domingo, 23 de junio de 2013

LO NEGRO DEL NEGRO DURAZO - JOSE GONZALEZ G. parte4



¡Levántate, Negro!
Por otra parte, cuando al entonces Procurador de Justicia del DF, Agustín Alanís Fuentes, le dio por convertirse en coordinador de todos los Procuradores del país, al Negro también le dio por conseguir ante López Portillo el nombramiento de coordinador general de todas las Policías del país; de ese modo, en los viajes que Alanís Fuentes hacía con frecuencia a los diferentes Estados de la República, se veía obligado a hacerse acompañar por Durazo. Cuando ocurría esto, el Negro inmediatamente hacía notar su presencia, con detalles como éste: en el hotel donde nos hospedábamos, según el programa, debía concentrarse el contingente de Procuradores de la 2ona, además de los invitados, para que el traslado a los lugares donde se llevarían a cabo los diversos eventos (desayunos, conferencias, concordatos, etcétera), se efectuara en los camiones preparados para tal fin. Y las citas, normalmente, eran a las ocho de la mañana en el lobby del hotel. Pero, como a eso de las siete de la mañana, el jefe de ayudantes de Alanís Fuentes me buscaba y me decía: —Oye mano, ¿ya se estará arreglando el general? Porque el señor Procurador ya está casi listo. Entonces yo entraba a la habitación de Durazo y Je comunicaba lo que me habían preguntado.
—Manda a chingar a su madre a ese pinche borracho. Si tiene mucha pinché prisa que se largue solo el cabrón. Tráeme café, ponle coñac y a ver si consigues periódicos de este pinche rancho. Esas dos cosas, periódico y coñac, las tenía yo preparadas desde que salíamos del Distrito Federal; y sobre todo, el coñac, ya que so pena de ser seriamente amonestado, antes que acomodar las maletas de su ropa, tenía yo que subir otra “maleta” o “cantina ambulante”, que contenía invariablemente vodka, whisky y coñac. Todo importado, lógicamente. Y por supuesto, nunca faltaba en su maleta de efectos personajes, una buena datación de cocaína, qué Sahagún Baca previamente le había suministrado a su “patrón”. Así pues, yo salía y trataba de justificarlo:—Ya se está preparando “el general”, ya no tarda. Pero esto nunca ocurría; y así, fallando diez minutos para la iniciación de los actos, ol propio Alanís Fuentes me insistía: —Güero, ¿no me hace el favor de avisar a mi general que ya estoy listo? Pero el Negro, “desparramado” en la cama, seguía en su rutina:—Ya te dije que le digas a ese pinche borracho de cagada, que se vaya a su acto y que yo ahí lo alcanzo. Y yo le decía al Procurador:—Señor, mi “general” todavía no se acaba de arreglar, que por favor se adelante y que ahí lo alcanza. Pero Alanís Fuentes, con cara de sufrimiento, ahí, en pleno pasillo del hotel, me decía todo compungido: —Dígale que de ninguna manera, que aquí lo espero hasta que él salga. Yo volvía con el Negro, y lo encontraba en las mismas, estirándose de placer.—Bueno, pues allá él —decía; e iniciaba su “aseo personal”, terminando normalmente una hora después, mientras en el pasillo esperaba el procurador, y abajo, la comitiva en pleno. Al fin, el Negro salía. ¿Y qué creen que le decía? “Apúrese, porque ya se nos hizo tarde. Cuando empezaba la jornada, nos encontrábamos, lógicamente, con que el desayuno estaba frío o recalentado. Para entonces, ya Durazo me tenía bien aleccionado, pues como desde muy temprano comenzaba a beber, me decía:—Oye pinche flaco, cuando lleguemos a desayunar, no importa donde estemos, si te digo: “Da me café con azúcar, quiere decir que me lo des con coñac”. Pero como era polifacético para la tomada, lo mismo me podía decir: “Mi jugo de toronja o de naranja, me lo das con azúcar”. Y eso significaba que debía ponerle vodka. Después de la primera junta de procuradores, normalmente llegaba la hora de la comida, y entonces el Negro me ordenaba:—Mira pinche flaco, mándate alguien para que en el restaurante donde vayamos haya el suficiente alcohol, porque estoy que me lleva la chingada por echarme un trago y éstos no hablan más que puras pendejadas. Todo se cumplía al pie de la letra. Y después de la comida no había otra junta sino hasta la hora de la cena, sólo para reiniciar la parranda. Así eran los actos oficiales a que asistía el Negro. Durazo también hizo gala de prepotencia ante el propio Alanís; cuando éste por decreto Presidencial logró que se quitaran las rejas para los detenidos en las agencias del Ministerio Público y los separos en la Procuraduría, Durazo reaccionó inmediatamente ordenándole a Sahagún:—Mira Pancho, el pinche briago del procurador, creo que ahora ya tiene delirium tremens. Ya convenció a López Portillo de que quiten las rejas en las delegaciones. Tú, por lo pronto, refuerza bien las rejas que tenemos en los separos. Voy a invitar a ese pendejo para que vea que yo no me ajusto a sus tarugadas. Y lo invitaba de veras. Y lo que es peor, Alanís asistía. Otro detalle ilustrativo ocurrió cuando también el procurador logró con López Portillo que desaparecieran las famosas “charolas” con placa; el Negro reacciono incluso haciendo declaraciones a la prensa: —Un policía sin “charola” no es policía. Y posteriormente le ordeno a Sahagún Baca: —Mira pinche Pancho, las próximas credenciales las mandas hacer más grandes y con la placa al doble del tamaño que tienen actualmente, porque este pendejo ya está viendo elefantes de colores volando de flor en flor. Como es fácil adivinar, ni desaparecieron las rejas ni las charolas, y de ello se jactaba incluso en presencia del propio López Portillo, quien lo festejaba como si se tratara de una gracia.
