y, sobre todo, de las debilidades y amenazas identificadas principalmente por el gobierno estatal), y que deberá propiciar una retroalimentación entre los diversos  actores  que generan los nuevos proyectos con las comunidades involucradas en el ámbito local, que usufructúan y viven de los recursos culturales y celebran los ritos del patrimonio intangible cotidianamente, con o sin los visitantes temporales o turistas.


Hacia un manejo sustentable de la festividad de Noche de Muertos
A manera de corolario, debemos señalar la importancia de revisar los procesos de toma de decisiones con respecto al manejo del patrimonio intangible, a partir de una nueva visión que propicie la búsqueda  de un turismo cultural sustentable, que considere como postura válida de actuación que la conservación, la rentabilidad y el uso del patrimonio cultural de manera sostenible, permita construir el futuro de muchas comunidades. De esta manera, la sociedad puede encontrar en sus recursos culturales tangibles e intangibles  un apoyo valioso para avanzar en la solución  de muchos problemas propiciados por la marginación y el subdesarrollo que agobia a nuestro país, en particular a diversas comunidades de Michoacán.
En el marco de esta reflexión, es encomiable  la preocupación que el gobierno de Michoacán ha manifestado en los últimos tres años, al identificar las debilidades y amenazas que se ciernen en torno a la Noche de Muertos. Su interés  motivó la participación, desde el año de 2004, de especialistas de Conaculta en la revisión de las prácticas rutinarias que se han arraigado de manera negativa en el manejo de esta festividad.
Asimismo, hay que destacar la reciente iniciativa interinstitucional y académica que culminó con la firma, el pasado 17 de octubre de 2006, de un convenio entre las secretarías de Turismo y Cultura de Michoacán y la Universidad Autónoma Metropolitana, unidad Xochimilco,7  para desarrollar estudios  y proyectos  de investigación  académica  multidisciplinaria que propicien respuestas y escenarios dirigidos a revertir los impactos nocivos que se han generado en la relación entre patrimonio cultural y turismo, en particular del patrimonio intangible de los michoacanos, que es el más amenazado.
“Más vale tarde que nunca”, reza el popular refrán. Enhorabuena por esta estrategia, que seguramente reformulará prácticas y actitudes —por demás rebasadas— en términos de explotación del patrimonio intangible. Esperamos que a este esfuerzo  se sumen  las autoridades municipales de manera consciente y sobre  todo  responsable,  para que,  en una suma de voluntades con las comunidades anfitrionas, se trabaje por reivindicar culturalmente la festividad de Noche de Muertos, orgullo de los michoacanos y de México.

