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sábado, 28 de junio de 2014

Emiliano Zapata, un soñador con bigotes





Cuando Emiliano Zapata tenía 11 años y era nada más un niño, no un héroe que sale en los libros, tampoco tenía respiro.
Desde antes de que empezara la Revolución no paraba. Se me hace que ni siquiera dormía. Entre levantar en armas a la gente, fusilar federales, pelearse con los presidentes de la república, recortarse el bigote, consolar a los pobres y, finalmente, caer en emboscadas, no creo que le haya dado tiempo de tomar ni una siesta.
Ser héroe de tiempo completo debe de ser muy complicado. A lo mejor por eso mueren tan jóvenes. A don Emiliano no le dio tiempo de celebrar su cumpleaños cuarenta cuando ya había fallecido, pero le habían sucedido muchas más cosas que a mi abuelo, quien tiene 72 y ya se le acabaron las historias que contar.
Pero vayamos entrando en materia:
Lo que quería platicarles es medio complicado, porque los tiempos cambian y en eso hay que darle la razón a los grandes. Los niños de hoy no tenemos tantas responsabilidades como las que tuvieron nuestros padres y abuelos. Nos da tiempo de platicar, pensar en cómo hacer para que el niño más guapo del salón nos saque a bailar en la fiesta, hablar por teléfono, hacer la tarea cuando no hay nada mejor en que ocuparnos y tantísimas cosas.
Pero cuando Emiliano era niño la vida era diferente. Todo se hacía a mano: nada de abrir la llave y que salga un chorro de agua; había que traerla del río o del pozo. Ni imaginarse siquiera oprimir un botoncito y que se prendiera la lámpara; había que conseguir petróleo para el quinqué o cerillos para las velas. ¿Gas? No había: fogón para la comida y encomendarse al dios anticatarro al bañarse. Había tanto por hacer que los adultos no se daban abasto. Así que los niños tenían muchas obligaciones, empezando por la de mantenerse vivos, lo que, entre la mala alimentación y la falta de medicinas y médicos, no era cosa sencilla.
El padre de Emiliano se llamó Gabriel; la madre Cleofás, y también tuvieron su historia, pero ésa no se las cuento; sólo les digo que se conocieron, se enamoraron, se
casaron, tuvieron hijos y una mañana de agosto, allá en 1879, abrió los ojos por primera vez el pequeño Emiliano.
-¿Ya viste el lunar que tiene encimita del párpado?- preguntó la amorosa y todavía adolorida doña Cleofás.
-¡Cómo no voy a verlo, mujer! Si se le mira casi tan bonito como a ti -contestó el orgullosísimo Gabriel Zapata, quien se sentía como pavorreal porque su hijo le hubiera salido tan guapo.
Y             no es que fuera tan agraciado, sino que ya se sabe que los padres en cuanto ven a sus retoños se llenan de orgullo.
Guillermo Samperio, Emiliano Zapata, un soñador con bigotes. México, SEP-Santillana, 2005.

miércoles, 25 de junio de 2014

La isla de las muñecas Xochimilco Historias del Agua en el Valle de México





Había una vez un señor de Xochimilco que coleccionaba las muñecas que se encontraba tiradas y las colgaba de los árboles de su chinampa. Por la gran cantidad de muñecas que llegó a tener le puso a su chinampa “La isla de las muñecas”.
Gracias a que las muñecas le ayudaban a regar sus árboles y flores en las noches, este señor llegó a tener un verdadero paraíso. Su chinampa parecía una selva por la gran variedad de plantas, flores y verduras que tenía; por eso la gente que iba a pasear por el canal de Apatlaco le compraba mucho y visitaba su extraña isla.
También se cuenta que cada noche, después de regar su chinampa, las muñecas bailaban, cantaban e iban a recostarse a su lado.
Mucho tiempo pasó así, pero un día la cosecha de este señor se secó porque las muñecas ya no quisieron regar su chinampa. Entonces el señor se enojó muchísimo con ellas; las descolgó a todas de los árboles, las metió a un cuarto oscuro y ahí las dejó encerradas.
Días después el señor murió y lo más extraño fue que las muñecas no estaban en el cuarto donde las había encerrado; asombrosamente estaban colgadas otra vez.
Esta isla todavía existe y los dueños actuales de esta linda chinampa del canal de Apatlaco siguen contando la leyenda.
¿Ustedes conocen Xochimilco? ¿Han tenido la oportunidad de visitar la isla de las muñecas? Bueno, ya conocen la leyenda y la próxima vez que visiten este bonito lugar seguro querrán recorrer la isla y recordarán esta leyenda.
Norma A. León del Monte, “La isla de las muñecas” en Historias del Agua en el Valle de México. México, SEP-Etnobiología
para la Conservación A.C., 2007.