Las Cuentas Claras,..
En relación al botín que el “general”. Durazo repartió entre su familia, merece comentario aparte la concesión de los “corralones”. El beneficiario fue el “coronel” Lerma Durazo, esposo de su hermana Teresa Durazo de Lerma (los apellidos coinciden porque eran primos). Pero, una vez obtenido ese “obsequio” jamás se preocupó por “despachar” en las oficinas de los “corralones”. ¿Entonces dónde “despachaba” el “coronel” Lerma Durazo? Lo hacía en su domicilio particular y siempre a través del “mayor” Silva Tonchi, su representante, quien desde ese momento se comprometió a entregarle 200 000. Pesos semanales. Además, por órdenes expresas de Durazo, Silva Tonchi también se comprometió —y cumplió— a entregar un promedio de 160000 pesos diarios por cada uno de los siete “corralones”, cantidad que su ayudante Joaquín Zen dejas recababa entre los responsables de cada uno de esas sitios donde se concentraban todos los vehículos detenidos en el DF. Para que el ingreso de vehículos a los “corralones” fluyera debidamente y en gran cantidad, se recurrió al coronel Fulvio Jiménez Turengano, comandante de la Brigada Vial; éste tenía a su cargo casi la totalidad de las grúas, todos los motociclistas y casi la mitad de las patrullas con que contaba la DGPT. A quienes estaban bajo sus órdenes, Jiménez Turengano los obligaba a conducir a los “corralones” un mínimo de mil 200 vehículos. Esta exigencia la había establecido el propio Durazo, y el coronel era muy cumplido en sus funciones. Tanto así, que como premio Silva Tonchi le daba, por disposición del Negro, 100 pesos por cada uno de los vehículos que su personal metiera a los “corralones”; y como la tarifa era de mil 200 vehículos, su gratificación no balaba de 120 000 pesos diarios. Fulvio sólo se embolsaba el 50 por ciento de esa cantidad, porque debía entregarle el 50 por ciento restante a Panchito Ramírez, el chofer de López Portillo; de este modo tenía garantizada la conservación de su “envidiable” posición, de que Ramírez tenía una gran influencia sobre Durazo. Sobre este manejo de los “corralones” es oportuno llamar la atención del actual Procurador de la República, Sergio García Ramírez y del contralor General de la federación, Francisco Rojas. Sí al Negro Durazo le entregaban 150 000 pesos diarios por cada uno de los “corralones” existentes en ese tiempo, lo que da un total de un millón cincuenta mil pesos diarios, ¿acaso no será posible averiguar qué cantidad exacta ingresaba a la Tesorería del DF por concepto de pago de infracciones a vehículos detenidos? Siguiendo con este planteamiento propuesto a quienes actualmente combaten la corrupción, cabe preguntarse: ¿acaso no hay manera de averiguar por qué en la Dirección de Informática (control de computación) de la DGPT, donde se supone que debe encontrarse archivada toda la información relativa a vehículos dados de alta en el Distrito Federal, licencias de manejo concedidas, etcétera, las computadoras están prácticamente fuera de servicio? Hasta donde yo sé, estas computadoras tienen más de un año de retraso en la información sobre vehículos y licencias, ya que a la compañía que le corresponde el mantenimiento de ese equipo, el Negro Durazo le quedó a deber 28 millones de pesos, y al parecer la actual administración no tiene fondos para cubrir esa cantidad. Otro pequeño detalle, que podrían investigar los funcionarios responsables de detectar corruptelas pasadas y presentes, es el famoso canje de placas. No creo que ningún ciudadano propietario de un vehículo se haya salvado de la extorsión al tratar de cumplir con este trámite, A continuación, me permito explicar el procedimiento: Platicando con un ex compañero de la policía, el licenciado Germán López Vié, a quien el Negro nombró jefe de la “productiva” Oficina de Antecedentes Penales, supe que dado su “alto rendimiento”, Durazo lo había nombrado simultáneamente jefe del Canje de Placas para el bienio 82-83. Según sus propias palabras, esto fu lo que ocurrió: “Mira mi Pepe, con este canje me hice de 300 millones de pesos. Ya los tengo en Hawái, donde hice mis inversiones, y no tarde en irme a vivir allá con mi mamá, (pues soy soltero). Eso me lo gané porque Durazo dijo: “El que quiera el canje de placas, a mí me va a entregar 1000 