La descripción que se presenta a continuación es de una fiesta de despedida de muertos en una ranchería de Potrero, comunidad en la subregión de barrancas de la Sierra Tarahumara. La sierra cubre un área aproximada de 50 mil km2 y es una de las regiones con mayor variabilidad ambiental en el mundo. Si bien es comúnmente  nombrado  a partir del grupo indígena mayoritario (los tarahumaras), este extenso territorio también es hogar de los pueblos o’oba (pima), o’odami (tepehuano), warijó y de mestizos mexicanos.La Sierra Tarahumara se divide en tres subregiones (véase la figura 1): la de valles, la de cumbres y la de barrancas. La de valles es un área de transición entre el altiplano chihuahuense y la zona de bosques que se ubica entre los mil 400 y los mil 800 metros sobre el nivel del mar (msnm) y se caracteriza por una vasta extensión de pastizales intercalada con algunos reductos de bosque. Presenta un clima con temperatura promedio de -8oC en invierno, y de hasta 32oC en verano. En su vegetación predominan los pastizales con gran variedad de especies y algunas coníferas representadas por encinos, táscates, mezquites, huizaches y pinos piñoneros, entre otros. La zona de cumbres comprende la parte central de la sierra y se compone de un conjunto de cordones montañosos que oscilan entre los mil 500 y los dos mil 500 msnm, aunque sobresalen cumbres que sobrepasan los tres mil msnm. Físicamente adopta la forma de una cadena de picos que recorren el centro de la sierra, combinada con numerosas mesas y valles de considerable tamaño donde predominan extensas zonas de bosques. Por su altitud y latitud presenta el clima más frío del país con temperaturas de -20oC, un invierno riguroso y largo, sequías en primavera y heladas durante la mitad del año.
Al interior de esta zona se encuentran algunas depresiones y pequeñas gargantas situadas entre los mil 600 y mil 800 msnm, donde las temperaturas son menos extremas. En esta subregión predomina el bosque de pinos y, en menor proporción, los de encinos y madroños, además de otras especies de arbustos y algunos pastos en valles y ciénagas.
La subregión de barrancas, donde se encuentra la comunidad Potrero, se ubica en la parte occidental de la sierra y colinda con los estados de Sonora y Sinaloa. Se compone de profundas barrancas de forma accidentada y con cerca de mil 500 metros de caída, que son originadas por un sistema fluvial de la vertiente del Pacífico conformado  por los ríos Mayo, Fuerte y Yaqui. Esta subregión contiene, además de los cañones, grandes declives y cumbres y por eso presenta una gran variabilidad ambiental, con altitudes desde los 500 hasta los mil 500 msnm. Las temperaturas varían de 18oC a 20oC en invierno, y de 32oC a 45oC en verano. La flora contrasta notablemente con las otras regiones, pues existe una variada vegetación que incluye encinos y cedros ubicados en las partes de mayor altitud; árboles frutales de tipo tropical como papaya, naranja y caña de azúcar y una extensa variedad de cactáceas como pitayas, nopales, maguey, lechuguilla, palmilla y sotol, sobre todo en las partes bajas.
La comunidad de Potrero comprende varias rancherías y las divide en dos grupos: las rancherías de invierno y las rancherías de verano. Días después de Semana Santa, las casas de las rancherías de invierno Koyachike y Kuwímpachi, localizadas en las abruptas pendientes de las barrancas, van desocupándose poco a poco porque  su gente se traslada hacia las rancherías de verano Teboreachi,  Mulúsachi,  Nalálachi,  Ricómachi,  Sasarone, Bachichúlachi, Baquiliachi y La Estación, ubicadas en la subregión de las cumbres. Los ralámuli suben a los valles altos para disfrutar de la primavera, de los duraznos de septiembre, de las manzanas rojas y de un clima cálido. Esto, como muchas formas de vivir del ralámuli, no es una regla, pues hay quienes se quedan por temporadas más largas en la cumbre o en la barranca, dependiendo de la cantidad de trabajo que requiera la tierra.
Para los ralámuli de Potrero, cuando alguien muere necesita de la ayuda de sus parientes más cercanos (hijos, hermanos, nietos, padres o cónyuge) para “alimentar” sus almas3  o fuerzas, y despedirlo y encaminarlo  a su nueva condición.
Cuando fallece una mujer le corresponden cuatro fiestas; pero si es hombre, tres. Esto se debe a que los ralámuli consideran que la mujer tiene cuatro fuerzas y el hombre tres; dicen que así es porque son las que procrean, que por ello tienen que ser más fuertes. Cada fiesta es para despedir a una de estas “almas”. Las fiestas para muertos tienen el objetivo de hacerle notar al difunto su nueva condición, porque tardan en percatarse de que si bien siguen con su vida normal, viviendo en sus casas y trabajando la tierra, “ahora están muertos”.4
La parte central de la fiesta, como se verá más adelante, es cuando el curandero, llamado owilúame en lengua tarahumara, al ritmo de dos puntas de coa5 que se chocan entre sí, le canta al muerto y le dice que no moleste a sus familiares, por ejemplo, que no pase junto a sus casas transformado en un fuerte ventarrón.6 Y es que a los muertos se les siente, la gente platica con ellos; hay antropólogos que han presenciado el momento en el que una familia ralámuli, durante la noche, saludan al difunto, y no sólo eso, sino que lo invitan a pasar a cenar. Hacerles la fiesta a los muertos es para que asuman su nueva condición física y su nuevo lugar en el espacio.
Aquí presentaremos una descripción de lo que ocurre en una de estas fiestas. Hemos tomado ejemplos de varias fiestas observadas. Las fechas en que se realizan no son fijas, es decir, no se hacen el Día de Muertos. Se pueden llevar a cabo en cualquier fecha del año, salvo a finales de junio, y los meses de julio y agosto cuando, en la temporada de lluvias, se trata de observar cómo el maíz va creciendo y por ello se debe de guardar absoluta tranquilidad y mantenerse a la expectativa.
Las fiestas pueden ser realizadas simultáneamente para más de un difunto, pues suele ser conveniente compartir los gastos por lo costosas que resultan.
Idealmente la primera fiesta se hace unos tres o cuatro meses después de la muerte. Después de hacer la primera fiesta, las otras dos para el hombre o tres para la mujer se deben hacer año con año. Sin embargo, dependerá de la situación económica de los parientes: a veces pueden pasar varios años antes de hacer las siguientes fiestas.

LA CASA
La preparación  de una fiesta es algo complejo. Empieza, por lo general, una noche previa con la reunión de mujeres y hombres, quienes ayudarán a preparar todo lo que se necesita para la celebración. Primero que nada se sacrifica un chivo (uno por cada difunto), sobre un escenario donde se van a realizar una gran parte de las acciones rituales. A este espacio se le llama awílachi, que traducido al español significa “lugar para bailar”. El awílachi es un espacio de petición y propiciación mediante el canto y la danza. Es un área circular que se desyerba y se limpia de piedras. Un lugar que se resalta sólo cuando es tiempo para llevar a cabo un ritual; antes de eso, es parte del paisaje cotidiano. A este espacio se le fabrica una mesa, o mesichi, de un metro de altura aproximadamente, en la cual clavan tres cruces de unos 80 centímetros y otras tres, muy pequeñas, debajo del altar. El patio se construye a unos metros de la casa de los organizadores. Cuando se sacrifica un chivo, el curandero, quien va a ser el encargado del ritual, comienza a bailar el rutugúli, una danza que consiste en desplazamientos sobre el eje oriente poniente del awílachi. Mientras éste danza, un par de hombres desollan al animal y le sacan las vísceras para que las mujeres vayan cocinando  diversos platillos (ramali, caldo de entrañas de chivo; tónali, frijoles con carne de chivo, y menudo, maíz con carne de chivo). Además se hacen tortillas y pinole o esquiate, una bebida de maíz tostado y molido con agua en el metate. Algunos hombres ayudan a acarrear leña, elemento trascendental para las celebraciones.
Se sabe de antemano que cuando se sacrificó el chivo significa que la bebida ritual, es decir, el tesgüino, ya está a punto de ser disfrutado. El tesgüino es una bebida de maíz fermentado de color amarillo pálido, con olor a masa de pan agrio y de sabor acerbo con cierto dejo dulce.