Frutas mexicanas etimologia nahuatl





De las frutas, la sandía debería ser la más mexicana -por tener los colores de la bandera-, pero su nombre es árabe y significa “melón del Sid”, una región paquistana; aunque podría interpretarse también como “del río Indo”. La tuna tampoco tiene nombre nacional, pues aunque se refiere al fruto del nopal, proviene de un idioma caribeño, el taíno: tuna, y significa simplemente el nombre de dicha fruta.
Si son de México, en cambio, hasta en el nombre: la jícama, el capulín, el zapote, el tejocote, el cacahuate, la pingüica y el camote.
La jícama procede del náhuatl xi-camac: “cometela”, de camatl: boca. El capulín es una “cereza a la mexicana”, y su nombre procede del náhuatl. El zapote, ya sea el negro, tlilzapote o el chicozapote, del cual se extrae el chicle, debe su nombre al hecho de tener sabor dulce: tzapotl. En cambio, por ser agrio, el tejocote lleva ese nombre, del náhuatl xocotl: ácido.
El cacahuate -llamado en países antillanos maní- tiene raíces nahuas. Es una palabra recortada, porque originalmente era tlalcacahuatl: de tlalli tierra, suelo (el fruto queda bajo el suelo) y cacahuatl: “granos de cacao”.
La pingüica, por su parte, procede del purépecha. El camote, finalmente, tiene una raíz nahua, camotli, nombre que le daban los aztecas a esta “raíz comestible”, que en otras regiones se conoce como batata.
Héctor Anaya, “Frutas mexicanas” en ¿De dónde vienen las Palabras? Etimologías para Niños. México, SEP-XXI, 2008.

Sol redondo y colorado (canción mexicana)





Sol redondo y colorado como moneda de cobre, de diario me estás mirando, de diario me miras pobre.
Sol que tú eres tan parejo para repartir tu luz, habías de enseñar al amo a hacer lo mismo que tú.
Me miras con el arado, luego con la rozadera; una vez en la llanura y otra vez en la ladera.
Sol que tú eres tan parejo para repartir tu luz, habías de enseñar al amo a hacer lo mismo que tú.
“Sol redondo y colorado” en María Luisa Valdivia (selección), Cancionero mexicano. México, SEP, 1988. 

La codorniz no aprendió a volar



La codorniz siempre ha presumido de señora y de que su hija sea una niña de su casa. Ni en el corral con sus parientas lejanas, las gallinas, ni en el jolgorio de los pájaros en el pino.
Una niña no puede andar con tanta juntera. Cuando viene a ver, hasta aprende a silbar como los varones.
Pero llegó el momento en que la niña debía empezar en la escuela. Y la madre, con su presunción de señorona, tampoco quiso que su hija fuera a la escuela para que no se juntara con nadie.
-A volar y a tejer nidos la enseño yo. Mi hija se cría sola.
Y             la niña, loca por jugar con los hijos del sabanero (un pájaro cubano). Claro, no la dejaban ir a jugar. Seguía sola. Y lo peor: sin aprender nada.
Ya todas las aves del primer grado estaban aprendiendo a volar. Hasta el zunzuncito (variedad de colibrí) hacía la A en pleno vuelo.
La niña no. La niña seguía igual, sin saber. Su madre siempre estaba muy ocupada en buscar alguna semilla de cardosanto para la comida, o en ir a la peluquería para arreglarse el plumaje de la pechuga.
Cuando la niña le hablaba de volar, le contestaba que no tenía tiempo de enseñarle.
-Tú no tienes que preocuparte por volar. Tú lo que tiene que preocuparte únicamente es por lucir bonita. No hay que andar por el aire para ser feliz en la vida. Yo misma me casé andando por el suelo.
Bueno, para no cansarlos buscando el final de un cuento del que ustedes saben cuál es el final, les diré que la codorniz ya es una mujercita, y que sigue sola, metida entre los matorrales, sin saber aún ni las cinco vocales del vuelo.
Froilán Escobar, “La codorniz no aprendió a volar” en Secreto caracol .Bs As, Colihue, 1993. 

Entrada destacada

La llorona Luis González Obregón, Las calles de México: Leyendas y sucedidos. Porrúa, México, 1997.

194. La llorona Consumada la conquista y poco más o menos a mediados del siglo XVI, los vecinos de la ciudad de México que se recogían en su...

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