pesos porcada vehículo que haga ese trámite, independientemente de los pagos a la Tesorería. Para tal efecto, ustedes podrán presionar a los causantes con los argumentos que se les pegue su chingada gana inventar: les falta el sello, no coincide su domicilio, no trae los documentos originales, la placa que está entregando tiene un agujerito de más, su placa trae un rayón; lo que sea”. Con base en eso, acepté ser el jefe del canje, durante el cual se tramitan más de un millón 600 mil vehículos; esto hace un total muy conservador del 600 millones de pesos para Durazo, independientemente de lo que se haya ganado el personal encargado del canje; y que a su vez tuvo que comprar el puesto en cantidades que fluctuaban, según el cargo, entre 50 y 100000 pesos por cada uno. Como dato complementario señalaremos que una de las presiones de que se valieron para extorsionar con el canje tenía su base en el Reglamento de Tránsito, pues según éste la placa extraviada o destruida tiene que ser pagada. Durazo, por supuesto, estableció arbitrariamente la cantidad: 2500 pesos. Bajo esas condiciones, el personal comisionado se excedió en el afán de cubrir las cuotas y abundaron los casos en que al entregarse las placas vencidas, se exigía el pago de 2500 pesos porque llevaban un agujero de más (para los tornillos) o porque las perforaciones originales no coincidían con el porta placas del vehículo, o porque estaban golpeadas, o porque mostraban raspones o abolladuras sin que todo esto, claro está, afectara su identificación. Pero qué magníficos pretextos para obtener los 2500 pesos exigidos por los jefes. De este dinero, vuelvo a preguntar: ¿cuánto ingresó a la Tesorería del Distrito Federal? Existieron muchas quejas al respecto, pero ninguna trascendió, porque todo lo que ocurría en el canje de placas era consigna del Negro Durazo, el hombre más prepotente del sexenio pasado, con la consabida complacencia del señor López Portillo.
VII
Mientras sus Esbirros Tranzan, el Negro se Divierte
Como ya estaba organizada y en funciones su equipo de “sinvergüenzas con placa”, de “asaltantes oficializados”, el Negro se divertía. Una de sus “distracciones” preferidas consistía en introducir a su privado a gran número de mujeres de dudosa calidad; y todo para hacer gala de su virilidad. Sin embargo, yo era quien tenía que sufrir las consecuencias cuando el Negro se divertía de esta manera. Como la señora Durazo podía llegar en cualquier momento al despacho de su marido, y no admitía que a su paso hubiera alguna puerta cerrada, tenía uno que estar muy pendiente para abrir todas las que se encontraban desde el elevador privado del Negro hasta la cocina, donde se le hacía de comer. Así pues, y en virtud de que tres o cuatro veces al día entraban al privado del Negro las mujeres de bala categoría que tanto le gustaban, yo tenía que cerrar la puerta del pasillo y quedarme exactamente frente a la puerta de su privado, vigilando por la ventana la posible llegada de su esposa; pero para tener mayor seguridad, ordené la instalación de un timbre en La caseta de vigilancia del sótano, con el fin de que los policías de guardia lo tocaran en cuanto vieran entrar a la señora. timbre sonaba en el interior del privado del Negro y, para no despertar sospechas cuando ahí se encontraban otro tipo de personas, el sonido se transformaba en una especie de “canto de pajaritos”, pasando inadvertida a los visitantes, aunque no para el Negro; él siempre sabía que se trataba de una señal de emergencia. Para redondear la seguridad en este aspecto, se instaló una puerta secreta en el privado, que bien podría compararse con la de una cala de caudales; dicha puerta daba a la peluquería privada de Dura20. Había también otra puerta que desembocaba a la cocina y, de ahí, a la escalera de servicio del edificio. No se imaginan cuántas veces me tocó sufrir con el famoso sonido de los pajaritos, a cuyo influjo, según las ordenes del Negro, tenía que entrar a su privado, tomar a la dama en turno, normalmente sin ropa, sacarla por el pasadizo referido junto con sus prendas personajes y esperar a que se vistiera en la peluquería, para luego ponerla en la escalera de escape; pero, antes de todo, mandaba a alguno de mis ayudantes para que le franqueara todas las puertas