Donde los muertos: Chu’weke
Durante la noche en vela, trabajando y hasta el amanecer, van llegando los invitados a la fiesta. Ya para la mañana una buena cantidad de personas se encuentra presente; las mujeres en la casa y los hombres en el patio ritual. Es el momento en que comienzan las acciones rituales previas a tomar tesgüino. Una de ellas es visitar el panteón de la comunidad, “el lugar del muerto”: el chuwílele. Familiares cercanos les llevan frijoles, tortillas y cigarros, además de unas velas para santiguar el lugar donde yace el fallecido.
Cada vez que se realiza una fiesta se comenzará con la visita al muerto.
Los tarahumaras dicen que hace mucho tiempo los muertos eran enterrados en las cuevas, que allí se encuentran unos antepasados que eran gigantes, los llamados tubare. Por lo general, los cementerios  se localizan al poniente de las localidades, porque es allí donde bajarán a descansar, como lo hacen los astros. Los muertos son colocados en una caja de madera antes de ser enterrados. Su cabeza es dirigida hacia el oriente; sus pies, al poniente. Cuando se termina de enterrar, simbólicamente, cada participante le echa tres veces tierra si es hombre y cuatro si es mujer. Al final, se le coloca una cruz de madera y tres piedras.


Despunte de la primera olla Cuando la gente regresa del cementerio  es momento de despuntar la primera olla de tesgüino, es decir, de abrirla y ofrecerla a los participantes. La gente se reúne al borde del patio y el curandero  se apresta a ofrecer su sermón, se coloca de espaldas al altar, al oriente del patio, con su vista hacia el poniente, donde  el sol se guarda para descansar. En lugar privilegiado, junto al curandero  se colocan el que dio el chivo, el que puso el maíz y los que trabajaron toda la noche, además de las autoridades invitadas, por ejemplo, el gobernador de la comunidad o el mayoli. Este último es convocado  cuando el difunto dejó esposa e hijos y se encarga de hacer ver al muerto que deberá respetar a su familia sin aparecerse ni asustarlos. Para esta ocasión, precisamente el mayoli dio el primer sermón. De espaldas al altar y viendo hacia el poniente comienzan los nawésali, es decir, los discursos, parte trascendental de los rituales tarahumaras. El discurso es una forma de hablar más solemne, más elaborada y que no todos son capaces de hacerlo. Hay quienes dicen que para lograrlo se necesita estar ya grande, con experiencia. En un nawésali se verbaliza el ideal de una vida más próspera, se habla del por qué hacer una fiesta para los muertos y del por qué se necesita que estén todos juntos.
En esos momentos al patio se le ha colocado una nueva cruz, la del suroriente, el lugar de los muertos, donde se ponen las ofrendas. Se adorna la cruz con la “collera” del difunto (la cinta gruesa y casi siempre  blanca que se ponen de adorno los ralámuli sobre la cabeza) y un rosario hecho de semillas de lágrimas de job. Debajo de la cruz se coloca la piel, la cabeza y una de las patas traseras del chivo sacrificado (normalmente se procura que sea de color blanco), pelotas de su juego de carrera llamado ralajipa, granos de maíz y de frijol, comida, una vela blanca, una olla de tesgüino, pinole, galletas de animalitos, dinero y chanébali, es decir, un cinto de tela del que cuelgan  capullos  de mariposa  que se colocan los danzantes  del pascol en sus tobillos. Además de la cruz del patio, se coloca otra en el patio de la casa, donde, como se observará más adelante, también colocarán las ofrendas.
Posteriormente  se comienza a repartir el tesgüino: primero a los anfitriones, luego a las autoridades, después a todas aquellas mujeres que con su trabajo hicieron posible la fiesta y, finalmente, al resto de los invitados.
Como un factor distintivo, a diferencia de otras fiestas, como la de curación o la de propiciación de lluvias, en la fiesta de muertos, al iniciar la repartición del tesgüino, se ofrece con la mano izquierda en vez de la derecha. La razón,  según Valentín  Catarino,  es porque así se emborracharán  más rápido: “Por eso Juan Rico, el mayoli, ya está dormido de tan borracho”. Se dice también que el mundo de los muertos es un mundo al revés del mundo de los vivos. Posteriormente  se repartirá con la mano derecha.



La Danza del Pascol.