a la señora Durazo. En realidad, la esposa del Negro lo presionaba constantemente, tratando de encontrarlo en una situación embarazosa con alguna damisela, y así tener pretexto para irse de inmediato (a Zihuatanejo o a Canadá) y hacer su vida aparte junto con su amiga Candy, esposa del “coronel” Arturo Marbán. Por fortuna, dentro de esta farsa, nunca tuve el infortunio de que la señora Durazo sorprendiera a su marido con “malas compañías”, aunque el directamente afectado fui yo, porque debía hacer circo, maroma y teatro para salvar al Negro de tan críticas situaciones. De todos modos, no me explico por qué Durazo adaptaba esas actitudes al grado de introducir diariamente a tres o cuatro mujeres a su despacho, pues según me llegaron a comentar, difícilmente les cumplía. Incluso una de sus amantes a quien le puso casa, lidia Murrieta, me llegó a decir:—Pinche pendejo impotente. Yo no sé pata qué quiere tanta vieja, si ya como hombre no funciona. Era tal su complejo por afirmar su machismo que me obligó a instalarle un circuito cerrado de televisión; las cámaras daban a la sala de espera de su secretaria particular y de su ayudantía, y tenía dos pantallas receptoras con controles instalados en su escritorio. El equipo estaba tan oculto que quienes se encontraban en audiencia con él no se imaginaban siquiera que el Negro estaba “monitoreando” los despachos vecinos en busca de mujeres. Si el Negro notaba, por cualquiera de las pantallas, la presencia de alguna mujer más o menos atractiva para sus gustos, me llamaba de inmediato y discretamente, en una tarjeta para que no se dieran cuenta sus interlocutores, me indicaba: “En la audiencia de la ayudantía hay una dama, pásala a mi privado, atiéndela y en seguida voy para allá”; yo debía cumplir estas órdenes al pie de la letra. Era difícil que alguna de las “damas” se negara a pasar a su privado, ya que todas sabían que la que entrara con el Negro iba a salir con una buena cantidad de dinero en efectivo o su televisión a colores y de control remoto, su equipo modular americano, etcétera. Y a la que llegaba a “despuntar” hasta coche le mandaba comprar con Pancho Sahagún Baca, de la marca y del color que ella quisiera. Cabe mencionar que, adjunto al privado de Durazo, había una bodega repleta con todo tipo de aparatos americanos, cuya existencia era surtida diariamente por Sahagún Baca de los artículos de contrabando que decomisaba todo el tiempo en Tépito. Allí en la bodega, que tenía aproximadamente 15 metros cuadrados, aparte de una gran variedad de aparatos electrónicos había toda clase de vinos importados con que se surtía el bar privado de Durazo. Había otro tipo de mujeres que entraba para abogar por sus propios maridos, pertenecientes a la corporación; los motivos eran de lo más variado: para que los ascendiera, para obtener un mejor horario, para que les quitaran castigos, etcétera; otras iban porque conocían a Durazo desde sus años mozos; otras más iban a verlo porque supuestamente eran sus sobrinas o parientes en segundo y tercer grado y le solicitaban puestos para sus hijos o esposos. Pero entre todas, destacaban las que le llevaba una tal señora Manuela Lorenzo de Fernández, directora de tos Bastoneras de Veracruz, quien por obvias razones contaba con un espléndido elenco de mu chachitas de 16 a 20 años, todas en plenitud de belleza; a esta señora Lorenzo de Fernández, el Negro la premiaba constantemente con contratos para venir al Distrito Federal junto con su grupo y cubrir los actos del Colegio de Policía, los desfiles del 20 de noviembre y demás. A ella y a su personal les pagaba el hospedaje, generalmente en el Hotel de México, lo mismo que un vestuario nuevo en cada visita. Además, Doña Manuela y su compañía le cobraba a Durazo un mínimo de 500 000 pesos por presentación.Quien necesite bastoneras con las características ya anotadas, puede solicitarlas a los siguientes teléfonos: 514-54-64  y 514-83-87.Podemos añadir que de esas guapas chicas, Doña Manuela no respetaba ni a su propia hija, Alba Lorenzo, quien además de ser la capitana del grupo y de tener la medida del Negro, se había convertido en su mejor “conseguidora”, tanto así que Durazo usó su influencia para que se presentara en “Siempre en domingo”, “Hoy mismo” y otros programas.
El Negro Repartía Impunidad
Otra de las “gracias” del Negro consistía en obsequiar credenciales de la policía y pistolas a cuanto amigo le iba a visitar. Entre los afortunados se puede contar, de hecho, a todos los artistas de nuestra farándula: Flavio, Pepe Jara, Chucho Salinas, Héctor lechuga, el “Loco” Valdés, “Chabelo”, Luis Demetrio, Carlos Lico, Nelson Ned y su hermano, Enrique Guzmán, Manolo Muñoz, Antonio Aguilar y muchos más. Pero sus mayores “atenciones las reservaba para los jefes de policía y miembros de la comitiva, provenientes de diferentes partes del mundo, a los que invitaba para sentir a su alrededor una aureola de hombre importante; pero la verdad es que venían al país acicateados por el hecho de que en las invitaciones que se les mandaban, se les garantizaba que tanto los pasajes de avión como la estancia y todos los gastos adicionales serían pagados por la DGPT. Y para que su estancia fuera inmejorable se contaba con los mejores hoteles de la ciudad: el María Isabel Sheraton, el Camino Real, el Presidente Chapultepec, el Fiesta Palace y otros. Así vinieron policías de Francia, los Ángeles, Houston, Canadá, Inglaterra, Alemania Federal, y en todos los casos, Durazo cometió el contrasentido de darles credenciales mexicanas a policías extranjeros. Por cierto que al haberlos obsequiado a Nelson Ned y a su hermano sendas pistolas de alto calibre y credenciales, les provocó un grave problema en el aeropuerto de Brasil, por lo que se vio obligado a elaborar un oficio justificando su extraña actitud ante las autoridades brasileñas. No obstante ello, las  armas les fueron incautadas, ya que su influencia en aquel país era nula. Para las autoridades brasileñas resultaban más importantes sus leyes que las poses del señor feudal de la policía mexicana. Otro ejemplo de la impunidad que el Negro repartió en forma irresponsable, regalando armas y charolas a diestra y siniestra, es el caso del conocido baladista Enrique Guzmán, quien siendo normalmente persona pacífica, al sentirse armado y protegido por Durazo agredió con lujo de violencia al encargado de unos departamentos amueblados. Hecho por el que fue consignado penalmente. Este y muchos otros delitos que pusieron en jaque a la ciudadanía se deben cargar también a la cuenta del Negro Durazo. Es importante mencionar, para conocimiento de mi general Juan Arévalo Gardoqui (actual secretario de la Defensa Nacional, del que siempre guardaré gratos recuerdos por su gran calidad de hombre y amigo), que todas las armas que requisó en el sexenio anterior, con intervención del capitán Juan Germán Anaya (actual director general de Policía y Tránsito del Estado de México, y entonces colaborador del Negro), fueron usadas en beneficio exclusivo de Durazo y de él mismo; ¿de este modo violaron los preceptos constitucionales que señalan que en este tipo de requisas debe intervenir, invariablemente, la Secretaría de la Defensa Nacional. En un artículo publicado en La Prensa del cinco de noviembre de 1980, Julián Fajardo López coméntalo siguiente:“Defiende a mafiosos un jefe policiaco; el licenciado Eduardo Ferrer Mc Gregor fue presentado ante las autoridades federales por intento de soborno a un juez de distrito, exigiendo la libertad de peligroso narcotraficante, mediante la cantidad de 500 000 pesos. Mc Gregor fue aprehendido por un grupo de la Policía Judicial Federal, al mando del comandante Florentino Ventura.“El magistrado del tribunal unitario del Noveno Circuito, con residencia en Mazatlán, Sinaloa, licenciado Darío Maldonado Zambrano, lo acusa por tratar de sobornarlo, para lograr la libertad del traficante de heroína de apellide Echagoyan, consignado según acta número... (Ilegible)”.Dos días después, en el mismo diario, Fajardo López escribe:“Investigan a altos funcionarios, encubridores de narcotráfico; el jefe de la Oficina Jurídica de la DGPT, Eduardo Ferrer Mc Gregor, acusó ante el Ministerio a altos funcionarios de esa dependencia policiaca”. Antes de entrar en materia, debo recordar que al licenciado Ferrer Mc Gregor se le llegó a conocer en el país como “el incorruptible”, dada su probada honestidad en el desempeño de sus funciones como administrador de justicia. Yo, en lo personal, tengo el honor de conocerlo desde hace muchos años y en mi