Después de haber tomado un poco de tesgüino, se presenta en el patio otro tipo de danza, la del pascol, exclusiva de algunos pueblos del noroeste mexicano (yaqui, mayo, guarijío y tarahumara). Los que danzan tienen una relación de parentesco con el muerto; en cambio, los músicos (violín y guitarra) no necesariamente. En esta ocasión hace su aparición otro curandero, quien se acerca al lado sureste de este espacio circular donde está la cruz y ofrendas. De todos los elementos que se encuentran en aquel sitio, toma los chanébali o capullos de mariposa. Los ofrece hacia los cuatro rumbos, empezando conforme al movimiento de los astros, del oriente al poniente y después hacia el sur y luego hacia el norte. Unos minutos después toma un bastón y, sin dejar los chanébali, se dirige a uno de los pascoleros extendiéndole el otro extremo del bastón, quien toma dicha punta con una sola mano. El curandero lo va guiando, primero hacia la cruz del muerto y después hacia los cuatro rumbos, dando una vuelta antihorario en cada punto, con las miradas hacia el exterior del patio. Después, curandero y pascolero bailan pascol sin soltar el bastón y, simultáneamente, dibujan una serpiente sobre el suelo, se desplazan de oriente a poniente y de poniente a oriente, y cada vez que llegan a cualquiera de estos dos extremos, dan una vuelta ya sea en sentido antihorario u horario. Después el curandero le entrega el bastón al gobernador, quien brevemente emprende la danza con el pascolero, cada uno sosteniendo un extremo del bastón. Termina este acto cuando el gobernador suelta la vara hecha de palo de brasil para que el pascolero comience a danzar solo. El danzante, en cuyos tobillos ya están puestos los capullos de mariposa, comienza a pisar fuerte y a deslizarse de oriente a poniente y de poniente a oriente y viceversa. El danzante baila por bastante tiempo hasta que llega otro más quien se turna con él. El pascol de la fiesta de Nutelia es diferente al de las fiestas de lluvia o curación, es más elaborado. Se danza muy cerca del altar, hacia el sureste del patio, mientras que el otro pascol es al extremo suroeste de dicho espacio.


LA PROCESIÓN DE LA CASA AL PATIO Y DEL PATIO A LA CASA Aproximadamente una hora más tarde de la danza de los dos pascoleros, se reúnen en el patio las mujeres y hombres que tienen una estrecha relación de parentesco con el difunto. Los parientes del muerto y los danzantes, al ritmo de la melodía llamada mapawika ma bá, “vamos todos juntos”, toman algún elemento de la ofrenda. A uno de los danzantes le toca la cabeza del chivo, la carga al hombro sostenida por una cuerda que tiene amarrada a los cuernos. Al otro le toca cargar la pata trasera del chivo sobre su lomo. Cuando todos ya llevan consigo la ofrenda dan una vuelta bailando pascol en el sentido de las manecillas del reloj y todos, incluyendo los pascoleros, se dirigen en hilera hacia la casa acompañados de la melodía de violín y guitarra del “vamos todos juntos”. La casa está envuelta con los vapores que se desprenden de las grandes ollas de barro que cocinan la carne de chivo mezclada con maíz, la combinada con frijol y el imprescindible humo de táscate. Las cabezas ya están un poco mareadas y el volumen de las voces ha aumentado. Al arribar al patio de la casa dejan las ofrendas junto a la cruz y, al ritmo de la música, bailan en círculo en ambos sentidos: horario y antihorario. Cada uno de ellos, hombres y mujeres, sigue cargando las ofrendas en sus manos o sobre los hombros. El curandero y el gobernador preceden la hilera.
Después de un rato, la melodía del mapawika ma bá, es decir “vamos todos juntos”, cambia a otras variadas melodías de pascol. Vuelven al patio del awílachi donde bailarán una vez más. La fiesta transcurre en un ir y venir del patio a la casa y de la casa al patio, cargando todas las ofrendas y bailando pascol. Entre más tesgüino toman, los pascoleros bailan con más fuerza, más agachados, gesticulando más y gritando como zopilotes. El resto de los participantes —hombres, mujeres y niños—, ríen, discuten, bromean, juegan, trabajan, toman y bailan. Otros hombres se van uniendo a danzar pascol; danzan por placer y porque ya hay mucha energía obtenida gracias a la bebida embriagante.


El canto para el muerto
Después de unas horas de ir y venir, los pascoleros finalmente dejan las ofrendas por un momento en la cruz del patio de la casa donde  el curandero canta al ritmo de dos “puntas”, es decir, dos pedazos de fierro que normalmente son de las coas que ya mencionamos, pero que en ocasiones pueden ser otros instrumentos de fierro como, por ejemplo, dos bisagras. El curandero se sienta a golpear dichas puntas junto a las ofrendas. Frente a él se colocan en cuclillas la familia del difunto, por ejemplo sus hijos y su esposa, y mientras ven solemnemente al curandero, él le canta al muerto. Cuando los pascoleros se van al patio del awílachi a danzar y el resto de los invitados continúa riendo y gozando de la fiesta, se abre un espacio, de nueva cuenta, íntimo y sagrado. En la celebración ralámuli se van creando distintos escenarios simultáneamente. El curandero, que canta sólo con el ritmo de las puntas porque el violín y la guitarra siguen acompañando a los pascoleros en su procesión, habla con el difunto a través del canto, y es que sin su ayuda el muerto puede que siga creyendo que está vivo. Como lo describen Bennett y Sing,8

la esencia de sus palabras de consejo era la siguiente. Le decían al hombre que ahora estaba muerto y que iba a vivir en otro mundo. Le explicaban que no debía preocuparse, pues se le daría comida para su viaje y tres fiestas (cuatro en el caso de una mujer), de modo que pudiera viajar bien hacia el cielo. Le pedían que dejara todas sus cosas en la tierra para su familia, y que no regresara para molestarlos o asustarlos. Sobre todo, se le instaba a no retornar en forma de algún animal para dañar a los animales y las cosechas.



A LA MILPA O AL CAMINO
Después de ese ir y venir del patio a la casa y de la casa al patio, ya cuando las cabezas de todos están muy mareadas, comienza la procesión hacia la milpa del difunto.