modesta opinión es un hombre íntegro, que además ha llevado una vida con su familia sin lujos superfluos ni presiones económicas. Su única desgracia fue el haberse hecho amigo del Negro Durazo desde hace mucho tiempo, motivo por el cual llegó a la jefatura de la Oficina Jurídica de la DGPT. Un día Durazo se enteró que Echagoyan, uno de sus amigos de la “maña”, iba a ser sentenciado en Sinaloa por delitos contra la salud, y le ordeno a Mc Gregor que interviniera en el asunto, entregándole 500 000 pesos para que sobornara a ese “pinche juececito provinciano” que. era Darío Maldonado; Mc Gregor se negó rotundamente a acatar dicha orden, pero por las presiones acostumbradas del Negro, no tuvo más remedio que cumplirla; además Sahagún Baca ya le tenía prepa rada una escolta de tres agentes de confianza de la DIPD para que lo trasladaran a Mazatlán. Lo que siguió después, todo el mundo lo conoce: Durazo quedó “limpio de culpa”, amparado en la hombría y la imagen respetada de Mc Gregor, ya que éste bajo ningún tipo de presión aceptó haber cumplido tan deshonestas ordenes; hago constar lo anterior para satisfacción del propio don Eduardo y de su distinguida familia. Y para que comprueben que todavía hay personas, como un servidor, que reconocen sus altas prendas morales. Así como Durazo arruinó a la familia Mc Gregor, entre otras, también desgració las vidas de dos humildes y honestos trabajadores: León Sandoval Tableros y Javier Pérez Mancera, nombres que tal vez no representen nada, pero que designan a das víctimas inocentes de Durazo. El ocho de julio de 1980, la Prensa informaba por medio de su reportero Augusto Cabrera M.:
“El vigilante que estuvo de guardia la noche del seis de octubre de 1978 en la residencia de los Flores Muñoz, desapareció desde hace ocho días cuan de varios sujetos desconocidos a borde de dos vehículos grandes sin placas, lo sacaron de su casa y lo llevaron con rumbo desconocido.“La señora Virginia Yáñez de Pérez, esposa del secuestrado Javier Pérez Mancera, policía bancario comisionado en la casa de don Gilberto Flores Muñoz el día de su asesinato, levantó el acta número 26/240/80 por el delito de secuestro”. En el mismo diario, y en primera plana, se leía:“Sucia maniobra a favor del nieto; desaparecen al velador, testigo de cargo, que estuvo de guardia la noche del crimen, a casa su afligida esposa”. Igualmente, el reportero Tomás Aranda L. informaba el 11 de julio de 1980 en FM Prensa:“Dejan al nieto sin acosadores. Cinco sujetos  Armados secuestraron el día primero del actual al segundo testigo de cargo del homicidio de la familia Flores Muñoz Izquierdo”. Y esto decía La Prensa, el 19 de julio de 1980:“Dan millones por liberar al nieto. No pudieron sobornar a los testigos de cargo y entonces los torturaron para que aceptaran que ellos asesinaron a Gilberto Flores Muñoz. “Aparecen los testigos y dicen que el nieto es el asesino. “Narran sus ocho días de tortura y presiones para que se declarasen culpables; fueron abandonados en la sierra de Puebla”. Entrevistados por los representantes de todos los periódicos los aludidos informaban que todas sus torturas para declararse culpables fueron dirigidas por un “abogado”. Lo anterior, lamentablemente no causó impacto en los habitantes de nuestra gran ciudad, cuya mayoría lucha desde el amanecer para conseguir el sustento de los suyos; pero esos jefes de familia agredidos, humillados y amenazados, que además perdieron sus honorables fuentes de trabajo, deben haber sufrido (a gran impotencia del que nada puede hacer contra un “sistema” que sólo le da la razón al que está dentro de él. Con la honradez con que he tratado de informar a lo largo de estas páginas, acerca de las injusticias y prepotencias de nuestras autoridades, haré historia de mi participación en estos hechos, tratando de aclarar la realidad de los mismos. Era la noche del cinco de julio de 1980, cuando fui llamado a la oficina del “coronel” Sahagún Baca; lo encontré acompañado del licenciado Adelfo Aguilar y Quevedo, connotado penalista y, para desgracia del pueblo mexicano y vergüenza de la profesión, presidente de la Barra de Abogados según me lo presentó Sahagún Baca:“Mire don Pepe, el señor licenciado, como usted sabrá, es amigo personal del señor Presidente de la República y de mi general Durazo, por lo cual tenemos que servirlo ampliamente.—Pues mi “coronel”, usted nada más ordene.—Mire don Pepe, tenemos dos detenidos a los cuales el señor licenciado Aguilar y Quevedo considera responsables de la muerte de don Gilberto Flores Muñoz y su señora esposa; ya los “interrogó” el mayor Carlos Bosque Zarazúa y no logró sacarles nada. En su lugar mandé a mi jefe de ayudantes, Eugenio Barraza Islas, que es muy cabrón y sabe dar la “fórmula” (tortura) a toda ley, pero tampoco logró nada positivo; entonces mi general Durazo ordeno que usted se hiciera cargo del asunto porque para “calentar” nadie le gana.En ese momento el licenciado Aguilar y Quevedo trató de indicarme cómo podría yo obtener las respuestas que a él le interesaban; pero fue tal mi enojo, que le dije: —Mire licenciado, usted ya los interrogó en compañía del mayor Bosque y del capitán Barraza, cosa que en mi opinión no debe hacerse porque en estos casos el policía interroga para encontrar a los verdaderos responsables y nunca en presencia de un acosador o de alguien que trata de desvirtuar los hechos. En este aspecto, y para su conocimiento, yo estuve presente en el momento en que fue detenido Gilberto Flores Álavez, y este, en presencia de varios compañeros, aceptó haber matado a sus abuelos, indicando además el lugar donde había escondido los machetes que ocupó para cometer los homicidios (se encontraron atrás del refrigerador). También confesó que esos instrumentos las había comprado en compañía de su amigo Anarcos Peralta Torres, tipo de costumbres raras igual que Gilberto, al que le dijo que los usaría en la construcción de una cabaña, arriba de un árbol. También le recordé al licenciado Aguilar y Quevedo, que al ser detenido, Gilberto impidió con sus influencias que se siguiera interrogando a todos los implicados, incluyendo a narcos, solicitando a Durazo que de inmediato se le pusiera a disposición de la Procuraduría de Distrito Federal.(Aguilar y Quevedo pensaba que lograría la libertad de Gilberto en la Procuraduría, pero no contó con que, tras brillante investigación, el director de la Policía Judicial del DF, capitán Jesús Miyazahua .Álvaro acumularía tal cantidad de pruebas en contra de su defenso que fueron suficiente para su consignación ante un juez penal).No obstante mi alégalo, Sahagún Baca me dijo muy molesto:—Le suplico don Pepe que cumpla usted con las ordenes de mi patrón, el general Durazo, y no discuta tonterías con el señor licenciado Aguilar y Quevedo. Entonces me trasladé con mi personal a una granja deshabitada, ubicada en avenida Morolas No. 15, en el perímetro de la Delegación de Cuajimalpa donde el capitán Eugenio Barraza me entregó a los detenidos y se retiró del lugar, no sin antes decirme:—Estos pobres cabrones no son responsables de nada; les dimos una soberana chinga nada más “de barbas”, pero en fin, a ver si usted les saca algo. Pasé al cuarto donde tenían a los detenidos, y los hallé esposados, con los ojos vendados; estaban tirados sobre unos trapos sucios en el suelo y su Estado era deplorable: por debajo de las vendas de los ojos, les escurría pus, porque desde que los detuvieron, y a pesar de haberlos sumergido en una pileta de agua sucia para que confesaran, no les habían cambiado las vendas en cinco días. Convencido desde el principio de que estos inocentes trabajadores no tenían nada que ver con el homicidio de don Gilberto Flores Muñoz y su esposa, ordené a mis hombres que fueran a comprar medicamentos, vendas y comida buena y abundante, ya que presentaban señales inequívocas de inanición. Una vez curados y alimentados (las curaciones, por razones obvias, se las hicimos deslumbrándolos con una lámpara eléctrica, para que al quitarles las vendas de los ojos no nos reconocieran), esperé al día siguiente para entrevistarme con Sahagún Baca y explicarle que los “detenidos” no eran responsables del asunto. Lleno de furia, me gritó:—Mire don Pepe, a mí me importa una pura chingada si son o no son responsables, lo que quiero es que me traiga ¡ya! una confesión firmada por esos cabrones. De regreso a la granja, seguí atendiendo a los “detenidos” junto con mí personal. Al otro día le llamé a Sahagún Baca para decirle que lo quería ver, junto con el licenciado Aguilar y