Cuando  se trata de una fiesta donde son varios difuntos, y por ende más de una milpa, suelen comenzarla sobre un camino: la vereda grande. Si pudiéramos imaginarnos a los difuntos regresando de Batopilas por aquella vereda grande, justo donde el primero de ellos se hubiera desviado hacia su casa o milpa se coloca la primera cruz. Es el lugar de la primera despedida. Comienza un ir y regresar de la milpa o camino a la casa y viceversa. En cada uno de estos lugares permanecen más o menos de 15 a 20 minutos, para posteriormente dirigirse, una vez más, hacia el awílachi. Es común que los pascoleros griten que deben matar al venado. Según John G. Kennedy, al no tener oportunidad de ofrecerle al muerto un venado, simbólicamente lo persiguen hasta encontrarlo.


LA ÚLTIMA PROCESIÓN
Cuando la fiesta está a punto de terminar, mientras un pascolero danza, el gobernador y el curandero dan una vuelta al awílachi. Después, los tres personajes hacen una hilera y dan una vuelta (en sentido antihorario) y salen del patio para dirigirse por última vez al patio de la casa y a la milpa o camino. Posteriormente, se reparten todas las ofrendas a quienes estuvieron trabajando ritualmente, es decir, además del gobernador y el curandero, tanto los que prepararon la comida como los que danzaron. Todo se distribuye por partes iguales, inclusive la pierna o piernas de chivo, que se dividen entre los pascoleros y los parientes más cercanos del difunto. Y en el caso de la cabeza del chivo, los pascoleros luchan para ganársela (las “luchitas” se observan  en la Semana Santa también, donde molokos y juliosi combaten y siempre deben de ganar los molokos). Quien logra vencer al contrincante se lleva la cabeza del chivo.


EL FINAL DE LA FIESTA
Vemos que una fiesta utiliza varios espacios rituales que normalmente son el cementerio, el awílachi, la casa y la milpa.
Como en todas las fiestas ralámuli, el final de la fiesta, el clímax del ritual, se da cuando el batali logra emborracharlos. Es el momento en que las danzas  se vuelven más sueltas, más exageradas y más libres. Comienzan las pláticas más amenas o las discusiones más acaloradas. Es también cuando los hombres van a donde están las mujeres, hacia el espacio cotidiano, hacia lo terrenal. Es aquí  donde suceden las cosas de la tierra, los pleitos, las reconciliaciones. Hombres y mujeres  se mezclan  y conviven sin inhibirse, sin tener “vergüenza”; se crean las nuevas parejas, se juegan “luchitas”. Es, finalmente, el espacio de lo humano.
En esta fase es cuando la mujer canta. Sentada donde el cuerpo ya no quiso mantenerse de pie, balanceando su torso de frente y hacia atrás y la cabeza hacia abajo, relata su vida en la sierra en forma de canto. Se va meciendo y canta cuántas chivas tiene, habla de su trabajo en el maizal, de la relación con su marido, de aquel incidente con los soldados, de sus padres que ya no están con ella, habla finalmente de la vida en la tierra.
La fiesta termina hasta que ya no hay tesgüino o antes, cuando el cuerpo cae rendido. El día siguiente es el de la cruda, de calma, de la satisfacción de que se cumplió; el muerto ya no molestará. Es el regreso a esa “normalidad”, donde hay reglas estrictas, donde la gente no discute, no se pelea, donde se trata de vivir en armonía.