Quevedo; aceptó, pensando quizá en que ya le tenía las confesiones. En el despacho de Sahagún Baca encontré al licenciado Aguijar y Quevedo apoltronado en un lujoso, cómodo y mullido sillón; tenía en la diestra una gran copa generosamente servida de coñac, y en su cara la expresión de superioridad y prepotencia de quien está apoyado por grandes influencias. Me lanzó una mirada despectiva y me preguntó:—A ver, amiguito, ¿cómo quedamos con esos homicidas? Yo le conteste:—Mire licenciado, esos infelices no son responsables de ningún homicidio y creo infantil obligarlos a firmar confesiones falsas que no tendrán ninguna validez cuando ellos estén ante las autoridades judiciales; yo sólo quiero pedir ordenes para dejarlos en libertad y terminar con esta injusticia. Sahagún Baca me escuchaba con una expresión demente, acentuada por el alcohol y las drogas que hasta ese momento había consumido; pero me dijo: —No la chingue don Pepe, que fácil la ve; si los soltamos, imagínese la bronca que van o armar y eso perjudicará al señor licenciado Aguilar y a su caso. Fue cuando Aguilar y Quevedo lo interrumpió, para dirigirse a mí:—En mi vida había yo visto tal ineptitud. Ya desgració usted el asunto, y ahora ya no queda más remedio que matar a esos cabrones para evitar mayores problemas. Entonces, fuera de control ante sus alardes, le conteste: —Está usted pendejo licenciado; ya se siente usted Dios Padre para resolver sobre la vida y la  muerte de la gente, y piensa que yo voy a cumplir órdenes de esa magnitud, provenientes de un pinche loco como usted. Aguilar y Quevedo, en actitud amenazante y Lleno de indignación, se dirigió a Sahagún Baca y le indicó:—Quiero ver a Durazo de inmediato para que quede resuelto este asunto y si él  lo puede resolver, que me lo haga saber para ver a López Portillo. Antes de que salieran, me dijo Sahagún Baca: —espere órdenes aquí, don Pepe. Regresaron como a la media hora. Aguilar y Quevedo esbozaba una gran sonrisa de triunfo, pero Sahagún Baca se veía serio, aunque sus facciones seguían revelando los efectos de la droga y el alcohol:—Por orden de mi general Durazo, llévese a esos dos cabrones a la sierra donde colindan Puebla y Veracruz y truénelos; no les deje ninguna identificación y tírelos en algún lugar despoblado para que cuando los encuentren ya estén irreconocibles. Sí, las aves de rapiña harían el resto. Iba a negarme, pero inmediatamente me acordé que de todos modos esos infelices iban a morir; si yo no iba, mandarían a otro. Así que no dije nada. Trasladé durante la noche a León Sandoval y a Javier Pérez hasta la sierra de Puebla, evitando pasar por casetas de peaje o por lugares con retenes del ejército, ya que si me hubieran sorprendido con dos individuos atados y vendados de los ojos, cualquier justificación saldría sobrando. Ya en plena sierra, deje a esos dos infelices separados como 50 kilómetros uno del otro, pero vivos y próximos a la carretera, con el propósito de que rápidamente fueran encontradas y auxiliadas. Así ocurrió. De regreso a la capital, le ordenen mí segundo en el mando:—Pancho, tú llegas aparte a la oficina y estás muy pendiente si Durazo ordena que nos detengan; si esto sucede, vas inmediatamente con los amigos periodistas de la “fuente” y les platicas los hechos para que se arme la “gran bronca”, Pero antes de que Durazo le diga a Sahagún que nos mate. Ya en la oficina de Sahagún Baca, al enterarse éste de cómo había resuelto el “caso”, obviamente estuvo a punto de infartarse. Máxime, cuando le revelé las medidas que había tomado para garantizar la integridad de mis muchachos y la mía.
A partir de esa fecha me vi sujeto a constantes represalias y presiones; incluso, ya próximos a dejar el poder, Durazo y sus cómplices me transfirieron a la Brigada de Granaderos, donde debía permanecer todo el día permanentemente vigilado y sin cumplir ninguna función, no obstante mi grado de teniente coronel en la policía. Espero sinceramente que tanto León Sandoval Tableros como Javier Pérez Mancera, en compañía de sus apreciables familias, hayan logrado rehacer sus vidas olvidando las tremendas experiencias que vivieron en ese tiempo; sé bien que sus quejas siempre encontraron los oídos sordos de las autoridades.

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