La muerte es una realidad que ha ocupado y seguirá (pre)ocupando al hombre. Desde los más remotos tiempos el hombre teme a la muerte, la interpreta, la reta, la sufre y la vive en sus semejantes, a veces de manera gloriosa y a veces de manera dramática. En sí, la muerte está presente en cada momento y su posibilidad inicia en el momento del nacimiento.
Esto plantea, frente a la sed de trascendencia, la cuestión de la inmortalidad. Por eso existen los panteones y los entierros. Precisamente desde el punto de vista antropológico se considera  a los entierros y a los ritos relacionados con la muerte, como uno de los indicadores de los avances en la cultura y civilización de un pueblo.
Mucho de lo que sabemos de otras culturas, paradójicamente, es a través de su arte funerario. Al final de cuentas lo que sabemos, por ejemplo, de los egipcios o de los etruscos es por sus entierros, tumbas o monumentos mortuorios. De igual forma, resulta interesante saber que existe una buena variedad de vocablos con los que designamos a lo referido: panteones, tumbas, cementerios, necrópolis, camposantos, entre otros.
En cuanto a la historia de los panteones del noreste mexicano integrado por los estados de Nuevo León, Coahuila y Tamaulipas, lamentablemente no quedan ejemplos de los viejos cementerios aledaños a los templos. En uno que otro templo, en muy pocos, vemos lápidas que recuerdan que ahí descansan los  restos  mortales  de alguien muy reconocido entre la comunidad.
Voltaire sostenía que el respeto de un pueblo se refleja en la atención y en el cuidado que los vivos tienen hacia la última morada de sus deudos. Desde la forma de enterrarlos en pleno monte y poner encima de ellos un arbusto espinoso para evitar que los animales se comieran los restos humanos o hasta los entierros bien organizados en los alrededores de Galeana, Nuevo León, Cuatro Ciénegas, Coahuila, y en el sur de Tamaulipas, nos dan cuenta de la preocupación de los antiguos habitantes del noreste mexicano hacia sus difuntos, hasta los entierros que se realizaron en los atrios y en los templos, los que se hacen en panteones o incluso las cremaciones. Mucho tiene que ver que las estrategias de defensa de los pueblos entre los siglos XVII y XIX, aparte de cuidar la vida de los pobladores, tenía que ver con preservar y defender los restos de sus deudos.
Cuando se aplicaron  las Leyes de Reforma entre 1857 y 1859, le quitaron el control de los panteones a la Iglesia y se los pasaron a las administraciones municipales, y comenzaron a instalarse, preferentemente en las goteras de los pueblos, lugares destinados para el descanso eterno de los difuntos.
Hubo preocupación porque los panteones guardaran cierto orden y decoro en su forma, pero las poblaciones  crecieron y obligaron a que se cambiaran de sitio los panteones. De igual forma nuestros municipios vieron cómo los templos y sus atrios dejaron de recibir los restos mortales de sus deudos para trasladarlos a un lugar mejor ventilado, rodeado de árboles y con las medidas higiénicas necesarias para la salud pública. Luego viene una bonanza económica a partir del porfiriato (1884-1911) y los viejos túmulos se convirtieron en mausoleos y monumentos mortuorios dignos para perpetuar la memoria de aquellos que nos antecedieron.
Es de considerar el hecho de que los monumentos mortuorios están relacionados con la voluntad y la capacidad de perpetuar los testimonios de la sociedad, son legados de la memoria colectiva de un pueblo, y su destrucción, al final de cuentas, lo que hace es arrancar  un trozo de nuestra memoria. En este caso, los monumentos mortuorios son la historia escrita en piedra o en algún otro material de los que ya se fueron, y fueron erigidos con la intención de trasmitir el recuerdo de la muerte, un aspecto de la vida cuya particularidad y singularidad le otorga un valor trascendente.
Por eso sugiero que se entienda que los cementerios concentran una gran variedad de símbolos y de inscripciones, muchos de ellos relacionados con la religión y otros con la laicidad, ya que el monumento funerario  es la continuidad de la vida del difunto en un espacio-tiempo distinto al de los vivos; la tumba es la continuación de nuestros hogares, ya que es la nueva casa del finado. Muchos de los panteones de zonas rurales del noreste mexicano cuentan con aire acondicionado y espacios donde se puede a la vez orar y descansar un poco, porque antes se pensaba que la tumba debía guardar los restos del difunto hasta la llegada de Jesús para la resurrección de los muertos. Y por ello se decía que las propiedades en los panteones se consideraban a perpetuidad. Entonces se le decora con retratos u objetos que le pertenecieron en vida al difunto.
Pero llegó el neoliberalismo que considera que la función de los tres niveles de gobierno es gobernar y no administrar, y en consecuencia, por considerar que los panteones guardan restos de personas que hace mucho ya nadie reclama, o simplemente por hacer negocio, venden o enajenan propiedades sin considerar la preocupación de los familiares para dotar de un espacio al deudo para que reciba la resurrección de los muertos.
Han desaparecido panteones en Monterrey. Entre ellos, uno que se dice que fue levantado por el ejército norteamericano durante la invasión a la ciudad de Monterrey en septiembre de 1846 y que al parecer estaba en el también desaparecido bosque del Nogalar. El último y más reciente caso es el de las tumbas del Panteón del Roble, que tuvo que ceder parte de su territorio para la ampliación de la avenida Ruiz Cortines en Monterrey. Y sin darnos cuenta, también estoy seguro de que en los panteones de los municipios y de las localidades  más importantes desaparecen tumbas con información histórica y cultural relevante.


UN POCO DE HISTORIA
La usanza de los paleocristianos era la de guardar las reliquias de sus mártires, ocultándolas en catacumbas o lugares a inmediaciones de los caminos. Luego se generalizó  la tradición de sepultar a los cadáveres dentro de las ciudades y de los poblados. En cierta manera siguieron la costumbre de los romanos de conservar a sus mártires para honrarlos, como forma ritual de protección de la memoria y de la preservación de los difuntos al paso del tiempo.
Poco antes de la caída del Imperio Romano,  se promulgó una ley que en el año de 381 recalcaba la necesidad de colocar los restos mortales en las afueras de las ciudades por razones sanitarias. Esta ley alcanzó tanto a las colonias de oriente como de occidente.

Mientras, en la Península Ibérica los primeros cristianos inhumaban los cuerpos de los santos mártires a extramuros de las poblaciones. Cuando se terminó la persecución cristiana, se edificaron basílicas en los lugares donde tenían colocadas las reliquias  de los muertos, por lo que se volvió costumbre guardar los cadáveres en sitios cercanos a los restos de los mártires.
En el año 563, durante el Concilio de Braga, se prohibió tal práctica. Solamente se permitieron las inhumaciones en los atrios, porque se decía que no era peligroso fuera de los templos. Sin embargo, muchos prelados franceses ignoraron las disposiciones  y volvieron a sepultar a sus deudos en las naves de la basílica y en las catedrales. Incluso en los monasterios se enterraron los cuerpos de los monjes hasta en los sótanos y pasillos de sus casas de oración.
Para 1093, en el Concilio de Tolosa se decretó la creación de dos tipos de cementerios: uno para los obispos y señores feudales, y otro para los vecinos en lugares especiales pero fuera de los templos. Gradualmente, empero, se volvieron a inhumar los cadáveres en las catedrales y basílicas, porque había buenas gratificaciones y limosnas que dejaban en testamento los difuntos o sus familiares. Entonces se fraccionaron  las naves de acuerdo con tarifas especiales, mientras que los fieles de escasos recursos sepultaban a sus muertos en los atrios de sus parroquias.
Durante el Concilio de Trento se prefirió no tocar el tema por escabroso, pero se dictaron órdenes para que se construyeran grandes mausoleos dentro de los templos, con la finalidad de que se manifestaran las riquezas materiales de las familias que ahí tenían los difuntos.
No obstante, muchos fieles se opusieron a dichos preceptos argumentando que ni la Iglesia ni la higiene pública iban de acuerdo con tales ejercicios, ya que al bendecirse un templo no se hace mención de que debe utilizarse como cementerio, pero que cuando se santifica un cementerio se hace referencia a su finalidad de ser morada de los difuntos.
El rey Carlos III expidió un decreto el 3 de abril de 1787 para España y sus colonias, en la cual dictaminó que se construyeran panteones en las periferias de las ciudades. Además se restringió el derecho de entierro en los templos. A su vez, las Cortes de Cádiz, de igual forma se ocuparon de los entierros en los templos, apoyando las medidas sanitarias ya descritas. Por ello los miembros de dicho congreso decretaron el 19 de abril de 1819 que los obispados procuraran construcciones de las necrópolis en las afueras de las villas o ciudades.
Estas leyes relativas a los entierros rigieron a México en las postrimerías del virreinato y la era republicana iniciada por Guadalupe Victoria, hasta el derrocamiento del régimen centralista de Antonio López de Santa Anna. Pero con el advenimiento de las leyes liberales de Melchor Ocampo, José María Iglesias, Benito Juárez y Lerdo de Tejada, se propusieron reformas radicales que apoyaron la participación del gobierno federal en materia civil, con el registro de nacimientos, matrimonios y defunciones, además de la administración de los cementerios y el patrimonio que debía poseer la Iglesia católica.
El 31 de julio de 1859, el gobierno de la República secularizó los cementerios, quitándole su responsabilidad a los obispados y a sus parroquias, poniéndolos bajo el cuidado de los ayuntamientos de cada municipalidad. Ellos tenían que vigilar que se instalaran en sitios alejados de las cabeceras, circundados por un muro de mampostería y con su puerta. Para su embellecimiento se tenían que plantar arbustos que crecieran con facilidad en el terreno. También dispusieron que toda inhumación debía contar con la autorización del juez civil, contando con testigos y después de 24 horas de haber fallecido.
La mayoría de nuestros panteones mantiene una arquitectura sobresaliente en cuanto arte funerario.  Casi no existen vestigios  de entierros entre 1860 y 1880. Pero la bonanza económica del porfiriato hizo que se construyeran mejores tumbas, gavetas, monumentos y espacios dedicados para el descanso eterno de los finados.


LA FIESTA DEL DÍA DE MUERTOS EN EL NORESTE
En nuestro calendario  se fijan dos fechas especiales para la conmemoración de los santos difuntos: una de ellas es la del 1 de noviembre, cuando se recuerda a los santos y a los mártires de la Iglesia; la otra fecha es la del 2 de noviembre, día señalado para recordar a todos los Fieles Difuntos.
En la primera fiesta se acostumbra honrar a los infantes y a las señoritas porque se les considera ángeles; la segunda festividad es para los adultos que ya pasaron a mejor vida. La ceremonia  por los fieles difuntos es vivida por el pueblo mexicano en un ambiente donde predomina la dualidad de la tristeza y de la alegría. En esos días aflora el culto por la muerte que se observa ya sea mediante  la visita a los cementerios, las intenciones en las misas de los templos y en algunas fachadas se ven arreglos de flores artificiales
—por no haber naturales en esos climas— conocidos  como coronas.
Como en todos los lugares de México, se limpian y arreglan las tumbas o monumentos mortuorios de los cementerios. Muchas familias compran flores y coronas de papel multicolor encerado. Luego las cuelgan en lugares visibles de muchos mercados y restaurantes populares.
En los rincones  de los hogares se instalan veladoras que recuerdan el número de deudos que cada familia tiene. Luego visitan a sus “angelitos” el día primero y, al día siguiente, en la festividad de los santos difuntos regresan a dejar sus ofrendas florales en las lápidas, en los túmulos o al pie de las cruces.
Por lo general se instalan en los panteones vendedores que anuncian mercancías diversas, como cañas de azúcar, tacos, camotes y elotes. Abundan jovencitos que ofrecen sus servicios para limpiar  y blanquear las tumbas.
En el noreste profesamos una necrolatría. Tenemos una concepción muy familiar con la muerte y la concretizamos en la elaboración de golosinas con figuras en forma de calaveras. Utilizamos su imagen para hacer juguetes que danzan con tan solo mover algunos hilos o comemos pan con figuras óseas espolvoreadas con azúcar.
Guardamos cierta timidez hacia la muerte. Pero cuando las circunstancias lo ameritan, nos tornamos extrovertidos y valientes, hasta el grado de despreciar la vida y buscarla. Si nos fijamos bien, la mayoría de los corridos hablan de tragedias y de personas que intentaron burlar a la muerte.
Entonces las cantinas se convierten  en fieles testigos de duelos constantes en donde se juega la vida o la muerte. En ellas, para evitar el aburrimiento y entre trago y trago, se despuntan con formalidad viejas rencillas. Se inventan bromas y situaciones chuscas del difunto y aún en ciertos casos se leen poesías a las que también llamamos calaveras.
Al mismo tiempo los templos parroquiales se llenan de solicitudes de misas para continuar los rezos en beneficio del ser querido “que ya se nos adelantó en el camino”. En algunas  casas se vuelven a escuchar rosarios y letanías a favor del descanso eterno del espíritu que ya partió.

Mientras tanto, los trabajadores municipales se dedican  a la limpieza de la morada de los muertos y se olvidan de las moradas de los vivos. Blanquean con cal las bardas y las lápidas de las tumbas (se dice que para que la cal se fije bien en la superficie, se deben de mezclar con agua, pencas y baba de nopal); recogen las flores y las coronas que se habían quedado desde el año pasado y las botellas de licor que los sepultureros habían dejado esparcidas en los rincones del cementerio; y a veces instalan un templete para que el cura diga la misa.
Todavía a principios de la década de los setenta del siglo XX, no contábamos con altares de muertos. Por la cercanía con Texas nos llenábamos  de calabazas y disfraces satánicos. Entonces para contrarrestar esa influencia  del día de Halloween, instituciones como la Sociedad Nuevo Leonesa de Historia, Geografía y Estadística, el Archivo General del Estado de Nuevo León y el ya desaparecido Museo de Monterrey comenzaron a difundir la costumbre de los altares de muertos, que ya se cuentan por miles en todo el estado.
Los últimos días de octubre y los tres primeros días de noviembre, los vivíamos acudiendo a los panteones para visitar a nuestros parientes. Incluso hasta el Día de Muertos era propicio para reencontrarnos con los familiares distanciados. Era el día en que todo el pueblo se congregaba  en un solo lugar.
En Nuevo León la geografía siempre nos recuerda a la muerte e incide en nuestra forma de ser; somos parcos y sinceros como ella. No se buscan lujos ni convencionalismos, porque al fin y al cabo todos los hombres y mujeres nacen y mueren igual.
Desde hace buen tiempo se producen calaveras, que son versos graciosos con alarde de ingenio. Las usamos como medio de desahogo de penas o alegrías pero a favor de los vivos. A veces son irónicas, otras nos aconsejan y advierten. Generalmente son chismes y pasatiempos propios del sentir popular. Los personajes más aptos para este sencillo juego son los políticos, los funcionarios públicos, los actores de la farándula y demás personalidades relevantes de la comunidad o de la región.


LOS ENTIERROS PREHISPÁNICOS
El noreste mexicano fue ocupado casi en su totalidad por grupos nómadas que subsistieron de la cacería, la pesca y la recolección. En ellos encontramos como característica la franca intención de ocultar los sitios en donde eran depositados los restos de los difuntos. Entre más ocultos estuvieran los restos de sus difuntos, mejor, pues pensaban que las tribus vecinas podían hacer mal uso de los mismos. Por eso casi no encontramos evidencias de monumentos funerarios, ya que acostumbraban abandonar a los muertos en cuevas, cañadas, o en el desierto, enterrarlos en lugares casi inaccesibles o de plano consumir sus restos.
Los antiguos habitantes del noreste mexicano acostumbraban comerse los cuerpos  de sus deudos o de sus enemigos. Sin embargo, algunos difuntos se salvaban de tal costumbre y eran enterrados en el desierto en posición de cuclillas. Es muy común encontrar restos humanos en las cercanías de las montañas que tienen siluetas muy significativas para los antiguos y actuales pobladores de la región. Para protegerlos de las fieras y de las aves de rapiña, sembraban nopales o arbustos espinosos sobre las tumbas o hacían un cercadillo con ramas gruesas. Preferentemente los envolvían en alguna bolsa de cuero o una manta simulando la posición fetal.
Otros eran quemados y sus cenizas depositadas en la tierra. Las familias y los conocidos del finado se arrancaban  con fuerza los cabellos y sentados sobre sus pantorrillas se dejaban caer violentamente contra el suelo. Acompañaban el cortejo fúnebre con plañideras, quienes gritaban en coro la desventura de la partida del ser querido.
Más al norte, en la región de los indios texas, algunas tribus nómadas hacían anualmente un viaje cargados con los huesos de sus muertos, y después de ponerlos en sus lugares de origen volvían a asentarse en el sitio que habían elegido para su morada. En cambio, los moradores del centro de lo que actualmente es Coahuila, acostumbraban que cuando alguien  se encontraba presente en el momento en que una persona fallecía, debía también morir por darse cuenta del suceso.
Si la persona estaba muy delicada de salud, era llevada al lugar destinado para su tumba hasta que sobreviniera la muerte. Los deudos acudían al sepulcro con tizne en los rostros y cantaban las virtudes que identificaban al difunto.
Cuando la madre moría de resultas (al dar a luz), la comadrona y una comitiva de allegadas pronunciaban gritos y lamentos para que el resto de los integrantes se dieran cuenta del deceso. Si nacían cuates, elegían al más fuerte de los dos y mataban al otro. O bien, cuando presentaba problemas físicos o de nacimiento, sacrificaban al recién nacido.
También hacían bailes en donde presentaban la cabeza de un venado muerto y un anciano echaba al fuego pedazos de los huesos y de las astas. Tenían la creencia que las llamas comunicaban  las cualidades  que había tenido en vida el finado. Mientras, los finados ingerían los polvos de los huesos para adquirir la rapidez y la fuerza de los venados.
Si una persona soñaba con alguna calamidad o problema, inmediatamente se desquitaba con algún menor cercano. De igual forma era muy común la creencia de que hechiceros podían provocar la muerte de alguien, con sólo hacerle mal de ojo.

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